El informe de Rakidip (16/16)

    Soporta como puede un intenso dolor de cabeza entremezclado con náuseas y vértigo. Sus ojos cerrados ven dibujos caleidoscópicos en tonos ocre y negro, cambiando a gran velocidad, junto a espirales que giran y giran y giran. Una idea fija, aguantar como sea, una idea que de poco sirve para aliviar su jaqueca o para ahuyentar las espirales, que terminan por engullirla. Ahora el eco está en su cabeza y recuerda el claxon de un autobús, intermitente, incesante.

    En medio de bocinazos de autobús y algún que otro coche, pasado el mediodía, Rakidip despierta vestido en su sofá. Sobre la mesa puede ver una botella de Lyptokard sin abrir y dos vasos vacíos. Sin duda la cita que esperaba no tuvo lugar. Sin saber que el sueño le impidió escuchar el timbre de la puerta se dirige sudoroso a por el teléfono, que vocifera como un bebé en busca de atención.
    - Le llamo de la Clínica Borman de Salud Integral. Soy el doctor Hint.
    Rakidip tensa los músculos y respira hondo. Puede verle guiñándole el ojo sin parar. Pero su tono de voz parece más tranquilo. Y hasta más juicioso.
    - Es por lo de sus análisis – continúa el doctor -. Tendría que haberle llamado mi enfermera, pero está de vacaciones.
    - Siga – dice Rakidip.
    - Los resultados no son todo lo buenos que cabría esperar. Así que en adelante habrá de cuidarse mucho. Pero dada la gravedad del asunto puedo decirle con franqueza que ha tenido mucha suerte. Está fuera de peligro. Al menos por el momento.
    - Entonces, mi estado es normal.
    - Lo único que puedo decirle es que no se va a morir dentro de cuatro días como usted pensaba. Pero tendrá que moderar su dieta de forma estricta. Le daremos cumplida información al respecto en cuanto vuelva por aquí.
    - ¿Volver? Dígame una cosa, ¿estuvo en la Guerra del Golfo?
    - Pues no. Vaya disparate.
    - ¿Está suscrito a una revista de armas?
    - ¿Qué cachondeo es este?
    - No me haga caso.
    - Puede pasar en horario de consulta a recoger los resultados de los análisis. Buenos días.
    - Y tanto que son buenos.
    Rakidip, orgulloso espectro de la decadencia global, atrapa la botella de Lyptokard camino de la cocina. La deposita en el cubo de la basura y vuelve al sofá, junto a la ventana: madres que regresan del parque con los niños, sol de otoño por todas partes, sudor en el cogote. Toca seguir viviendo, un regalo que no esperaba. Está pensando en darse una ducha. Se dirige al recibidor. Busca en el abrigo gris que cuelga del perchero. En el bolsillo interior encuentra un pedazo de cartulina blanca con el escudo de la Clínica Borman y una foto de carnet descolorida. La foto de su amigo.

FIN de “El informe de Rakidip”

El informe de Rakidip (15/16)

    Vuelve a la Clínica Borman, a la mole gris en medio del desierto. Antes ha pasado junto al pinar donde escuchó esa voz inconfundible, se ha llevado la mano al chichón, que ya no le molesta, y ha comprobado si los ojos de su ex jefa siguen aptos para conducir. Ahora tiene ante sí los escalones de la entrada principal a la Clínica Borman, afilados y voraces. Se despide de la mujer.
    - Recuerda mi propuesta – dice ella.
    - Lo haré – dice Rakidip.
    El ascensor inicia una interminable sucesión de suaves arranques y suaves paradas en casi la mitad de las plantas que median entre la cero y la veintitrés. Varios minutos después enfila el pasillo que conduce al despacho del doctor Hint. La puerta está abierta. Penetra en el interior y se planta frente a la mesa. Hace calor. La chupa de ante empieza a molestarle. El doctor Hint no puede reprimir un par de guiños rápidos antes de empezar a sonreír con toda su malicia.
    - Aquí tenemos de nuevo a ese sujeto informe – dice -, ese informe de Rakidip. Le dije que volvería y rara vez me equivoco, gracias a Dios.
    - Perdí la ficha – dice Rakidip -. Necesito esos datos.
    - Preocupado por su ficha (guiño), ¿es eso? Con lo fácil que es de solucionar (guiño)(guiño).
    Abre el cajón de su escritorio y saca una ficha en blanco.
    - Esta es su nueva ficha – dice -. Así de fácil. Ahora la rellenamos con sus datos y listo. Por la foto no se preocupe, ya le retrataremos cuando se haya dado una ducha.
    - Mire, tengo un trabajo pendiente y todavía no me he acostado. Así que déjese de jueguecitos y haga el favor de proporcionarme los datos que le pido.
    En ese momento es inmovilizado por dos tipos con brazos de hierro que apenas hacen fuerza para sujetarle.
    - A la cámara de eco – dice Hint.
    La cámara de eco, como su nombre indica, es una cámara en forma de cubo, de siete metros por lado, que reproduce de forma artificial el eco que se obtendría en un desfiladero. Cualquier ruido que se produce en el interior queda repetido eternamente. Rakidip es arrojado dentro, inaugurando con su caída una incesante tormenta de ecos.
    - Oigan – dice Rakidip -, no he hecho nada que merezca esto.
    De inmediato la cámara empieza a repetir las sílabas de Rakidip, “oiga”, “nada”, “esto”, mezclándose entre sí, variando en intensidad. Rakidip termina acuclillado en un rincón, tapándose los oídos. Pero cuando sus brazos necesitan un descanso ahí siguen presentes sus palabras entremezcladas: “merezca esto”, “hecho nada”…

