El informe de Rakidip (6/16)

    Coge una cápsula marrón y con toda calma vierte el contenido ocre en la palma de su mano, la extiende para que la vean, y sin dejar de sonreír se impulsa hacia delante y sopla el montoncito en un sonoro “¡puf!” que les llena los ojos de aquel polvo y de lágrimas y de escozor. Rakidip ya no ve al doctor, sólo escucha sus zetas intercalarse con la risa de su amigo mientras se frota los ojos, luchando en balde por desempañar su visión. Se pone en marcha el carrusel, gira el seto de jazmín en torno suyo, ganando velocidad, impregnando todo con un tufillo dulce y empalagoso.

    Cuando el aroma se desvanece ve a lo lejos, al otro lado del canal, las primeras casas de la Villa G, apéndice de la ciudad en su lado noreste. Soporta el mediodía con el abrigo al brazo, el jersey arremangado y secándose a intervalos el sudor del cogote, por un camino de tierra que bordea un pinar. Su amigo se ha esfumado y con él la posibilidad de juntar los datos que le faltan a su informe. Pero las nubes, el intenso azul otoñal y el cabeceo de las copas de los árboles parecen animarle, y de hecho son la única recompensa a su caminata. Esto le arranca una sonrisa inocentona y al punto escucha una risa, una voz de niña, de amiga, de mujer y madre que le besuquea los oídos. Una voz que le llama por entre los árboles, tamiz del que apenas escapa un rayo de sol aquí y allá enturbiado por el polvo del camino. Esa voz estalla en risas contagiosas, le llama otra vez, le apremia a reunirse con ella. Él la busca entre los pinos y encuentra un palo de golf junto a varias pelotas. Unas hileras de pinos más adelante descubre un campo de golf con la feria al fondo, cerrada y sin gente.
    Cuelga el abrigo de una rama, se arremanga más aún el jersey y lanza la primera bola. Cae bastante cerca del hoyo, pero se desvía a la izquierda y pasa de largo despacio para en el último momento caer al agujero con ayuda de una indetectable desigualdad del terreno. “Bravo Rakidip”, celebra esa voz, “eres el mejor”. La siguiente bola se desvía más, pero un ligero soplo de aire se encarga de hacerla entrar. Y de nuevo se oyen vítores, hurras y vivas. Rakidip se agita. Una gota de sudor le recorre el cogote. Lanza una bola tras otra con ritmo frenético para deleite de esa voz y el suyo, hasta que un exceso de confianza en sus habilidades malabares golpea su frente con el extremo del palo de golf haciéndole ver las estrellas.
    Esa voz vuelve a ser viento allá arriba, en las copas. Él palpa la zona golpeada, la masajea apretando apenas, calibrando el daño. Decide abandonar el juego. Retoma el abrigo en una mano, el palo de golf en la otra y regresa al camino intentando en vano escuchar risas por encima del viento.

El informe de Rakidip (5/16)

    - A mí la vida me ha dejado secuelas por todas partes – dice Rakidip -, taras físicas y mentales que temo irreversibles. Parezco un reloj de sol en día nublado. Una buena curda son dos días para encontrarme, y luego está la pierna. No sé qué clase de órdenes equivocadas da mi cerebro, pero al bajar escalones noto como si los estuviera subiendo.
    - Conozco uno que no le funciona el resorte – se echa a reír.
    Terminan de bajar los escalones de la entrada principal y doblan la esquina para penetrar en el jardín de la clínica. Sobre el césped se replantea con hileras de ladrillo la consulta provisional del doctor Sístole, separada de la del doctor Penko por un seto de jazmín. El doctor Sístole, centro inevitable del vasto jardín, desciende de una saga de ortopedas. Rendijas oculares tras los cristales de coche blindado y gesto único de ataraxia mal entendida, goza de un rubor eterno.
    - ¿Quién es él? – dice sin mirar a Rakidip.
    - Ese alguien que se preocupa por un amigo al que no le quedan familiares – dice el amigo.
    - Y usted, ¿cómo se siente?
    - ¡El amo del mundo! – se echa a reír.
    - Es propio de la fase eufórica.
    - Pero, ¿qué fase eufórica, si hace dos horas que no consumo? Por cierto, en cuanto salga me voy a por más – se echa a reír.
    - Me aburriría inmiscuirme en su vida, pero si no quiere entrar por aquella puerta para quedarse una temporada ándese con ojo. Es todo por mi parte. El resto se lo contará mi colega, el doctor Penko. Rodee el seto y lo encontrará.
    El doctor Penko, a la sombra del seto, parece un impostor, un albañil doblado de sesenta años que con camisa verde, jersey a juego y una guasa nada común, finge su cargo rodeado de inquietantes trofeos: un ánfora de las que usaba Sócrates, un obús de la Guerra Española, un hipocampo escupiendo besos desde una pecera triangular. Sonríe simiesco jugando al backgammon con cápsulas marrón y beige mientras convierte despacio las eses en zetas.
    - Aquí hay pacientez con todo tipo de traztornoz conductualez – dice -: fobia zocial, agorafobia, deprezión crónica, pzicoziz paranoide… Traztornoz provocadoz o acentuadoz por laz drogaz que lez incapacitan para dezenvolverze con la zoltura dezeada ahí afuera.

