No tan complicado (y 23)

    Se puso a agredir a diestro y siniestro, al primero que pasaba, hasta que la policía vino a por él y ya no lo vimos más. Días más tarde, el psiquiátra que le examinó aseguraba que Roff ya nunca más podría hacer vida normal. Ni tampoco hablar o subirse los calzoncillos. A Ziro esto le pareció suficiente y me eximió de la tarea de matarle. Además me protegió de todo el follón que se armó con la policía y cumplió su parte del trato liberando a Hermitz.
    Io vino un día a la unidad de cuidados intensivos a visitar a Layna, que se recupera bastante bien, y a despedirse. Se vuelve con su padre a Bruselas. Me dio las gracias por ayudarle y se disculpó por haberme causado molestias. Yo no podía dejar de mirar su escote. Ahora ella sabía que yo también babeaba como cualquier tonto que se la cruzaba por la calle. “Seguro que eso le gusta”, me dije. Cuando se me acercó para darme un beso de despedida le di por sorpresa un buen apretón. Mereció la pena. Puso cara de adolescente descarriada, pero mereció la pena.
    Otro día vino Ziro con un impresionante ramo de flores. Él cree que tiene que hacerlo todo de esa forma, a lo grande. Dice que tiene un encargo para mí, justo ahora que iba a presentarle mi dimisión, junto con mis respetos. Una joven pintora amiga suya acaba de regresar de México y quiere que yo le monte una exposición. Como si yo entendiera de exposiciones. Cualquiera le dice que no después de lo que sé. Aguantaremos. Mantendremos los ojos abiertos. Aguantaré. He aguantado con tipos que no le llegaban a la suela del zapato.
    Además, se trata nada menos que de Jenaine La Voltreure. Cuando me lo dijo cambié de ánimo, aunque no de cara, no fuera Ziro a sospechar. “Esa le pega cien vueltas a la cursi de Io Palx”, pensé. No puedo tener más ganas de trabajar con ella. Después seguro que encuentro la forma de decirle a Ziro que lo dejo, que cambio de empresa. Probaré en WGH. Porque, aunque Layna tenga sus dudas, soy el más hábil.

FIN de “No tan complicado”

No tan complicado (22)

    Aparte de eso, tenía que averiguar cuanto antes si Bërdy constituía una amenaza. Llegamos al escondrijo de Extreep como a las siete y media. Lex y Roff estaban fuera de la casa esperándonos, con gafas de sol. Una vez dentro, saqué del maletín de cuero los papeles del contrato, les doré un poco la píldora, les aseguré que aquello iba a ser coser y cantar, bla bla bla. Media hora después habíamos terminado.
    - Bueno – le dije a Roff -, supongo que nos merecemos algo de beber.
    - Claro – dijo dándome una palmada en el hombro. Desapareció en el pasillo.
    - Lex – dije -, espero que no me defraudéis.
    - Tranquilo – dijo él -. No te arrepentirás.
    - Me gusta más cómo sonáis ahora – dijo Layna. Y noté que estaba algo nerviosa. ¿Se lo había contagiado yo? ¿Io quizás? – Candôme, ¿verdad que ahora…?
    No pudo terminar la frase. Se inclinó poco a poco tratando de contener el dolor que una bala, sin duda dirigida a mí, le acababa de propinar en el costado derecho, entrando por la ventana abierta sin apenas ruido. Saqué mi revólver plateado y me parapeté detrás del sofá. Lex se echó al suelo con visible pánico. Era obvio que Bërdy nos había seguido.

    Con Layna en la unidad de cuidados intensivos, mi cerebro funcionaba a trompicones y no terminaba de hilar un plan para encontrar a ese que llevaba un revólver igual que el mío. Y tenía que hacerlo, porque de otro modo el revólver me encontraría a mí. Io parecía no recordar nada de su ataque; Bërdy había desaparecido. Yo no usaba ya el todoterreno por miedo a un sabotaje. Ahora me desplazaba en autobús. Una tarde que me dirigía al hospital coincidí con Roff. Se colocó a mi lado en la parte de atrás, donde no hay asientos, esperó a que arrancáramos y cogiéramos velocidad, y entonces me atacó. Rodamos los dos por el suelo un buen rato sin golpearnos. Él no me pegaba, sólo me agarraba con fuerza y me miraba con cara de desear mi muerte. Pero ni me atizaba, ni dejaba que yo lo hiciera, ni me soltaba, ni nada. Y allá rodábamos los dos en cada curva como perfectos imbéciles. Se le cayó el revólver plateado. Ahora estaba claro quién había herido a Layna disparándome por la ventana.
    Empezaba a estar harto de aquel juego. Volqué todas mis fuerzas sobre su cuerpo, prendido del mío. Se abrieron de golpe las puertas de atrás y caímos los dos por suerte sobre la acera. Digo suerte porque, de haber caído sobre la calzada, hubiéramos sido atropellados en el acto por un taxi. Y de haberlo hecho más allá de la acera, hubiéramos aterrizado sobre la luna de un escaparate. Yo me gané un chichón y varias contusiones respetables, pero él se quedó lelo. El mamporro que se fue a dar le dejó maltarado. Consciente, pero loco y fuera de sí.

