Algunas correcciones (10)

    El doctor Hint dobla el lomo en un espasmo, abre el cajón del escritorio y extrae un revólver con el que apunta a Rakidip en el pecho, a poca distancia, perforándole con la mirada:
    - Ha ido usted tan lejos que no me deja opción.
    - No adelanta nada con eso – dice Rakidip, que nunca se ha visto encañonado, sopesando cada palabra -. Me están esperando ahí fuera, ¿va a complicarse la vida por una cuestión de orgullo? De acuerdo, retiro lo de las protestas. No les molestaré. Ahora, guarde eso y me olvidaré de que lo he visto. Tendrá licencia de armas, ¿no? Nadie le molestará por tenerlo. Nadie le ha visto apuntarme. Guárdelo y me olvidaré.
    El doctor baja el revólver poco a poco hasta depositarlo en el escritorio, sobre la ficha. Su aspecto agresivo no ha disminuido.
    - Está descargada – dice -. La uso para asustar a los informes como usted.
    Del mismo cajón que el revólver sale un cuchillo de monte que el doctor se lleva a la yugular. Comienza a apretar.
    - ¿Qué va a hacer? – grita Rakidip.
    - Le cargarán a usted mi muerte.
    - No sea idiota, nadie va a creer eso.
    - Ah, ¿no? Pues observe.
    Desliza apenas el cuchillo hacia delante. Un delgado hilo de sangre empieza a descender cuello abajo.
    - Es estúpido – dice Rakidip -. Sus huellas en el cuchillo, ni rastro de las mías, ninguna señal de forcejeo… Nadie verá otra cosa que un suicidio estúpido.
    - Siempre lo sabe todo acerca de todo, ¿eh?
    Rakidip retrocede hacia la puerta despacio, como si no se notara. El doctor aparta la hoja del enrojecido cuello, apenas sangrante.
    - Márchese, informe – grita –, comadreja. No conseguirá probar nada contra mí. Otros ya lo intentaron – intentando reír, empieza a emitir sonidos guturales preocupantes.

    A Rakidip se le hace de noche esperando el helibús, en la parada que hay a un kilómetro de la clínica, cuya señalización metálica sirve de referencia central a sus cortos paseos, con el abrigo abrochado hasta arriba. Coincidiendo con la hora del partido de hockey sobre fango, el personal de la empresa de transporte ha entrado en huelga de veinticuatro horas, en protesta por la reciente colocación de videocámaras en el interior de los helibuses, con las que la empresa pretende evitar el comercio ilegal entre conductores y usuarios. Rakidip supone la existencia de unos servicios mínimos, pero a juzgar por el tiempo que lleva esperando, deben ser tan mínimos que alguien los ha confundido con un cero.

Algunas correcciones (9)

    - Ahora márchese – dice.
    - Y tanto que me voy. Bien aliviado. Usted tenía razón antes, por teléfono. “Le agradará saber esto”, me ha dicho, ¿se acuerda? Pues sí, me ha encantado. Aquí está la prueba de que no tengo por qué regresar jamás a este vetusto lugar. Ahora entiendo ese empeño en ocultar la información de las fichas.
    - Esa ficha, al igual que todas, contiene información confidencial, propiedad de esta casa.
    - Claro, confidencial. Así los pacientes nos vemos sobrepasados por la decisión a tomar y nos ponemos en manos del médico.
    - Cállese, por Dios. Salga de mi despacho ahora mismo -. El ojo izquierdo lanza un par de guiños rápidos que agrietan su rostro.
    - No me lo dirá dos veces – saca la ficha del bolsillo del abrigo – . Ya no la necesito, tengo copias en casa – la deja caer sobre el escritorio. La señala -. Ha sido de gran ayuda. Ahí se detallan las condiciones para el reciclaje forzoso por riesgo social, condiciones del año en que ingresaron a mi amigo, pero vigentes a día de hoy. También me ha servido la LRS, la Ley de Reciclaje Social, que me he leído de pe a pa. Especifica que han de cumplirse en su totalidad esas condiciones para someter a un paciente por vía forzosa al tratamiento que tanto parece gustarle. Y, puesto que según estos análisis me faltan varias de esas condiciones, objeto su “recomendación” y me niego a someterme a tratamiento. Por otro lado, pienso elevar todo tipo de protestas ante las autoridades y ante el Colegio de Médicos, tanto por sus métodos como por los que se siguen en esta clínica. Trabajo para Memoria Central, ¿entiende? No es una empresa cualquiera. Pertenezco a una firma poderosa que tiene a tres de los mejores abogados del país encerrados en un despacho, rugiendo como leones en una jaula por despedazar a un desventurado como usted en un juicio, esperando a que alguien como yo abra la puerta y les ponga ante las narices la carnaza en forma de esa posibilidad. Tengo amigos periodistas. ¿Le gustaría ver su cara en los periódicos? Así, en picado, con un pie de foto que le compara al doctor Mengele. Estamos conectados con el extranjero. Se van a enterar de sus hazañas hasta en la Antártida. Prepárense, porque haré que cierren este sitio. Más aún: que se decrete su demolición. Que se construya una biblioteca sobre sus ruinas. Que…

