El doctor Hint dobla el lomo en un espasmo, abre el cajón del escritorio y extrae un revólver con el que apunta a Rakidip en el pecho, a poca distancia, perforándole con la mirada:
- Ha ido usted tan lejos que no me deja opción.
- No adelanta nada con eso – dice Rakidip, que nunca se ha visto encañonado, sopesando cada palabra -. Me están esperando ahí fuera, ¿va a complicarse la vida por una cuestión de orgullo? De acuerdo, retiro lo de las protestas. No les molestaré. Ahora, guarde eso y me olvidaré de que lo he visto. Tendrá licencia de armas, ¿no? Nadie le molestará por tenerlo. Nadie le ha visto apuntarme. Guárdelo y me olvidaré.
El doctor baja el revólver poco a poco hasta depositarlo en el escritorio, sobre la ficha. Su aspecto agresivo no ha disminuido.
- Está descargada – dice -. La uso para asustar a los informes como usted.
Del mismo cajón que el revólver sale un cuchillo de monte que el doctor se lleva a la yugular. Comienza a apretar.
- ¿Qué va a hacer? – grita Rakidip.
- Le cargarán a usted mi muerte.
- No sea idiota, nadie va a creer eso.
- Ah, ¿no? Pues observe.
Desliza apenas el cuchillo hacia delante. Un delgado hilo de sangre empieza a descender cuello abajo.
- Es estúpido – dice Rakidip -. Sus huellas en el cuchillo, ni rastro de las mías, ninguna señal de forcejeo… Nadie verá otra cosa que un suicidio estúpido.
- Siempre lo sabe todo acerca de todo, ¿eh?
Rakidip retrocede hacia la puerta despacio, como si no se notara. El doctor aparta la hoja del enrojecido cuello, apenas sangrante.
- Márchese, informe – grita –, comadreja. No conseguirá probar nada contra mí. Otros ya lo intentaron – intentando reír, empieza a emitir sonidos guturales preocupantes.
A Rakidip se le hace de noche esperando el helibús, en la parada que hay a un kilómetro de la clínica, cuya señalización metálica sirve de referencia central a sus cortos paseos, con el abrigo abrochado hasta arriba. Coincidiendo con la hora del partido de hockey sobre fango, el personal de la empresa de transporte ha entrado en huelga de veinticuatro horas, en protesta por la reciente colocación de videocámaras en el interior de los helibuses, con las que la empresa pretende evitar el comercio ilegal entre conductores y usuarios. Rakidip supone la existencia de unos servicios mínimos, pero a juzgar por el tiempo que lleva esperando, deben ser tan mínimos que alguien los ha confundido con un cero.