Burkina Faso (y 18)

    Morris se sirvió otro café.
    - Siento lo de Carla – dijo.
    Y de veras lo sentía. Con ella bajo tierra sus probabilidades de cobrar la prima se reducían a cero. Ellos callaban.
    - ¿Y qué hay de vosotros dos? Se terminó el pegarse la vida padre.
    - Encontraremos algo – dijo Fredy -. Vamos a tener un hijo. Eso siempre trae suerte.
    - Enhorabuena.
    - Gracias.
    - ¿Tienes idea de quién ha podido hacerlo? – dijo Morris.
    - ¿El qué, matar a Carla? Pues claro, la joven modelo ex esposa del viejo.
    - Muy seguro lo dices.
    - Venga ya, no ha podido ser nadie más. Ahora ella es la máxima beneficiaria del testamento. Y se las arreglará para salir de cualquier marrón, yo que tú no le buscaría la vuelta a esa…
    Morris aún trataba de encajar el golpe. La prima se acababa de esfumar delante de sus narices. Y tenía que llamar a Johnny Beltorino para darle la peor noticia de su vida.
    - Agradezco la información – dijo -, aunque no sea de mi agrado. Ahora será mejor que os vayáis. He de telefonear a Sarmientos, tengo que darle la mala noticia al padre de Carla. Y no es hombre que se la vaya a tomar bien.
    - ¿Agradezco? ¿eso es todo lo que vale la información que te acabamos de dar, un par de tazas de café? Te hemos servido este caso en bandeja, sin que tuvieras que menearte de la silla.
    Ella se levantó. Y después él.
    - Como quieras – dijo -. Ya me contó Patterson que eres de lo peor.
    Morris les acompañó a la puerta y se despidieron.
    - Por cierto – dijo Morris -, ¿cómo se lleva eso de cambiar un Porsche por un martillo y unos clavos? Si no es indiscreción…
    - Es indiscreción – dijo Fredy.
    Abrió la puerta del ascensor y desaparecieron en él.

FIN de “Burkina Faso”

Burkina Faso (17)

    Hizo una pausa.
    - Veo que usted es buena gente – dijo -. Si no lo fuera ya podía ir olvidándose de hacer negocios conmigo.
    - Hasta en el Burkina Faso habrá alguien bueno – dijo Fredy -. Usted, por ejemplo, ¿no es usted buena gente? Porque para saber tanto de ese sitio por fuerza ha tenido que ir mucho por allí.
    No volvió a sacar el tema.
    - A Joshua le encantan los cactus – dijo su esposa -. ¿Por qué no vienen esta noche a verlos? Podrían quedarse a cenar.
    Fredy soltó una carcajada. Cristina le dio un pellizco por lo bajo.
    - No te rías de esa pobre mujer – dijo.
    Allí estaban esa noche, cenando con vino francés en la mansión de Patterson. Al terminar, Fredy fue al jardín de la parte de atrás con la esposa, a pasar revista a la colección de cactus. Suculentas, los llamaba ella.
    - Me encantan los cactus – dijo Fredy -. De veras, me encantan.
    Hacía calor en aquel jardín trasero de Patterson. Todo era un cactus y al cabo de un rato Fredy ya tenía suficiente. Quería marcharse.
    - Ah, los cactus – decía la mujer -. Les coge una cariño.
    ¿Qué estaban haciendo aquellas? Había que largarse.
    - ¿De qué? – dijo Fredy -. De cactus, sí.
    Largarse de una vez, ahora.
    - ¿Tendría la bondad – dijo la señora – de…?
    Pero Fredy sólo quería irse de allí cuanto antes. La maceta que sostenía la abuelita cayó al suelo llenándole de tierra los zapatos. La miró. Vio lo que ella miraba: Carla y Patterson se comían a besos en medio de la cocina. Carol dio un grito y Cristina dejó caer otra maceta. Nadie tenía palabras. Fredy se sacudió los zapatos. Por fin, dijo:
    - Tenemos que irnos.
    Metió a las chicas en el coche y regresaron al hotel. Carla y Carol tuvieron una larga discusión aquella noche. Al día siguiente, Carol se marchó a Dragones, y por la tarde Carla anunció su intención de irse a vivir con Patterson, que a su vez iba a separarse de la abuelita. Pagó la factura del Continental, les dio algo de dinero y un par de besos en los morros. Fredy le recordó que tenían un trato y que si no lo cumplía acabaría en la cárcel. Ella le prometió que tendrían su parte cuanto antes.
    Pero no llegó a su cita con el abogado ni, por lo tanto, a cumplir su promesa. Bebía mucho, tomaba pastillas y conducía de pena. De todas formas, parece que fue un sabotaje, alguien manipuló el motor del descapotable. Se salió de la carretera y Carla murió camino del hospital. Fredy y Cristina tuvieron que ocuparse del funeral. Se gastaron casi todo el dinero que ella les había dado.
    - De esto hace una semana – dijo Fredy -. La policía trata de localizar a su familia. Nosotros no conocíamos ni su apellido.