Algunas correcciones (8)

    La puerta del despacho de Hint está abierta. En el interior reina la calma del que se siente a salvo de todo mal, una calma espesa, absorbente, que impregna el barniz del escritorio, el tapizado de la silla del doctor, los lápices del cubilete. Sentado tras la mesa, ocupado en desatascar el mecanismo de un cajón de su fichero, el doctor pronuncia un seco “adelante” al notar su presencia. Tiene mucho mejor aspecto que la última vez, pero Rakidip no ha olvidado la tortura en la cámara de eco. Sin embargo, los gestos carecen de tics, de nerviosismo, de tensión. Incluso su mirada. Pero esa expresión revela que Rakidip no es la persona que estaba esperando. Ni su forma de sentarse la más adecuada.
    - ¿Qué hace usted aquí? – refunfuña -. Preferiría que volviera en otro momento, cuando esté mi enfermera. Ella le dará los resultados de las pruebas. Yo tendría que ponerme ahora a buscarlos y estoy esperando una vista importante.
    - No me iré hasta dejar las cosas claras.
    - Mire, no soy – y lo dice como si fuera un delito – psicólogo.
    - Usted sabe algo.
    - Yo sé muchas cosas – ríe Hint -. Por eso estoy aquí. No tengo nada que explicar. Excepto que necesita ese tratamiento cuanto antes.
    - Deje ya esa fachada. Confunde lo personal con lo profesional. En este caso se ha extralimitado.
    - Ya se lo resumí por teléfono y le repito que la enfermera le entregará los resultados. Vuelva el lunes.
    - Esas pruebas físicas, aparentemente inconexas, son el factor clave, ese “algo más”, eso que hace encajar todas las piezas.
    La calma se ha secado, la mesa calla cuanto sabe. Los lápices duermen ajenos a lo que subrayarán algún día en algún artículo sobre conductas sociales potencialmente peligrosas. Los ojos de Rakidip se enfrentan a los del doctor, que a su madre le debían parecer hermosos cuando le cambiaba los pañales.
    - Busque mi historial – dice Rakidip -, no me importa lo que tarde. Voy a llevármelas ahora.
    - Le repito que estoy esperando una visita importante. Si no se marcha llamaré a Seguridad.
    Rakidip pone en pie toda su estatura, se inclina hacia delante por encima de la mesa del doctor, plantándole la cara a poca distancia. El doctor ha bebido vino en la comida.
    - Deje de torearme – dice Rakidip -. Busque el historial.
    El doctor accede de muy mala gana. En medio de gestos impacientes, que revelan sus ganas de terminar con el asunto cuanto antes, se desplaza hasta una puerta que hay a espaldas de Rakidip, rebusca en varios cajones del mismo archivador, entresaca un sobre blanco de medio metro, regresa con él al despacho, se planta otra vez detrás del escritorio, alarga la mano por encima de este para despachurrárselo en el pecho a Rakidip.

Algunas correcciones (7)

    La mole gris rodeada de desierto refleja el sol con la misma paciencia que las pirámides. Un cocinero delgado, de andar lento, adormecido por el vino, vuelca en el contenedor de basuras un regalito del que ha salido a dar cuenta toda una delegación de ratas de la cocina, en el primer sótano. Los pacientes engullen de mala gana en sus habitaciones, sin hablar, ayudados a veces por un familiar, observados por otro. En la entrada principal, un vigilante resume ante su compañero, en un par de cifras, el resultado del partido de hockey sobre fango que se jugará esa tarde. Rakidip ha aprovechado la reducción del número de helibuses que hace los sábados la empresa de transporte, para zamparse un par de hamburguesas frente a la parada, dando tiempo a su vez a que el doctor Hint se zampe un plato combinado en la cafetería de la clínica, mientras pasa revista a las piernas de las enfermeras.