No tan complicado (21)

    Y sin mediar pausa se puso a chillar como la reina de todas las locas, a revolcarse por el suelo, a patalear, a escupir… Todo su atractivo se esfumó en un instante. Un espectáculo desagradable que algún vecino podía interpretar como una invitación a llamar a la policía. Entonces recordé el valium que me había dado Ziro. “Por si la hija se pone pesadita”, fueron sus palabras. Y yo parecía no poder escapar de sus planes. Me sentía un destornillador en sus manos. Io no paraba de chillar. Tal vez sí tenía genes de mono ahí dentro. Machaqué varias pastillas hasta conseguir una buena dosis, mientras Layna trataba de controlarla con éxito nulo. Después vertí el polvo en agua tibia, para que se disolviera mejor, y avancé hacia ella con el vaso en la mano. ¿Había alguna forma de que tomase el valium? No lo creo, así que se lo tiré por encima, empapándole la cabeza, con la idea de que su piel de melocotón lo absorbiera. Después, Layna y yo la sujetamos durante un buen rato, hasta que le hizo efecto y cayó vencida por el sueño.
    ¿La hija de Hermitz en mi piso? La cosa pasó de clara a transparente. A estas alturas yo sabía que Bërdy trabajaba para Ziro. Estaba seguro de que era el escritor novel que había contratado. El que iba a escribir el libro que dictaría Hermitz y firmaría él. Até cabos: ese tontaina servía a Ziro para controlar a su hijo, para controlar a la hija de Hermitz y, de paso,… ¿no estaría encargado de quitarme a mí de en medio? Era imposible que aquel tontaina llevase a cuestas un revólver plateado con inscripción en la base de la culata. Pero aquella idea empezó poco a poco a tomar forma en mi cabeza hasta que le vi como un auténtico sicario. Había sido muy hábil haciéndose el niño pedante. Y esa voz atiplada tan ridícula no era la suya. Me la había pegado a base de bien, paseándose por delante de mis narices. Pero, con la de ocasiones que había tenido para liquidarme, ¿a qué estaba esperando?

    La entrevista con Extreep para cerrar el trato se celebró al día siguiente, por la tarde. Yo quería que Layna se quedase con Io por si al despertar intentaba reproducir la escena de la noche anterior o cualquier otra locura, pero ella insistió en acompañarme. No tuvo que pelear mucho, estaba claro que llegado el caso iba a tener el mismo éxito nulo que la noche anterior. Dejamos a Io durmiendo y mientras conducía hasta el local de Extreep me fui haciendo a la idea de que al volver a casa no habría piedra sobre piedra.

No tan complicado (20)