Burkina Faso (16)

    Fredy no conducía, aquellos bestias le habían dejado para el arrastre. Se despanzurró en el asiento del copiloto del Porsche, trató de dormir, de olvidar el episodio, pero al moverse le dolían las heridas y eso le traía recuerdos. Miraba el cielo al anochecer, preguntándose cuántos kilómetros les separaban de casa. Sólo pensaba en dormir. Al mediodía siguiente estaban sentados en la terraza de un café ante un hombre muy moreno de pelo blanco y su esposa. El hombre vestía camisa de lino blanco abierta en el pecho, donde bailaban un par de cadenitas de oro, y zapatos de votante neo-liberal. Ella era una abuelita dulce y sonriente de apretado vestido multicolor.
    - ¿Quién es usted? – preguntó el hombre.
    - Machine – dijo Fredy -. Fredy Machine.
    - ¿Quién es usted, señor Machine? – repitió el hombre.
    - Un tipo que siempre acierta por casualidad y que casualmente siempre acierta.
    - Vaya, ¿cómo lo hace?
    - Ah, no lo hago yo.
    - ¿Entonces?
    - El azar.
    - Mmm, ahora lo entiendo. ¿Sabe usted con quién está hablando?
    - No.
    - Mi nombre es Patterson – dijo -, Joshua Patterson.
    Le tendió la mano y Fredy la estrechó.
    - Encantado – dijo.
    Patterson era el abogado con más renombre que había en Carrizos. Pensaron que ahora que empezaban a manejar dinero les iba a hacer falta asesoría legal de la buena. El tipo no cobraba barato, pero creyeron que merecía la pena.
    - ¿Qué prefieres, coca-cola o cerveza? – preguntó Carla.
    - Un bar lleno de motoristas camorristas moqueando alcohol – dijo Fredy.
    - Olvida eso de una vez. ¿Quieres un refresco?
    - No.
    - Usted solía ir por el Burkina Faso – dijo Patterson.
    - Acabamos de llegar a la ciudad – dijo Fredy -. Somos del sur.
    - ¿Acabamos?
    - Disculpe. Le presento a mi mujer, Cristina. Ellas son dos amigas, Carla y Carol. Tal vez nos establezcamos aquí una temporada.
    Patterson cabeceaba.
    - Juraría haber visto su cara en el Burkina Faso – dijo -, pero está claro que le he confundido con otro. Mejor, es un antro lleno de chusma y usted en cambio tiene cara de buena persona. Allí no hay tipos como usted.
    - Cara de buena persona, ¿eh? – dijo Fredy.
    - Sé que parece una chorrada, pero mi mujer y yo creemos en ese tipo de cosas, de valores, como la bondad de las personas. Son valores que puede que no estén de moda, pero siguen ahí y siempre se abren camino. Igual que un trabajo bien hecho. Eso siempre triunfa.

Burkina Faso (15)