    “Cariño
    Al final vas a conseguir mejorar mis habilidades con este cacharro. Lo que es un fastidio es que mi teclado no se lleve bien con las uñas largas. Esta mañana, al salir de trabajar le lleve en el monovolumen a la clínica Borman. Me lo pidió él, por supuesto. Se bajó en la entrada principal, bastante hecho polvo después del tute de toda la noche. Tienes que alimentarlo más, Selene. Más o mejor, no sé, pero está muy débil. No había nadie por allí a esas horas. Me recosté en el asiento con el motor parado y me quedé dormida. No mucho rato después, un vigilante golpeó con los nudillos el capó, dándome un susto de muerte, venga a decirme que allí no se podía aparcar. Entonces vi, detrás de él, cómo otros dos acababan de dejar a Rakidip en el suelo, hecho un guiñapo. Así que le llevé hasta su casa, aunque esto no me lo pidió, no podía hacerlo. Le ayudé a subir hasta el rellano, a introducir su llave por el agujero de la cerradura. Después me fui a dormir.
    Por otro lado, cariño, entiendo perfectamente que te veas amenazada por Rakidip. Razones no te faltan. Está claro que en cuanto termine el informe se convertirá en una autoridad en la materia. Podrá sacarse la espina de años y años de mucho trabajo, poco reconocimiento y apenas dinero. Tendrá tanto éxito que todas las mujeres querrán sentarse a charlar con él. Y lo que es más importante: dejará en segundo plano tu prometedora carrera de actriz de grupo de teatro de principiantes (porque eso es lo que eres, querida, y yo que tú lo afrontaría). Por cierto, cariño, si te importara un poco su salud le desaconsejarías esa clínica. Ahí no pueden hacer nada bueno por él. Aunque tal vez prefieres que sea un memo de los que no mete baza en las conversaciones, porque así tú destacas más. ¿Qué será de ti, verdad, cuando termine el informe? Es por eso que le has dado el ultimátum: o deja Memoria Central o le dejas tú a él.”

Algunas correcciones (6)

    Lee entre dientes:
    “Si algo parece claro es que la biblia de San Luis llegó a manos de Pedro de Luna en Aviñón, siendo aún cardenal, como atestiguan nada menos que tres cartas dirigidas por él: una al rey de Aragón, Juan I el Cazador; otra al obispo de Segovia, Alfonso de Frías; y la tercera, al conde de Armagnac, Bernardo VII. Pedro, que poco después pasaría a ser conocido como el papa Benedicto XIII, conservó la biblia toda su vida, y la llevó consigo a su retiro en Peñíscola. A su muerte, en 1423, la heredó Gil Sánchez Muñoz, que fue nombrado su sucesor adoptando el nombre de Clemente VIII. Aquí se le vuelve a perder la pista hasta que aparece en poder del cardenal Maciejowski, hacia 1604. Las mencionadas cartas acaban de ser halladas en la caja fuerte del recién fallecido Torcuato Pesto, pues se conservaban en la basílica de Santa María in Cosmedin, y al llegar la Segunda Guerra Mundial, la familia Pesto se ocupó de su ocultación. Terminada la guerra, la familia pretextó un robo quedándoselas en su poder hasta ahora, que se ha descubierto el pastel. Sin embargo, los síntomas del papa Luna, un antipapa en realidad, son distintos a los del emperador en cuestión, Alien I el Apátrida.”
    Deja la ficha sobre una pequeña pila de libros, saca un montón de folios en blanco, retoma el bolígrafo y escribe:
    “Se han considerado dos vías para llegar a la conclusión de este informe: una, mediante un sistema de ecuaciones que los testimonios recogidos in situ por nuestros recopiladores nos han ayudado a definir y simplificar; otra, la que resulta de aplicar los algoritmos definidos en el Anexo II a cada una de las variables. Se elija el método que se elija, existe una única solución. Pero, entendiendo que el primer método reduce la probabilidad de error, nos hemos acogido a él. También porque parece el más rápido.”
    Suelta el bolígrafo, se quita las gafas, frota su ojo derecho como si le fuera la vida en ello. Vuelve a colocarse las gafas. Odio este informe. Hay que ajustar el planteamiento de las ecuaciones con datos adicionales. Es necesario. Y llevará tiempo. Tengo que recopilar esos datos de una vez. Se levanta en un impulso, posterga el ritual de la comida, abrigo en mano, rumbo a la clínica Borman.