El informe de Rakidip (14/16)

    Presume que no concluirá su informe, pero desconoce el por qué y lo cerca que está ese por qué. Tras recibir lecciones de crupier es enviado de nuevo a la barra, a poner combinados. Un cliente joven y despeinado con camisa en colores chillones se entretiene hurgando su boca con un palillo que traía en la cartera.
    - Hola – dice -, soy Tomás y soy poeta.
    - Yo creo que eres tonto – dice Rakidip -, que no es igual.
    - La poesía es un vicio. Y no sé qué es primero, si la poesía o la melancolía. Lo que está claro es que una lleva a la otra.
    - Eso que has dicho no rima.
    - Porque no se me ha antojado. No es la memez de todo lo soez que aprendí en mi niñez, que no tiene prez, lo que me hace estar tan pez en cuestión de tozudez.
    - Ten, límpiate. El Lyptokard te está afectando.
    - Tienes razón. Y prometí no abusar de esa porquería. Pero, cómo me gusta. Además, todo el mundo lo toma. Como no hace daño… Tú también tomas.
    - ¿Que no hace daño? Te deja el seso hecho cisco.
    Continúa poniendo combinados. También cambia de sitio y apila unas cajas de bebida. Y barre unos cien metros cuadrados que luego ha de fregar, pero cuando se viene a dar cuenta son las ocho y la jornada laboral toca a su fin. Ahí viene de nuevo la jefa. Va en chándal y es evidente que se acaba de despertar.
    - He ido a acostarme un rato – dice -. Y voy a seguir durmiendo, pero quería despedirme de ti.
    - Aquel traje largo te daba más empaque – dice Rakidip.
    - En unos meses podría hacer de ti un buen encargado. Piénsalo.
    El teléfono móvil de Rakidip se hace oír por encima de la conversación.
    - Le llamo del departamento de datos de Memoria Central – dice un tipo -, espero no haberle despertado. Su informe ha sido de gran ayuda.
    - Pero si no está terminado – dice Rakidip -. Falta lo mejor, aquello que les envié no es más que un borrador. Estoy a punto de recuperar unos datos clave, unos datos que cambiarán bastante la conclusión final.
    - Olvide eso, tal y como está es perfecto. Nos ha servido para diagnosticar un nuevo síndrome. Por cierto, ¿quiere que le pongamos su nombre?
    - No es nada nuevo, las memorias de Alien I el Apátrida revelan un montón de coincidencias. ¿Qué ha dicho de mi nombre?
    - Que si quiere que le pongamos su nombre al síndrome.
    - No, no, gracias. Mejor póngale el suyo. Eso le servirá en el currículum.
    Rakidip cuelga y retoma el contacto con esos ojos ahora entrecerrados.
    - Estoy seguro de que tienes algún tipo de vehículo – dice.
    - Un monovolumen.
    - Llévame a la Clínica Borman, es preciso.