    - Íbamos en ese carrazo amarillo – dijo Fredy -, cuando se me ocurrió parar en un bar de carretera.
    Eso fue al día siguiente, por la tarde, muchas calles al sureste del Burkina Faso, el lugar donde todo ocurría. Si no estabas en el Burkina Faso, nada te ocurría. No existías. Era el lugar adonde había que ir. Aquel bar de carretera estaba atestado de motoristas. Se podía oler la grasa y la velocidad, y leer su breve código ético en la tinta de sus brazos y sus caras de cuenta-kilómetros. Fredy detectó un par de miradas raras, pero nada más. La verdad es que no dejaban de mirar a Carla. No la perdían de vista. Fredy se puso un poco nervioso.
    - Una coca-cola – dijo Carol.
    - Un momento – dijo Fredy por lo bajo -, ¿es la hora de tomarse una coca-cola, aquí, en medio de todos estos motoristas carcelarios con los ojos bizcos apuntando al culo de Carla?
    Todo el mundo estaba en silencio, observándoles, y ellos con los bolsillos llenos de billetes de cien en medio de un puñetero bar de carretera de vuelta hacia el Burkina Faso. ¿Tenían que esperar a que aquellos camorristas se decidieran a atracarles? ¿no podían largarse con disimulo? No. Era la hora de tomar una coca-cola. Junto a la diana de los dardos había un motorista que parecía el capitán.
    - A mí me gusta la morena – dijo.
    Siguió un murmullo de aprobación.
    - El coche debe ser de las chicas – dijo otro -. Porque hace falta ser moña para llevar un coche amarillo.
    - Beberos eso y nos largamos – dijo Fredy.
    Pero alguien puso una pesada mano en su hombro y gruñó:
    - ¿Llevas fuego, moña?
    Fredy se giró esperando un puñetazo como un piano, pero no fue así. El tipo era enorme, cada uno de sus brazos era como una pierna de Fredy. Notó que se le secaba la boca. Estaba convencido de que aquellos tipos iban a darle una paliza. Y lo hicieron de verdad. Le llevaron fuera y le dieron una reglamentaria paliza de película de motoristas camorristas. Como suena. Uno de ellos decía algo sobre arrancarle la nariz. Él nunca les había hecho nada. Lo que fue pura chiripa es que no les robaran. Sólo querían pelea. Pelea y nada más.
    - ¿Qué has dicho?
    - Que bajes la capota – gritó Cristina desde el asiento trasero del Porsche -, que hace demasiado viento.

Burkina Faso (14)

    - ¿Empiezas a entender lo que es el negocio? – dijo Fredy.
    - Más o menos – decía Carol.
    - Es fácil de entender si prestas atención – decía Cristina -. Podemos influir en la realidad para cambiarla.
    - Y también podemos dejarnos de optimismo metafísico y hacer una gran estafa – decía Fredy.
    - ¿Para qué necesitas eso? – dijo Carol -. Vamos en un Porsche. Estamos a punto de ser millonarios gracias a Carla.
    - Gracias a mi plan, chata. De otro modo, tu Carla estaba ahora entre rejas.
    Regresaron al centro de la ciudad ya de noche. Entraron en un bar turco donde pidieron kebabs acompañados de té. Después fueron al cine y al salir Morris les perdió la pista. Desaparecieron. Él no se lo quería creer. Ahora que tenía el caso resuelto y listo para cobrar se le escapaba la presa. Ahora que el padre de Carla estaba por fin a punto de volar para encontrarse con su hija, recién viuda y millonaria, ese detective acabado aunque con pelo que había perdido mucha agilidad de la que nunca le había sobrado lo echaba todo a perder. Pasó una semana haciendo pesquisas, vuelta a empezar, “¿ha visto a esta joven rondando por aquí?”, “no señor, no me suena su cara”, fumando sin parar, sorbiendo café. Dando largas a Johnny, que allá en Sarmientos con las maletas hechas empezaba a impacientarse y amenazaba con ir de todos modos. Hasta que una noche se presentaron Fredy y Cristina en el apartamento de Morris, al noroeste del Burkina Faso.
    - ¿Cómo me habéis encontrado? – dijo Morris.
    - Patterson – dijo Fredy -. Contó que nos andabas siguiendo. Conoces a Patterson, ¿eh?
    - Pues no, de cara no. Pero me va gustando su estilo.
    Morris veía a Fredy como el típico listillo que chulea a tres chorvitas. De Cristina le sorprendió su agilidad, aunque no dijo ni pío. Vivían juntos de nuevo y se dedicaban a la carpintería. Los había vuelto a encontrar, da igual la forma, y eso era grande. No se le volverían a escurrir. Otra vez buenas noticias, la investigación avanzaba. Pero, ¿dónde estaba Carla? Y ellos, ¿cómo habían pasado de millonarios a carpinteros en una semana? Morris les ofreció una taza de café y le pidió a Fredy que le contara el resto. Lo sucedido después de la noche del cine y los kebabs.