Algunas correcciones (5)

    Un par de grúas uniformados lo agarran por los sobacos y lo arrastran camino del ascensor. El suelo no se está quieto, ni las paredes, ni tampoco el techo. La visión se va nublando. Los altavoces del ascensor siguen machacando ese sonido monótono, que rebota por su cabeza, ahora ping, ahora pong, mientras uno de sus captores le pregunta al otro por la paga de Navidad.

    Rakidip no recuerda cómo llegó hasta su casa, pero eso no le impide dormir profundamente en el sofá hasta mediodía, con la mesa por testigo, que sigue puesta y expuesta a la luz matutina que se cuela por la ventana. La chupa de ante duerme a su lado, en el brazo del sofá, momentos antes de vibrar toda ella con un sonoro timbrazo procedente del más interior de sus bolsillos interiores, obra de un móvil que reclama atención. Llaman de la clínica Borman. Es Hint:
    - ¿No es usted el que viene todos los días en busca de sus resultados? Le alegrará saber esto.
    Siente un escalofrío. El doctor le habla de sangre, de su sangre, pero en un tono sin rastro de alarma, tranquilizador. Son buenas noticias. Informes favorables. Resultados positivos. Datos que hacen a uno sentirse aliviado. Incluso más sano, más fuerte. Sonríe al término de la conexión. Recuerda la ficha de su amigo. Ahora está seguro de que no la perdió, de que no se ha movido del bolsillo del abrigo gris, donde tiene que estar en estos momentos. Rakidip se ha levantado del sofá para comprobarlo. Allí sigue la ficha con la foto de su amigo, burlándose de él, de su cogorza el día anterior, de sus fallos de memoria.
    Camina lentamente hasta sentarse, ficha en mano, frente al escritorio lleno de papeles. Toma con dos dedos la montura de sus gafas, se las coloca, empieza a observar la ficha en detalle, se fija en el membrete de la clínica Borman, en la foto, sus bordes, el contraste, el maltrecho color, el brillo en los ojos de su amigo, la inconsciente sonrisa gris asomando por entre la barba. Un poco más abajo, las hileras de palabras con sus datos: nombre, apodos, domicilio, fecha de emancipación, delitos contra el protocolo, teléfono de contacto, preferencias de consumo, número de litigios perdidos, expediente de conducta social, tiempo medio estimado de reciclaje. Levanta la mirada de la ficha y la posa sobre un escrito con sus reflexiones previas a la conclusión del informe.

Algunas correcciones (4)

    Al pasar junto a la pinada, que ahora queda a mano izquierda, Rakidip vuelve a escuchar por un momento esa vocecita juguetona que navega por su mente, errabunda como un cometa, dejándose oír a cada tanto. Junto al borde del camino de tierra, a la derecha, hay una niña de unos siete años con una gorra encarnada que sujeta en sus manitas un palo de golf. Al pasar por su lado, la niña grita algo incomprensible, evocando en su timbre a la otra voz, incluso a la de Rakidip, igual que un saxo alto evoca uno tenor y este uno barítono.

    Una vez en la clínica Borman, tras despedirse de la jefa, agradecerle el transporte, reiterar que pensará lo del trabajo, pensar por dentro que no hay nada que pensar, preguntarle si su estado para conducir es apto, con inmediata respuesta afirmativa, Rakidip se dispone a subir los escalones de la entrada principal. No se le da bien. Su caída parece inminente. Alguien se ha entretenido en afilar a conciencia aquellos escalones. Sus aristas blanco ensuciado se transforman en colmillos amenazando con masticarle, hundiéndose a su paso, impidiéndole subir. El nivel de peligro crece conforme se acerca a la mitad de la escalera. Se hace máximo al traspasar esta. Los ve bien cerca, los escalones, los puede oler. Le cuesta lo inhumano controlar el desequilibrio, poner el pie en la puerta giratoria, empujar de un manotazo la puerta giratoria, adentrarse dando tumbos en el vestíbulo de la clínica.
    El vestíbulo es una pista de patinaje. Alguien se ha entretenido puliendo a conciencia las baldosas, encerándolas. Rakidip se ve propulsado por su propia inercia en dirección al mostrador de recepción, donde le ignora el rostro de una secretaria, tan bien operado que resultaría fotogénico bajo cualquier iluminación posible, leyendo cabizbaja una revista que trae consejos sobre cómo aprender a roncar. El suelo del ascensor es un vortex que amenaza con succionarle antes de alcanzar la vigésimo tercera planta, profundamente mareado, escuchando el soniquete que despiden los altavoces. La puerta del despacho del doctor Hint está abierta. Nadie en el interior. Rakidip se despanzurra en una silla frente a la mesa. Tiene calor, pero su falta de reflejos hace que conserve puesta la chupa de ante. Está pensando lo que le va a decir al doctor cuando llegue. Tiene que ser conciso si no quiere que la visita se prolongue eternamente a expensas de su merecido sueño.