El informe de Rakidip (13/16)

    Rakidip se dirige a la mesa de bacarrá donde el tal Héctor se afana en mostrar su destreza ante un grupito de apostadores crónicos. Tropieza con una sonrisa permanente que en un segundo pasa de ser una más a ser la misma que se ha encontrado hace unas horas en el distrito noreste. Esta vez no hay duda. Se trata de aquel vamos-a-dejarlo. Rakidip recuerda que, en un desliz, le llegó a recomendar el divertedero. Su ex jefe está algo cambiado, pero conserva su esencia.
    - Estás en la inopia – dice -. Mira que no reconocerme… Además, ese piropo no lo has dicho esta tarde en la Villa G.
    Eso Rakidip ya lo sabía.
    - Lo dijiste hace diez años, cuando trabajabas para mí. Mira si me acuerdo.
    Rakidip niega por dentro y otorga con su silencio mientras se coloca junto a Héctor.
    - Supongo que no tienes ni idea de cómo va esto – dice el crupier.
    - Acertaste – dice Rakidip.
    - Bueno, observa lo que hago y ahora te enseñaré un par de cosas.
    - Novato, ¿eh? – dice un apostador.
    - Lo siento – dice Rakidip -, no contesto P.P.A.B.
    - ¿P.P.A.B.?
    - Preguntas personales a bocajarro.
    Otro apostador que lleva de la mano una gacela se le queda mirando.
    - Uf, vaya porte – dice -. Si yo tuviera tu porte estaría por ahí día y noche con las mejores tías del mundo.
    - Y yo si tuviera tu carácter – dice Rakidip.
    - Te envidio por tu porte.
    - No seas necio, no es todo lo que hace falta. Hay mucho hombre alto y delgado que no se come una rosca por ser tímido y apocado.
    - Pinta de tímido no tienes.
    - No me refería a mí.
    - Te envidio por tu porte. Y además tienes la piel más blanca que yo. Y tienes cultura de libros. Mátalo, cariño – le dice a la gacela -. Corre, que es zancudo y se nos puede escapar.
    La gacela mira a Rakidip con ojos encandilantes durante un momento, hasta que percibe cómo dos tipos bastante fuertes en camiseta sin mangas conducen hasta la salida a su amigo apostador. Corre tras él. Rakidip la sigue con la mirada y rememora una escena que protagonizó hace quince años, lo que a su vez le recuerda que no ha podido terminar el informe. Ha perdido la ficha que le dio el doctor Hint. Y la ficha contenía datos clave.

El informe de Rakidip (12/16)

    Rakidip se presenta en el divertedero pasadas las doce. Ha cambiado el abrigo gris por algo más a tono con el sitio. Una chupa de ante que tampoco está de moda, pero le hace sentir más cómodo. Avanza hacia la barra cuando es interceptado por esos ojos que zig-zaguean apenas.
    - Te dije a las doce – suelta la jefa.
    Rakidip hace memoria de todas las veces en su vida que ha tenido que escuchar un reproche. Concretamente ese, el de llegar tarde.
    - Lo sé – dice -, pero ya no tiene remedio. Indícame lo que se supone que debo hacer.
    - ¿Has trabajado alguna vez en un sitio así? – dice la jefa.
    - No es que esté orgulloso, pero me he pasado la vida en bares. Y se aprenden cosas.
    - Esto no es un bar, es un divertedero.
    - Llámalo como quieras, esto es un bar de copas. Excepto por la música. Un garito de los que estoy harto de ver.
    - Dentro de la barra se ve todo de otra forma.
    - Me lo imagino. Sé que los cubatas llevan tres hielos, que la mezcla se sirve hasta el segundo hielo y conozco todas las marcas de bebida que tienes aquí. Y algunas más.
    - Muy bien. Empieza por la barra.
    Rakidip ocupa su lugar junto a la camarera de la peluca, que le muestra su lengua bífida por saludo. La jefa ha dejado la barra, pero no le quita ojo de encima desde la penumbra del garito. Observa su trato con las clientas, con los clientes, las reacciones de estos. Desde luego, no es el típico camarero servicial y pierdeculos. Si alguien tiene que perder allí, que sean los clientes. Aunque se trate de su paciencia. El lugar se va llenando y al cabo de hora y media hay el doble de gente que por la tarde. La jefa se aproxima a la barra y llama a Rakidip con una seña.
    - Un Lyptokard con pomelo – dice -. En copa de balón.
    - A la orden – dice Rakidip.
    - Tienes las manos muy largas.
    - Te equivocas, la que le mete mano a la caja es esa rubia platino de pega.
    - Unos dedos finos y huesudos. Enséñame las manos.
    Rakidip las muestra.
    - Podrían ser las manos de un crupier – dice ella -. Ves con Héctor a la mesa de bacarrá y aprende todo lo que puedas.