Burkina Faso (13)

    - No te creería – dijo Fredy.
    - Bueno, es una exageración – dijo Carla -, pero le he cogido cariño. No todo es dinero.
    - Hablando de dinero, ¿puedes prestarnos algo?
    - No os lo habéis podido gastar todo.
    - Quedar dinero, queda – decía Fredy -, pero le prometí a Cristina un Porsche.
    - Ya estamos. ¿No puedes esperar? Qué borde eres, desde luego…
    - Cálmate, tienes toda la semana para pensarlo.
    - Lo tendrá. Pero dejadme respirar y todo se hará a su tiempo y se hará bien. Necesito calma. Mientras el viejo esté así, yo soy quien firma los cheques.
    Esto pilló a Fredy por sorpresa.
    - ¿Ah, sí? – dijo.
    - Pues claro.
    Y en eso sacó una libreta de cheques allí mismo, rellenó uno por importe de cien mil, lo firmó y le dijo:
    - Toma. De momento no hay Porsche.
    Al día siguiente, a eso de las cinco tuvo lugar un hecho que cambió de forma sensible las circunstancias: el viejo era historia y Carla lloraba en el funeral.
    - Verlo para creerlo – decía Fredy.
    Para Morris la noticia no podía ser mejor. Esto ya se le podía contar a Beltorino: que su hija volvía a ser libre y además era rica. No podía no gustarle. Al mediodía siguiente, Carol y Cristina llegaron a la habitación del hotel después de un baño y se tumbaron en las camas. Llamaron a la puerta. Cristina se colocó un pareo y fue a abrir. Era el botones con un paquete para ella, una caja cuadrada no muy grande. Lo sacudió. Algo tintineaba en el interior. Rasgó el envoltorio.
    - No puedo creerlo – dijo -. Las llaves de un Porsche.
    Corrieron a la ventana. En efecto, aparcado en doble fila casi frente a su ventana había un precioso Porsche 911 Carrera descapotable color amarillo, con una resplandeciente palanca de cambio de marchas. Carla posaba como una pin-up, sentada en el capó, con gafas oscuras, mascando chicle, saludándoles con la mano. Ellas bajaron, recogieron a Fredy en el bar y se montaron en aquel cacharro. Tomaron hacia el sur, en dirección a Pesares. Aquel trasto funcionaba de maravilla. Pararon a comprar CDs en una gasolinera, algo con que alimentar los altavoces de gama alta. Carla estaba en trámites para heredar la fortuna del viejo. Y eso eran muchos millones.

Burkina Faso (12)

    El viejo y su nueva esposa se besuqueaban al otro lado de la piscina. Él parecía un cantante de country con aquella barba blanca mecida por el viento de Carrizos, el torso moreno desnudo y los pantalones blancos. Unos días después, por la tarde, estando con Carla en la suite notó un pinchazo a la altura del corazón. Dejó caer la copa de Martini.
    - ¿Qué… qué tienes… mi amor? – dijo Carla.
    - Me cuesta respirar – dijo el viejo.
    Carla se tambaleaba.
    - ¿Res… pirar? – preguntó.
    - Sí, me cuesta respirar.
    A Carla se le había ido la mano aquella tarde tomando tranquilizantes. Cayó redonda. El viejo apenas tenía fuerzas.
    - Ayúdame – decía -, por favor…, ayúdame.
    Pero Carla seguía tendida en el suelo con la minifalda un poco subida, derrotada por los tranquilizantes y el alcohol. El viejo ingresó esa noche en la unidad de cuidados intensivos del hospital Temple de Santa Pétula, lugar al que se dirigía Morris en un taxi a la mañana siguiente.
    - ¿Cómo evoluciona?
    - ¿Quién?
    - ¿Cómo quién? – dijo Cristina -. Tu marido.
    - Ah – dijo Carla -. Me teníais preocupada. Todas ahí tan pendientes, mirándome. No sé. Bien, sí. Creo que está mejor.
    - Carla, esto es una rueda de prensa. Me refiero a que es algo serio, a que tal vez no… no deberías estar ahí despanzurrada leyendo una revista y pasando de lo demás por completo. Todos estos periodistas quieren saber cómo se encuentra tu marido.
    El viejo estaba muy mal. Tenía negocios en medio mundo y de todas partes acudía gente porque sabían que se estaba muriendo. Daba de comer a muchas familias y también a su mayordomo, que iba a visitarle todos los días con una cara hasta los pies.
    - No seas cenizo, Jaime – le decía Carla -. Lo que tenga que ser, será. Y hemos de estar preparados.
    Jaime asentía lacónico:
    - Lo sé, señora, lo sé.
    - Hala, vete a casa y acuéstate.
    En eso Carla reconoció a Fredy al fondo del pasillo.
    - ¡Fredy!
    Él se acercó.
    - Sácame de este sitio, da muy mal rollo.
    Una vez en la calle Carla dijo:
    - Al viejo le queda muy poco.
    - Bien – dijo Fredy.
    - Trata de no ser tan frío, ¿quieres? Las cosas nunca salen como las planeas. ¿Y si dijera que estoy enamorada del viejo?