Algunas correcciones (3)

    Rakidip, ya sin el cubo y la fregona, se les aproxima. La jefa cambia de conversación, sube el volumen:
    - Así que ya sabes – le dice a la camarera -: consumición puesta, consumición cobrada.
    - Estoy tan cansado – dice Rakidip – que me quedaría a dormir aquí mismo, en el suelo.
    - Falta de entrenamiento – dice la jefa.
    La camarera se despide mientras Rakidip anda ocupado atendiendo una llamada de su móvil. Le llaman de Memoria Central. Intercambia unas frases, se rasca la cabeza. Al terminar le dice a la jefa:
    - Necesito que me lleves a la clínica Borman. Es urgente.
    - Si me indicas el camino… ¿Estás seguro de que abren los sábados?
    - Hasta las nueve de la noche. Ahora todo el mundo trabaja en sábado. Es voluntario, pero prueba a decir que no.
    En el monovolumen gris plateado de la jefa se viaja cómodo. El tapizado gris atrapa sin avisar el cansancio acumulado de Rakidip, que dudando si quitarse la chupa de ante interpreta la amplia calma de los gestos de su conductora como una mala señal, como un signo de somnolencia. Decidido a mantenerla despierta, entabla conversación:
    - He visto cómo miraba Selene a ese guaperas de crupier.
    - A Héctor no le gustan las mujeres.
    - No hay duda de que ella le quiere.
    - Pues claro que le quiere. Es su primo. Por cierto, tú te has pegado unos restregones con mi camarera, la de la peluca, que no me lo ha contado nadie, los he visto yo. Y sé que no es tu prima.
    - Me ha manoseado un poco para darle celos a Selene. Tuvimos un lío hace dos años.
    - ¿A Selene? Pero, si no estaba.
    - Es cierto. A lo mejor ella creía que sí que estaba. La camarera, digo. Tienes que torcer a la izquierda en el cruce. Luego sigue recto hasta que vuelvas a encontrar la señal de la clínica.
    Poco después, la jefa pisa despacio el freno ante un nuevo cruce que les obliga a detenerse. Una vez parados, ella se gira hacia Rakidip, apenas entreabre los labios, mueve un instante las aletas de la nariz, mirándole fijamente.
    - Bueno – dice -, ¿qué opinas de mi oferta?
    - Lo mismo que hace un rato. Que no me veo como relaciones públicas de un divertedero. Ni siquiera de tu divertedero.
    - Miedo al éxito, se llama eso.
    - Otros lo llaman buen tino.

Algunas correcciones (2)