El informe de Rakidip (11/16)

    - Así que ahora trabajas para Memoria Central – dice su padre.
    - He hecho varios trabajos, pero me ha costado mucho llegar aquí. Empecé trabajando sin cobrar para un columnista muy anciano y muy bueno. Yo era su secretario. Le ayudaba a ordenar los manuscritos, y él, cuando los corregía, toda frase que eliminaba me la daba a mí. Después yo incorporaba aquellas frases a mis primeros trabajos. Eran grandes frases, era mi sueldo. Así empecé. Aprovechando sobras.
    - Oiga, usted. El joven.
    Un tipo encorbatado pero sin chaqueta sonríe a la puerta de una inmobiliaria.
    - Sí, usted – dice -. ¿Tiene un par de minutos?
    “¿Por qué yo?”, se pregunta Rakidip mientras encuentra una buena excusa para despedirse de sus padres y correr a terminar el informe, “¿en qué clase de huerto intentará meterme ahora este tipo?”. Se aproxima a hablar con el que resulta ser el director de la inmobiliaria.
    - Hace un rato – dice el tipo – venía de tomar café en la Villa G, y al atravesar el parque he escuchado el mejor piropo de mi vida: “Tus ojos son de un azul aterciopelado que mataría de envidia al mismo diablo”. ¡Lo ha dicho usted! Así que he pensado: “una frase así es digna de un tipo interesante. Y un tipo interesante, lo que necesito en mi empresa”. Porque, en confianza, eche un vistazo: ¿no los ve un poco aburridos?
    Sus ganas de diversión intrigan a Rakidip, que no recuerda haber proferido jamás un piropo en presencia de una mujer. A punto de recomendarle el divertedero de la Villa G cae en la cuenta de que ha de trabajar allí esa noche. Claro, podría no presentarse y no ocurriría nada. Pero necesita ver de nuevo a la jefa. Y es difícil seguir viendo a una mujer sin cargar con algún tipo de obligación. El tipo no deja de sonreír. Rakidip lo asemeja a un jefe suyo de hace quince años, un… Vamos a dejarlo. Uno que se ocupó de llevarle al huerto, que es lo que hacen los vamos-a-dejarlo. La cuestión es que aquel vamos-a-dejarlo se parece mucho al tipo que tiene delante escrutando su rostro sin parar de sonreír.
    - Se equivoca de persona – dice Rakidip -. Además, ¿qué manera es esa de contratar a la gente? No esperará que alguien le tome en serio.
    - Pero si es lo que se lleva. Se denomina “captura selectiva”. A las entrevistas vienen todos los que no necesitas y además previamente entrenados para superar la prueba. Con lo que al final se te llena la empresa de incompetentes que no hacen más que pegártela.
    - Gracias, pero ya tengo trabajo.
    A duras penas se despide del tipo sonriente y aprieta el paso camino de casa. Dispone de unas horas para terminar el informe antes de entrar a trabajar a media noche en el divertedero.

El informe de Rakidip (10/16)

    Él solía llamar así a su novia, años atrás. La chica sonríe con dientes de conejillo y él sonríe más aún. Comienzan a andar calle arriba. Poco a poco la va convenciendo. Parece que por fin va a obtener ayuda con su informe para Memoria Central. La chica es muy amable, muy paciente. Y es agradable hablar con ella, a lo mejor porque no se atreve a llevar la contraria. La conversación se prolonga. Las sonrisas se convierten en compulsivas y después de un buen rato llegan a un pequeño parque, ya en los límites del distrito noreste de la ciudad.
    Se sientan en un banco. La chica tiene una espesa mata de cabello negro que las farolas se encargan de hacer brillar, entre el olor de algún excremento de perro. Rakidip se le aproxima. El ímpetu que ha transformado en ingenio para persuadirla ya no puede detenerse. Entra en contacto con su cuerpo, muy despacio, muy sin prisa. Explora su cabello brillante, su cuello. Besa su cuello una vez, después otra y otra, pero no consigue el resultado que esperaba. La piel parece sin vida. Al coger su mano advierte un tatuaje con forma de estrella en el revés. Todo encaja en un segundo. La chica no es estudiante, es un señuelo. Por el lado opuesto del parque aparece la silueta de una pandilla de cinco. Rakidip suelta la chica, se yergue y avanza contra la pandilla.
    Son muy jóvenes, imberbes, niños con cara de malos. Lo primero que hará será neutralizar al gordo, es el que tiene más peso y podría ser dificil de dominar, aunque no parece muy ágil. El resto no se quedará quieto y habrá que aguantar como sea la lluvia de golpes… o algo peor. Y esperemos que nadie saque una navaja. Cuando tiene casi a tiro al gordo, toda la pandilla, igual que un banco de peces, vira para esquivarle. Él sigue caminando para disimular su sorpresa y sale del parque. Tratando de explicarse lo ocurrido tropieza con un matrimonio mayor.
    - Disculpen – dice.
    - No tengas tanta prisa – dice el hombre.
    Al escuchar la voz de su padre se da cuenta de que ha dejado atrás la Villa G. Y de que ahora tendrá que acompañarles a lo que fue su casa, porque estaría feo rehusar su invitación a merendar y comentar cómo le va. Como si le fuera bien o para ir contándolo por ahí.