Burkina Faso (11)

    - Vamos a pescar a ese viejo – dijo Fredy -. El cebo será Carol.
    - ¿Cómo? – dijo esta.
    - Y para tenerlo bien a mano, nos alojaremos aquí.
    - ¿Y quién pagará los gastos? – dijo Cristina.
    - Se paga cuando te marchas. Y no nos moveremos de aquí hasta que tengamos el dinero.
    La ceremonia de la boda se celebró en la suite del viejo. El mayordomo hizo de testigo junto con una limpiadora del hotel. Y breves como son estas cosas, pronto los recién casados quedaron a solas en la suite. Continuaron relajándose con Martini blanco. Poco después decidieron bajar a la calle y en el hall del hotel, Carla reconoció a Carol, a Cristina y a Fredy.
    - ¡Eh! – les dijo.
    - ¡Carla!- dijo Cristina -. Y está con el viejo, Fredy.
    Se acercaron para saludar.
    - Os presento a mi marido – dijo Carla.
    - ¿Marido? – dijo Carol.
    Carla se volvió hacia el viejo con una amplia sonrisa color carmín y le susurró:
    - ¿Puedes prestarme unos pavos, mi amor? Son parientes.
    El viejo hizo una seña y un hombre le entregó un fajo de billetes grandes a Carla. Ella guiñó un ojo y se lo pasó a Cristina con disimulo.
    - Esto para empezar – dijo -. Estoy casada con un viejo multimillonario al que le quedan semanas de vida.
    Morris conoció la noticia de labios de una camarera del hotel y empezó a entender el negocio que se traían entre manos. No le gustó. Aquello no era el tipo de noticia que se le puede servir a un tipo como Johnny Beltorino a la hora del desayuno. “Acaba de casarse en secreto con un viejo podrido de pasta. Fin del mensaje”. No. La prima estaba en juego y había que ser suave, por lo que decidió ocultar a Johnny el detalle de la boda por un tiempo. Hasta que se le ocurriese cómo decírselo. Aprovechó para irse a dormir unas horas. Al día siguiente, en la piscina del hotel Continental, Fredy se untaba crema solar factor no muy alto.
    - Parece que Carla se emplea a fondo con el viejo – soltó.
    - Parece – dijo Carol.
    - Ha sido una suerte increíble que Carla fuera a enrollarse justo con un proxeneta que trabaja para el viejo – dijo Cristina.
    - Una suerte merecida – dijo Fredy -. Ten, úntate.
    - Y más suerte aún – dijo Carol – que el viejo decidiera quedársela para él. Si no, ya estaba en Malasia.

Burkina Faso (10)