    El rostro de la jefa, sin el maquillaje o los exagerados pendientes dorados de estrella, parece expoliado. Tras dormir unas horas en casa, se ha entretenido frente al portátil leyendo el correo electrónico, hasta que ha dado con un mensaje urgente de Selene. Varios bufidos y muecas de disgusto más tarde, ha empezado a contestar el mensaje así:
    “Selene, cariño
    Sabes lo que me fastidia teclear en esta máquina, que apenas tengo idea de cómo se maneja y, desafortunadamente, ahora mismo no hay nadie a mano que pueda ayudarme. Pero en vista de lo patético, de lo exagerado, de lo paranoico de tu mensaje, en vista de la ansiedad que aparece por todo él y que, me imagino, no te dejará dormir, te diré algo. No conozco a Rakidip, no sé si es cabezota, pero tú sí que me lo pareces. Bastante confusa, además. Estás celosa y eso te hace perder la perspectiva. Por completo, cariño. ¿Espías? Ja, casi me atraganto de la risa. Un centro serio, como el suyo, no deja que sus trabajos trasciendan al público hasta que están convenientemente revisados y presentados de forma adecuada para su interpretación. No veo más misterio. Seguramente yo tampoco entendería su informe, pero no por ello pienso que está cifrado o que se trata de una red de espías. Puede que Rakidip deje a la vista las fuentes, pero son sus conclusiones lo que tiene valor. ¿Acaso crees tener una mejor interpretación de sus documentos? Muy bien, cariño, entonces redacta tu propio informe y preséntalo en las oficinas de Memoria Central. En otras palabras: come sano, bebe mucha agua, duerme suficiente y déjate de chiquilladas. Te veo mañana, o sea, hoy. “
    La camarera de la peluca rubia sale en ese momento de la barra y se coloca junto a la jefa.
    - ¿Vendrá hoy Selene? – pregunta.
    - Por supuesto, cariño – responde aquella sin mirarla -. No veo por qué no había de venir.
    La camarera sonríe dejando ver sus encías mejor que lo haría un chimpancé. Sopla un mechón de la peluca que se le ha metido en el ojo. La jefa sigue hablando sin mirarla:
    - Es una pena lo de su novio – dice -. Parece un tipo con clase, buena planta, inteligente, con cultura, con vocabulario. También es que llevan poco tiempo juntos. Están casi al principio, cuando una va a ciegas, descubriendo detalles que conforman la imagen del otro. Pero a este paso, ella lo va a volver loco con su histeria, con ese asfixiante entrometismo. En cuestión de sentimientos es tan posesiva como tacaña. Continuamente sospecha. Pide unas cuentas que no dará jamás. En fin, veremos lo que duran.

Algunas correcciones (1)

    Rakidip entra en la sala de juntas de Memoria Central. Su jefe sigue sentado en la oscuridad, no se ha movido desde que terminara la reunión, minutos antes, minutos que Rakidip ha empleado en ir hasta el ascensor, en regresar de inmediato. El jefe prorrumpe en un quejido de sorpresa que obliga a Rakidip a identificarse.
    - Creía que estaba todo claro – dice su jefe.
    - Necesito el dinero.
    - Eso tendrás que hablarlo con…
    - No, eso tendré que hablarlo contigo, porque yo el trato lo hice contigo. Tú me contrataste, y no me parece bien que tú y tus consejeros, y las secretarias de tus consejeros, empecéis a pasaros el muerto y me tengáis de Herodes a Pilatos hasta yo qué sé cuándo. Necesito el dinero.
    - Veré lo que puedo hacer.
    - Tengo que afrontar pagos que he venido retrasando. Ya no puedo aplazarlos más. Lo digo en serio – se produce una larga pausa. El silencio, a oscuras, es como si pesara más.

    La lámpara que pende sobre la mesa baña de luz los platos, los cubiertos, las copas, la botella de Lyptokard, el frasco de kétchup, el de mostaza, el cesto de pan cortado. Rakidip, sentado en el sofá a escasa distancia de la mesa, iluminado en su flanco izquierdo, recuerda las palabras de su jefe: “veré lo que puedo hacer”. Eso fue el miércoles por la tarde. Llevo dos días sin noticias de ellos. Evidentemente, no me van a pagar en fin de semana, así que el lunes sin falta les hago otra visita. Necesito el dinero. En espera de una Selene que no llegará a la cita empieza a cabecear de sueño. Minutos más tarde su respiración es honda, sonora, pausada, con el cuello inclinado hacia delante hasta lo que da de sí. Recupera el oremus en un sobresalto para modificar su posición, desplazar el trasero hacia delante, apoyar la parte trasera de la cabeza ligeramente en el sofá. Duerme a profundidad casi una hora después, cuando alguien oprime el timbre de la puerta. Ni ese timbrazo ni los sucesivos conseguirán despertarle.

    El divertedero se vacía al amanecer. La iluminación general hace que el garito parezca más pequeño, las mesas de juego algo tristes, las mesas de billar cansadas. Rakidip se afana en borrar con el mocho una espesa mancha de cerveza, vidrios rotos, colillas, cáscaras de limón. La jefa acaba de regresar de casa envuelta en un chándal violeta pálido. De pie junto al codo de la barra, observa a Rakidip mientras la camarera, aún con la peluca rubio platino, un impermeable negro sobre el bikini púrpura y unos tacones algo más cómodos, se prepara para marcharse a casa.