    - Ese chaval – dije – es el hijo de Ziro Tolex.
    Layna bajó la ventanilla un par de centímetros. No podía creerme.
    - Lo es – dije -. Tenía mis dudas, pero lo supe en cuanto le vi. Se peleó con su padre. La vida bohemia es divertida a los veintiún años. Sobre todo cuando papi te ingresa un buen pico en la cuenta todos los meses.
    - ¿Cómo sabes eso? – dijo Layna.
    - Te lo digo si tú me dices cuándo vas a dejar de subestimarme.
    - O sea, que riñe con su padre pero acepta su dinero.
    - Sí, no tiene un pelo de tonto. Aunque se haya cambiado el nombre.
    - ¿No se llama Tober?
    - No, es un burdo trueque de sílabas. La primera de cada palabra. Después cambia la terminación “-ecks” por “-ex”, que suenan idénticas, y ya está. Su nombre real es Wober Tolex. Mi cliente.
    - Menudo cliente…
    - He dado orden de matarle si me ocurre algo.
    - ¿Qué dices?
    - Lo que oyes: que si a mí me ocurre algo, van dos tipos al piso de ese niñato y se lo cepillan.
    - ¿Y qué ganas con eso?
    - Nada. Pero es lo que más le dolería a Ziro.
    Fuimos a tomar una cerveza. Después fuimos a mi piso, pescando a Io en desabillé con el teléfono fijo en la mano. Una línea que no usaba, pero que tampoco había dado de baja por falta de tiempo.
    - Anoche, igual – dijo -. Llamaban y colgaban.
    La miré a los ojos.
    - ¿Anoche? – dije -. ¿Y por qué no me avisaste anoche? Di, ¿por qué?
    No creo que sus ojos se pudieran abrir más. Y eran realmente grandes.
    - Io – dije volviéndo a mirarla -, esta es mi casa. ¿No crees que si encuentras algo raro, como esas llamadas, deberías decírmelo? ¿no crees? ¿en qué crees tú, en los milagros?
    - En el álgebra – dijo.
    - ¿Álgebra? – dije -. ¿A qué viene eso?
    - No me llamo Io Palx, me llamo Io Hermitz. Soy hija de Lalo Hermitz. ¡Tienes que ayudar a mi padre!
    - ¡Venga ya! Otra de tus historias. Además, ni que fuera fácil. Y, ¿qué hay de toda esa historia de tu padre-orangután? ¡Mentiras! Mentiras sobre mentiras.
    - Te lo juro. Tengo miedo.
    - Eh, tranquilo – me dijo Layna –. Ella no tiene la culpa.
    - ¿Qué te ocurre? – le dije -. Podías haberme dicho que esta amiga tuya era la hija de Hermitz, ¿no?
    - No quería que te pusieras nervioso – dijo ella.
    - Tengo miedo – repitió Io.

No tan complicado (19)

    Me arrellané en el sofá mugriento y extendí las piernas para adoptar una posición más informal.
    - No he debido expresarme del todo bien – dije -. Lo que quiero decir es que al margen de tu obra, que me parece excepcional, todo artista necesita realizar ciertos cambios si quiere entrar a formar parte del circuito comercial.
    - ¿Qué clase de cambios – dijo -, cortarme el pelo?
    Su compañero de piso apretó los dientes para detener una carcajada que le salió por la nariz a modo de pedorreta. Layna también rió, pero porque se daba cuenta de la paciencia que yo estaba derrochando.
    - Necesitas un nombre artístico – dije -. ¿Cuál es tu apellido?
    - Wolecks – dijo.
    Y lo deletreó.
    - Muy bien – dije -. Yo propongo cambiar Tober Wolecks por un nombre más corto. Fácil de pronunciar y fácil de recordar. Un nombre de pocas sílabas con impacto, con cierto misterio.
    Tober meditaba sin dejar de mirarme, girando caprichosamente la cara hacia su compañero de piso. Quizá había cometido un error al tratarme con esa superioridad de malcriado. Yo sabía vender porque sabía convencer. Yo era el tipo que él necesitaba. En ese preciso instante lo vio.
    - Me gusta – dijo -. ¿En serio piensas que mi obra es excepcional como acabas de decir?
    Su tono de voz había cambiado.
    - Lo es – dije -. Te conseguiré un nombre artístico rompedor. Redactaré unas líneas que ensalcen tu obra, que la pongan al nivel que merece. Soy muy bueno en eso. También voy a necesitar fotos de tus cuadros para hacer una especie de catálogo, no podemos traer aquí a todos los dueños de las galerías. Mañana mismo te enviaré al fotógrafo. Pero todo esto, claro, si quieres que trabajemos juntos.
    - Claro – dijo él.
    - Muy bien, firmaremos un contrato en regla. En cuanto lo tenga listo te avisaré.
    Minutos más tarde, Layna y yo recorríamos la autopista en dirección norte a bastante velocidad, en completo silencio hasta que ella dijo:
    - No te acabo de comprender, Candôme. ¿De verdad crees que ese infeliz es un artista, que tiene posibilidades comerciales?
    - Podría tenerlas – dije -. No es más que uno de tantos estudiantes de pintura, pero hoy en día pueden ganar un montón de pasta y de fama si se saben relacionar. O cuentan con alguien que lo haga por ellos.
    - Te va a costar vender esos cuadros.
    - Lo sé. Me da igual. El motivo de esta visita no era hacer negocios con ese mequetrefe, sino… algo que no tiene nada que ver con el arte. Aunque sí con los negocios.