El informe de Rakidip (4/16)

    - ¿Ha estado aquí como paciente? – dice el doctor Hint.
    - Es lo que trato de averiguar – dice Rakidip.
    - Me refiero a usted.
    - Ah, no. Nunca.
    - Pero ha probado las drogas.
    - Sí, igual que usted.
    - Esa apreciación es de las que suelen costar la cabeza. Se acabó. Diga un número entre el diez y el veinte.
    - Catorce.
    - Ahí van. Catorce fichas sin barajar. Ahora sumamos los digitos del número elegido, es decir, cuatro más uno igual a cinco. Empezando por las últimas, una, dos, tres, cuatro y cinco fichas. Ésta es la que busca, señor mío, y no se moleste en recordarla porque no la olvidará. Le perseguirá hasta el día que regrese. Porque usted ya estuvo aquí. Y volverá, no lo dude. ¿A dónde va tan deprisa? ¿le resulto aburrido? (guiño tras guiño).
    - Buenos días.
    - Hasta pronto.
    - No me espere despierto.
    Rakidip guarda la ficha en el bolsillo interior del abrigo gris y sale al pasillo, donde se da de bruces con un par de ojos saltones que emergen de un espeso bosque de pilosidad facial, negro y brillante: su amigo, desgranando palabras a la velocidad de un trilero con sus dientes sombreados.
    - Tengo una entrevista con el doctor Sístole – dice -, pero están reformando su consulta y me envían a una provisional que tiene en el jardín.
    - Y yo un encargo de Memoria Central – dice Rakidip -, un informe que ocupa todo mi tiempo. Vámonos de aquí, te acompaño. Ese Hint no me ha gustado un pelo. Mira la ficha que me ha dado. Le pregunto por ti y me dice que esta es la ficha que busco, insistiendo en que estuve aquí como paciente. Hombre, hace años era bastante juerguista, pero de una cosa así me acordaría. Además, ¿tú crees que ese de la foto soy yo?
    - Algo se te parece. Y a mí - se echa a reír.
    - Tras esa barba podría esconderse cualquiera.
    - Es la primera vez que vengo.
    - Yo también es la primera vez que vuelvo, digo que vengo. Y lo mismo diría si me encontrara un conocido en un club de carretera.
    - Eh, eh, un momento. Aquí no vienen sólo los que se enganchan. A los que se enganchan los traen. Yo he venido porque me obligó la juez. Si no, ¿de qué? El único problema que tengo con las drogas es que cuestan dinero – se echa a reír.

El informe de Rakidip (3/16)