El informe de Rakidip (9/16)

    - No me has dicho a qué te dedicas – dice ella.
    - Ya lo sabes. Si no, no me distinguirías con tu presencia.
    - Eres un poco raro, pero tienes estilo. Aunque no con los dados.
    - Estoy en proceso. Realizo un trabajo para Memoria Central.
    - ¿Un trabajo para Memoria Central? Buena ocupación. Como tantas otras: muy constructiva, pero nada lucrativa.
    - Quién sabe.
    - Vaya chichón. ¿Has estado probando tu virilidad?
    Rakidip conecta con su mirada. De buena gana la tomaría por el talle:
    - Soy de los que se aclaran rápido con una mujer. Una vez decido seguir con ella no tengo ojos para otro escote. Y lo mismo espero de la otra parte.
    - ¿Que se pase el día mirándose el escote?
    Ella ríe. Sabe que es un juego. Y él, que la goza jugando, disfruta con su risa. La risa se multiplica y el Lyptokard no deja de fluir. Rakidip resiste bastante bien los efectos, sobre todo los secundarios. A diferencia del parroquiano que se apoya en un taburete, a su izquierda, que luce un grano morado y varias pústulas en la frente, los suyos se limitan a un rosario de minúsculos granos aquí y allá en el cuello y la barbilla.
    Cuando salga de allí caerá en la cuenta de que se le ha pasado la hora de comer, de que el chichón le duele y de que el informe sigue pendiente. No ha podido pagar sus últimos combinados de Lyptokard, pero sí en cambio, gracias a su amistad con la jefa, permutarlos por un día de trabajo sin cobrar en el divertedero. Mientras tanto se divierte, goza cada instante. Ha vuelto a probar suerte con los dados. Siente la adrenalina. Y cada lanzamiento es un beso y una ficha menos.

    Anochece en la Villa G. La Villa G está formada en gran parte por pisos de estudiantes, lo que motiva que durante el verano su población se vea reducida a poco más de la mitad. Y de estos, a su vez, la mitad se marcha de vacaciones, por lo que el barrio se convierte en un desierto. Pero aún quedan varios meses para eso y el abundante Lyptokard que Rakidip sigue llevando encima entra en su segunda fase: desaparecen los granos de la cara y el cuello y la embriaguez induce el recuerdo controlado de experiencias eróticas anteriores. Anda evocando su primera novia cuando se cruza con una estudiante bajita y morena que se le parece mucho.
    - Hola, Botas – dice Rakidip -. Te veo estupendamente.

El informe de Rakidip (8/16)