No tan complicado (18)

    Aquel Mefistófeles de tres al cuarto en persona fue quien nos abrió la puerta.
    - Ah, qué puntuales sois – dijo -. Entrad.
    Hacía por lo menos cinco meses que no limpiaban a fondo. Pasamos a su estudio. Tenía varios cuadros sin acabar montados en caballetes.
    - Este es mi modesto estudio – dijo -. Acomodáos por donde podáis con cuidado de no mancharos. Esto está hecho un lío, ya lo sé. Y es mi deber arreglarlo, también lo sé. Oh, lo siento si digo tonterías, he pasado un montón de tiempo pintando demasiado cerca del cuadro.
    - Me encanta el olor a pintura – dijo Layna.
    - ¿Qué quieres decir con “demasiado cerca del cuadro”? – dije.
    - Me sucede – dijo Tober – que mientras estoy pegado al lienzo todo va bien. Pero en cuanto agarro y me alejo, aquello cambia.
    Yo no sabía de qué me estaba hablando.
    - ¿Cambia a mejor o a peor? – dije.
    Él me miró extrañado, con ojos de chica de calendario.
    - A peor, por supuesto – dijo.
    Y a partir de ese momento no volvió a mirarme de frente, sino ladeando el rostro en señal de desconfianza.
    - Venid por aquí – dijo Tober -, os presentaré a Diggon. Uno de mis compañeros de piso.
    Fuimos hasta el salón y allí estaba aquel muchacho flaco y triste, sentado en un sofá, mirando al techo. Tober hizo las presentaciones. Diggon componía música rave-dodecafónica. El que completaba el paquete de inquilinos era Bërdy, el cual ya me había encargado de tener entretenido con Io para evitar que estuviera presente. Nos sentamos junto a Diggon en el aquel sofá mugriento, y poco a poco empezó a entablarse una conversación sobre experiencias más allá de la muerte y su aplicación a diferentes disciplinas artísticas. Sobre el uso de temas esotéricos como fuente de inspiración. Una forma de hablar propia de niños. De niños que nunca han tenido que esforzarse mucho por tenerlo todo. Daban un poco de grima, pero para mí es fácil relacionarme con la gente aunque no me gusten del todo. Nuestro anfitrión, además de tener una ducha pendiente desde por lo menos semana y media, empezó a mostrarse impaciente.
    - Bueno, ¿qué te parece lo que has visto? – dijo refiriéndose a los cuadros.
    - Me gustan bastante – dije.
    - ¿Sólo bastante? – dijo -. Entonces olvídalo, tío. No te necesito. No quiero un representante que confíe “bastante” en mí, quiero uno que confíe en mí por completo. ¿Entiende la diferencia, señor Beleve?
    Me incitaba al sarcasmo, pero me aguanté. Dejé que me resbalaran las palabras de aquel niñato.
    - Desde luego – dije -, pero creo que eres tú el que no me entiende.

No tan complicado (17)

    - He pensado – decía Bërdy -, que si la esfinge sabe mi futuro, pues me la llevo a casa y la planto en medio del salón a que me adivine sin parar.
    - Tendrás que frotarla de vez en cuando – dijo Io.
    - ¿Frotarla?
    - Sí, eso les gusta.
    - Ni hablar.
    - Mira, coges un poco de crema de manos…
    - No pienso frotarla, ni que yo fuera su masajista.
    - Hazme caso, Bërdy. Yo sé más que tú de estas cosas.
    - ¿Tú? – intervine -, pero si confundes una uija con una bruja y una bruja con una brújula.
    - No te metas con ella – dijo Bërdy.
    - Y tú, una uija con un botijo – le dije.
    - Pues tú – dijo él – el nepotismo con el priapismo y ambos con el cesaropapismo.
    Bërdy era un pedante de cojones. Pero todo tiene alguna utilidad. Y soportar su presencia en mi propia casa también la tuvo. En cuanto a Io, tenía ese magnetismo de la televisión. En cuanto aparecía en un sitio, ya nadie miraba otra cosa. Pero yo no pensaba en ella, ni en mujeres. Acababa de pasar una mala racha. Igual que mi hermana. Estaba demasiado volcado en el trabajo, aunque a ratos me acordaba de Jenaine, tan cariñosa allá en Cancún. Me enteré de que Io y Bërdy pensaban ir a una fiesta, y avisé a mi hermana. Le pedí que fuese con Io a aquella fiesta. Que contactase con un estudiante de pintura que vivía en su mismo piso que, por lo visto, buscaba un representante. Le dije a Layna que tenía que convencer como fuese a aquel niñato de que yo era su representante. Tenía que conseguir que me llamase. No dudo que Layna hizo lo que pudo, pero lo que consiguió fue que aquel sujeto nos invitase al piso que compartía con Bërdy y un estudiante de música.
    Dos días después, Layna y yo enfilamos con el todoterreno hacia el piso de aquel estudiante de pintura llamado Tober. Poco antes de llegar sonó mi móvil. Era Lex, diciéndome que aceptaban mi oferta para fichar con KREGG. Fijamos una entrevista para el día siguiente por la tarde, para concretar los detalles del contrato. Desde luego, era una buena noticia, pero me supo a poco. Había dado por hecho que aceptarían. Igual que cuando llegamos al sitio. No me costó nada aparcar el todoterreno frente al bloque de apartamentos de Tober a las cinco en punto. Cuando la vida parece tan fácil, es como para preocuparse.