    Al día siguiente, después de comer, el mayordomo entró en la suite del viejo:
    - Aquí la tiene, señor – dijo.
    - Gracias, Jaime – dijo el viejo -. Señorita, ha habido un error. Le ruego que disculpe a esos bárbaros, si es que se lo merecen. En cualquier caso, considérese mi invitada a partir de ahora.
    Carla soltó una risita que cautivó al viejo. Morris se había zampado una hamburguesa dos calles más arriba, en un chiringuito para turistas, y ahora se frotaba las manos con un kleenex mientras regresaba al hotel. Y no paraba de repetirse que aquel trabajo no se le iba a estropear. No, no, no. Necesitaba encontrar a Carla Beltorino, llegar hasta el final. Necesitaba ese dinero. Se deshizo del kleenex y entró en el hotel.
    - ¿Cómo te llamas? – preguntó el viejo.
    - Carla.
    - ¿Te gusta Santa Pétula, Carla?
    En la suite del hotel Continental hacía calor. El viejo hizo una seña y el mayordomo sirvió Martini blanco. Una oliva en el fondo de la copa de cóctel y una rodaja de limón. Carla cogió el limón y empezó a mordisquearlo. El viejo sonreía. El mayordomo apretó un botón y la luz disminuyó en intensidad y cambió de blanco a rojo fresa muy suave. Una atmósfera erotizante. El viejo se recostó en el sofá.
    - ¿De dónde has dicho que eres, Carla?
    Carol, Cristina y Fredy caminaban por la avenida Cuatrigenio, muy cerca del hotel Continental, cuando al doblar una esquina se toparon con dos policías.
    - Quiero denunciar una desaparición – dijo Fredy.
    Los policías le miraron en silencio mientras se lo llevaban las chicas, iniciando mentalmente la cuenta atrás. Si llegaban a cero detendrían a aquel moreno por cachondearse de la autoridad.
    Y en la suite del hotel:
    - Haz venir al juez, Jaime. Voy a casarme con esta joven.
    - Sí, señor.
    Mientras Jaime telefoneaba, Carla se arrimó al viejo.
    - ¿Otro traguito, mi amor? ¿qué dices?
    - Oh, sí, Martini. Con un chorrito de ginebra y…
    Carla se alejaba tambaleándose sobre sus tacones camino del mueble-bar de la suite.
    - Relájate, pichón – decía -. Preparo Martinis como nadie.
    Dando la espalda al viejo y a Jaime, sacó el frasquito de cristal donde guardaba el veneno en forma de polvo marrón. Echó una pizca en el Martini, lo removió y después fue a entregárselo al viejo. Entretanto, Fredy había llevado engañadas a Carol y a Cristina al hall del hotel Continental.

Burkina Faso (9)

    Morris llevaba ya dos horas en el Continental. Antes de salir de casa había escrito un e-mail al padre de Carla: “nada de particular por el momento”, le puso, “anoche fueron a Tempus, la discoteca de moda. Esta noche irán al casino del hotel Continental, a donde me dirijo”.
    Una vez en el casino, Carla se acercó a aquel tipo:
    - Perdone, señor. Perdone, ¿tiene… tiene fuego? Fuego, por favor.
    Llevaba una minifalda color rojo. El rojo es un buen color.
    - Todo al rojo – dijo Carol.
    - Nanái – dijo Cristina.
    Carol exhibía un creciente brillo de malicia en sus ojos.
    - El rojo – decía.
    - Que no.
    En el casino se respiraba tensión. Y Carla con aquella minifalda roja y medias negras, los labios pintados, zapatos de tacón…
    - ¿Me da fuego, señor?
    - ¡Hagan juego!
    - ¿Fuego, señor?
    - ¿Dónde está Carla?
    - ¿Fuego?
    - Creo que fue a comprar tabaco.
    - ¿Qué?
    - ¡A comprar tabaco!
    - ¿Fuego? ¿Fuego, señor?
    - No te oigo, chilla más.
    - ¡Tabaco! ¡ta-ba-co!
    - ¿Fueg…?
    Minutos después Carla estaba en una habitación casi a oscuras con las manos atadas y su destino más probable era la trata de blancas. Los otros tres regresaron al piso después de mucho buscarla y preguntar a todo el mundo. Carol estaba histérica y la tomó con Fredy.
    – Por tu culpa la mafia ha secuestrado a mi Carla y la van a enviar a un club de Malasia – decía.
    - Venga, no exageres – decía Fredy -. Se habrá liado con algún macarra.
    - Mi Carla no es ninguna golfa heterosexual.
    – Tu hermana va a volver.
    Carol estaba casi llorando.
    - Hermanastra – dijo -. Hermanastra y vecina.
    Se sirvió un Martini doble. Fredy y Cristina se fueron a dormir. Fredy sabía que ahora más que nunca era necesario acercarse al viejo, porque era la única forma de recuperar a Carla. Y a falta de algo mejor, Carol tendría que ser el cebo.
    El olfato de Morris decía que Carla no había salido de allí. Pensó que formaba parte de algún plan y decidió no alejarse mucho, haciendo pesquisas aquí y allá, recopilando información para sí y para Johnny Beltorino, que no se explicaba qué narices estaba esperando para tomar un avión y reunirse con su hija, ahora que la había encontrado. Desde luego, su nombre no figuraba en el registro de la recepción, pero era el viejo truco de las identidades falsas. Su olfato seguía diciendo que no andaba lejos. Y su olfato no solía fallar.