    Vuelve a flexionar las piernas mientras los dedos de la mujer capturan una nueva ficha. Se oyen risitas al fondo. Rakidip lanza con mayor seguridad, pero obtiene el peor de los resultados tras quince segundos de giro del dado. La banca le retira lo ganado y, puesto que falta la ficha que tomó la mujer, le urge a buscar en sus bolsillos. Rakidip desembolsa una ficha tropezando con los dedos de la mujer, que apresan otra más antes de tirar de él para alejarlo de la timba.
    Sin dejar de pensar en el juego se ve trasladado a una barra. Una camarera flaca de abundante pecho retocado envuelto en un bikini púrpura despacha sin prisas mientras la peluca rubio platino le cubre los ojos. Su anfitriona pide dos combinados de Lyptokard, un aguardiente con extracto de saliva de ácaro que produce una ebriedad proporcional a la respuesta alérgica de la persona. O sea, a mayor alergia, mayor ebriedad. Rakidip no recuerda padecer alergia alguna. Tal vez no sea el mejor sitio, pero siempre se puede encontrar algo de provecho para un informe como el suyo. Y como allí dentro parece de noche, también parece apropiado tomarse una copa. Incluso puede que sea de noche. Engulle un poco de aquello mezclado con pomelo sin dejar de mirar esos ojos.
    - ¿A qué te dedicas? – dice ella.
    - Estoy recorriendo mis demonios, digo mis dominios.
    - La dueña de esto soy yo.
    - Me imaginaba que no eras la que limpia los retretes. Pero, ¿qué es esto exactamente?
    - Exactamente lo que ves: hay gente, bebida, juegos. Un sitio para divetirse. Un divertedero.
    - No hay música.
    - Calla, sólo daba problemas. La música que gusta, excita. Y la que no gusta, cabrea. Todo eso mezclado con alcohol y drogas se amplifica.
    - El local es grande y no tienes vecinos. Hasta podrías organizar conciertos.
    - Ya te he dicho que nada de música. Y menos en vivo. Casi todos los músicos se creen algo especial. ¿Hay algo más ridículo que un músico pensando que es especial por arrancar notas a un artefacto que parece una máquina dadaísta?
    - Supongo que no. Has debido de estar con varios.
    Una mirada de soslayo con esos ojos merece la pena. Y el Lyptokard empieza a hacerle efecto, a recordarle su episodio en la Clínica Borman y el encuentro con su añorada voz.
    - Echas de menos a alguien – dice ella.
    - Pensaba en todos estos primos que después se van a su casa sin el dinero que traían, sin diversión y sin una mísera canción que tararear. Pobre tropa.

El informe de Rakidip (7/16)

    Ya casi en la Villa G va remitiendo el dolor y vuelve a escuchar esa voz. Ahora le besa el chichón, le tira el palo al suelo y vuelve a reír para él, que poco a poco olvida el calor, y la hinchazón, y va ganando confianza. Esa voz echa a correr y él detrás, a zancadas. Desiste. La pierde. La encuentra sobre un árbol tan grande como viejo y pelado. Y ella riendo penetra en sus oídos, desciende hasta su boca y sale convertida en eco para refugiarse en una casa distante unos cincuenta pasos. Una casa roja de madera sin ventanas, con dos puertas blancas. Rakidip elige la de la izquierda y entra a reunirse con esa voz.
    Al cerrar la puerta todo queda a oscuras. Una oscuridad llena de gente cuyos murmullos le culpan del apagón. Retorna la luz y descubre una barra, una timba de dados, una mesa de póker, otra de bacarrá, varias mesas de billar y al fondo una ruleta. Todos visten con pretensiones y le envían miradas de sorpresa. Brota un silencio desconfiado envuelto en tabaco y alcohol. Después todo estalla en carcajadas, mientras Rakidip echa de menos esa voz tan familiar que podía haberle suministrado valiosos datos para su informe.
    Pensando en la voz su campo visual es invadido por unos ojos grandes, marrones y cosméticos que avanzan hacia él en un casi imperceptible zig-zag. Cruce de emperatriz con sacerdotisa de Isis, la dama coloca en su mano inerte un dado troncopiramidal, se la cierra, se la aprieta bien y luego hunde los dedos de largas uñas esmaltadas en su bolsillo derecho para extraer una ficha amarilla que él desconocía llevar. A continuación le coloca frente a una mesa con un tapete morado en el que tres líneas blancas delimitan seis zonas con nombres en ruso.
    Rakidip es inhábil en todo juego de azar, pero esos ojos que le apuntan amenazan ridículo descomunal en los próximos minutos. No hay vuelta atrás. Rakidip flexiona apenas sus rodillas tratando de adoptar cierto estilo, pese a que desconoce el estilo de un jugador de dados, y en una postura ilógica lanza el dado con decisión y gesto de saber lo que se hace.
    El dado rueda de forma caprichosa y se mantiene girando durante diez interminables segundos desafiando su peso, forma y composición, para dar un resultado que sorprende y asombra a partes iguales a los mirones. La banca coloca tres montones de fichas amarillas junto al dado y un gesto medido de crupier le invita a lanzar de nuevo.