No tan complicado (16)

    Se mudó a mi piso una tal Io Palx, amiga de Layna. Yo no era un pardillo, pero tampoco había visto nunca una mujer tan guapa, tan de cerca, tanto tiempo. Mi hermana me rogó encarecidamente que la acogiéramos, dijo que lo estaba pasando mal porque acababa de dejarlo con su novio. Para mí, su madre la había echado de casa por algo relacionado con drogas o malas compañías. Le advertí, en presencia de mi hermana, que si traicionaba mi confianza no me quedaría quieto. Aún así me desaparecieron cosas. Un cuchillo, varios platos, una toalla, el tapón de la bañera. No sé qué haría con aquello.
    - ¿De dónde eres, Io? – le pregunté una vez.
    - Soy argentuina – respondió.
    - Dirás argentina.
    - No, no, argentuina. Unos son massai, yo soy argentuina.
    - O sea, que tu madre era argentina y tu padre beduino.
    - No, no. Mi madre es argentina y mi padre babuino.
    - Y, ¿de qué país son esos?
    - Son monos. El babuino es un mono procedente de África.
    - Quieres decir que tu padre es un mono.
    - Sí, sí, así es. Por supuesto, yo fui generada in vitro.
    - Pues por la forma en que hablas de él parecía una persona.
    - Porque no es mi padre biológico, sino mi padre putativo. Mi madre no encontraba el momento para decírselo. O sea, que tuve que decírselo yo. Fue muy duro. Imagina que tienes que decirle a tu padrastro que eres hija de un mono del animalario de la facultad de Medicina que lleva por nombre Urko.
    - De todas formas, es imposible. No tendrías un cerebro normal.
    - Ah, ah, ah. Los monos tienen un cerebro la mar de normal. Sólo que de mono.
    - Me refiero a que no podrías actuar como humana.
    - Claro, claro. No puedo hacerlo al cien por cien. Conozco mis limitaciones. He tenido que renunciar a muchas cosas por tener un cerebro simple.
    - ¿Como qué?
    - Como… como estudiar una carrera. O serle fiel a un hombre. Pero me las arreglo bastante bien.
    Una tarde vino con un jovenzuelo psicótico que había conocido, llamado Bërdy. Decía que era escritor. En cambio sí era un niñato juguetón, con voz atiplada y uñas negras. Apenas me dirigía la palabra, pero con Io siempre estaba charla que te charla sobre temas esotéricos.

No tan complicado (15)

    Giré la cabeza y vi ante mis narices un revólver plateado que me ofrecía por la culata. Llevaba una inscripción en la base: “In Ictv Ocvli”. Ziro dijo:
    - Si encuentras a alguien con un arma como esta, mátalo.
    - ¿Por qué?
    - Porque él intentará hacer lo mismo contigo.
    Repetí como un tonto:
    - ¿Por qué?
    - Porque sólo uno de los dos puede trabajar para mí – dijo -, lo que significa que el otro sabe demasiado y tiene que desaparecer. ¿Lo captas?
    - Desde luego – dije.
    - Toma esto también.
    - ¿Qué es?
    - Diazepam. Por si la hija se pone pesadita.
    Me marché de allí intrigado con lo del diazepam. La hija de Hermitz amiga de Layna vivía en Bruselas. Y yo jamás la había visto. En el juicio estaba demasiado aturdido como para pensar. No había dormido bien y todo aquello me fastidiaba. Sólo pensaba en terminar, salir de allí. Estaba harto de preguntas, de suposiciones, de los argumentos manipuladores del fiscal, de las caras de la juez… Quería irme a dormir. Y ellos querían saber cuál era mi relación con Ziro. Les dije que trabajaba para él. Que le había conocido en Cancún, precisamente en el momento de producirse los hechos.
    - Le confirmo, señor fiscal – dije -, que en las fechas de las que me habla me encontraba en Cancún y conversé con el señor Tolex en dos ocasiones.
    Dije aquello en medio de un murmullo de confusión. Algo les sonó raro. Era la pura verdad. Pero el fiscal, aunque no dudaba que yo trabajaba para Ziro, buscaba la manera de demostrar delito en mis actividades. Consideraba mi puesto en el sello discográfico como una tapadera. Pensé que me confundían con otro. Recordaba lo que había transportado, sin saberlo, en los bajos del todoterreno. En el secuestro de Hermitz. En el revólver plateado. Ellos no podían saber eso. Así que me mantuve en mis trece.
    - Por lo que a mí respecta – dije -, el señor Tolex es una persona intachable.
    Esto se escuchó en toda la sala, ahora sí, la atención era perfecta. No siguió ningún murmullo. Se quedaron callados. Nos miramos unos segundos. La juez se frotó la nariz.
    - Responda a la pregunta del señor fiscal – ordenó.
    Y me quedé esperando a que el fiscal hiciera su pregunta, otra vez en silencio, mirándonos como tontos. El silencio permanecía incomodando, como un montón de humo que no tiene por dónde salir. Una situación absurda, yo esperando que preguntaran, ellos esperando que respondiera. Hasta que dije:
    - ¿Hemos terminado?
    Esto inundó de carcajadas la sala. Comprendí que la pregunta ya había sido hecha y me tocaba responder. Pero estaba tan cansado que no había oído la pregunta. Me la tuvieron que repetir. Ni siquiera la recuerdo ahora.

No tan complicado (14)

    En las noticias de las nueve salió lo del juicio, que comenzaba al día siguiente. A los periodistas no se les ocurrió otra brillante idea que entrevistar a los testigos, algo que, si no es ilegal, debería serlo. Le tocó el turno a un señor de lo más pintoresco, de esos que disfrutan con un micrófono delante.
    - Sabe que el juicio comienza mañana… – dijo la entrevistadora.
    - Por supuesto – dijo el hombre -. Y tengo toda mi confianza depositada en ese juez, se lo aseguro. Ese hombre tiene las cualidades necesarias. Se le nota.
    - ¿Qué cualidades debería tener un juez, según usted? – dijo la entrevistadora.
    - Pues tendría que ser un hombre equilibrado, sensato, cabal y de esos que no se dejan llevar por las emociones. Yo creo que ese hombre hará justicia.
    - ¿Y si el juez fuese una mujer?
    - ¿Una mujer? No, el juez no es ninguna mujer. Es el señor…
    Ziro desconectó el televisor desde el mando a distancia.
    - Como alguien señaló – dijo -, lo malo de la democracia es que cualquiera puede opinar. El señor sabelotodo se cree un experto. Y lo peor es que hay mucha gente como él.
    Yo callaba. Y continué casi sin hablar hasta que llegó la hora de irme a casa. Ziro me acompañó hasta la reja de su chalet, me despedí de él y subí al todoterreno. Bajé la ventanilla. Manoseó mi hombro con la mano del Rolex.
    - Ten calma – dijo -, todo irá bien. Tengo buenas relaciones con esa juez. En parte, me divorcié por ella. Ah, y no olvides llamarme en cuanto llegues.
    - Ziro, quería pedirte una cosa. Sé que tienes a Hermitz por ahí escondido, y el caso es que su hija es muy amiga de mi hermana. Ya sé que todo esto te parecerá absurdo, pero, ¿no te importaría dejarle en paz? Esto no te puede beneficiar en nada. Ese hombre es una autoridad en egiptología, es famoso. No es un vagabundo sin familia por el que nadie va a preguntar.
    - Para el carro – dijo Ziro –. Nadie sabe que he sido yo. Se lo he encargado a unos profesionales, nadie podrá demostrar que he sido yo. Además, se trata de un par de días. Después volverá a su casa. Contará una historia sobre su desaparición. A partir de entonces, cuando hable con él por teléfono sabrá a qué atenerse.
    - Creo que ya tiene bastante susto encima. Dos días más y se suicida.
    - Está bien – dijo.
    Yo no salía de mi asombro.
    - Si eso te hace feliz, le dejaré marchar – dijo. Y añadió en tono confidencial -: ten, un obsequio.