    Detrás de las montañas de residuos, en medio de una planicie desértica, se alza la Clínica Borman de Reciclaje Social, de color gris, junto a otras clínicas, institutos y centros de investigación. Rakidip sale del ascensor en la vigésimotercera planta buscando la consulta del doctor Hint. Allí el doctor charla con un colega. “Sí, llevo años suscrito a esa revista de armas”, dice. El colega se marcha. Inesperado cenobita con dudoso deje provinciano, el doctor Hint posee un tic nervioso adquirido en la Guerra del Golfo y lanza guiños con el ojo izquierdo de vez cuando.
    - Los traen aquí cuando son casos perdidos – dice -. No por incurables, sino porque nadie, ni ellos mismos ni nosotros, logra averiguar el mal que padecen. ¿Por qué Reciclaje Social? (guiño). Es el tipo de nombre que les encanta poner a los políticos. Ahora todo es reciclaje. Y no sé para qué, si dentro de cincuenta años no habrá planeta (carcajada). Es más o menos como sigue (guiño): alguien trafica con drogas y el Estado lo permite a cambio de su tajada. ¿El inconveniente? Que un pequeño porcentaje de usuarios se convierte en adicto y crea problemas. Así que nosotros nos dedicamos a reciclar ese porcentaje. La basura que ellos dejan (guiño)(guiño). La mayoría padece un trastorno previo que es lo que les hace (guiño) abusar de una sustancia.
    - Estoy buscando a una persona - dice Rakidip.
    - Lo sé. Siéntese.
    - ¿Lo sabe?
    - Era obvio que más tarde o más temprano usted vendría en su busca. Porque usted es su amigo, ¿no es cierto? (guiño).
    - ¿Cómo sabe…?
    - No ate cabos - dice el doctor Hint -, es mucho más simple. Tiene pinta de ser amigo suyo, ya está. Familiares no le quedan (guiño) (guiño). Aquí tengo su historial, vea: abuso ininterrumpido de alcohol y sustancias tóxicas durante cinco años consecutivos (guiño). Memorícela antes de que me dé por guardarla, igual que Dios nos guarda (tos).
    - No es él – dice Rakidip.
    - ¿Está seguro? ¿cómo se llama su amigo? (guiño). No me lo diga, conozco todos los nombres. ¿Era alto su amigo? Aquí tenemos muchos altos. Mire este: se dedicaba a erotizarse bajo el influjo de hongos alucinógenos, principalmente Amanita muscaria.
    - No, no es tan alto.
    - Este otro: le despidieron del trabajo por absentismo reiterado debido a las drogas. Su negligencia pudo haber facilitado un robo en su departamento. Incluso fue sorprendido durmiendo a escondidas en horario laboral.
    - No, demasiado pálido.

El informe de Rakidip (2/16)

    Ve la vida como un desliz, una intromisión de los sentidos. El trauma del autor, como parte esencial de su obra, gota que tiñe de sangre el vidrio de su periscopio emocional: la histeria de Van Gogh, la agorafobia de Satie, la misantropía de Bukowski, la ceguera de Homero, el impulso criminal de Genet. El veneno del autor, como defensa ante el trauma: el opio de Poe, el bourbon de Tennessee Williams, el hachís de Bowles. Si se escribe con sangre, sale cuanto hay en ella. La debilidad otorga humanidad al genio. La velocidad del sonido es un gas, según un manual de acústica.
    Rakidip, albañil de la paráfrasis, identifica una fractal o una serie periódica de decimales como metáforas de la vida, generador de circunstancias idénticas. Mastica las palabras de Samuel Beckett, “queda poco que contar”, y compitiendo en laconismo escribe: “Queda nada que contar”. Y añade: “Todo fue dicho en tiempos pretéritos. Sólo cabe repetirlo con nuestro acento para que perdure. Transmitir información a las nuevas generaciones como buena especie civilizada”. Con su instinto por sextante, interpreta la galaxia de casualidades para escoger su posición bajo normas obligatorias. La casualidad es un mensajero sarcástico que aporta unos pocos datos sobre los planes del azar, la fortuna, el destino; como un instante en que la venda cae de los ojos revelando algunas pistas antes de volverse a colocar.
    Toda pista ayuda a resolver algún misterio. Pero, ¿quiénes son esos mensajeros? ¿quién los envía? Ni se explica ni deja de admirar la ironía de ese lenguaje suyo tan atemporal. Ve el serendipismo como hilo argumental del día a día: expedición que fracasa, pero consigue inesperados logros más interesantes que su objetivo inicial. La Historia como estadística que anticipa el futuro, recetario para detectar oportunidades y evitar peligros. Estadística que, con la misma ironía de las casualidades, termina siempre por cumplirse.
    Rakidip ha sellado la entrada de su torre. Desde ahora, el mapa será su mundo y terminarlo su vida. Misión de super-hombre afrontada por un escarabajo. Dispone de cuanto necesita para la navegación, pero juzga inútil izar velas ante la calma chicha, trastorno de tanto marino, evidencia de la impotencia. Antes cabe templar el carácter, entrenarse en diversas artes, desempolvar los sentidos, mostrar paciencia, adquirir concentración. Cierra los párpados del moribundo que hay en él y reduce poco a poco la frecuencia de sus respiraciones por minuto, de trece a diez, luego a siete, luego a cuatro. Su primer destino será la Clínica Borman de Reciclaje Social.

El informe de Rakidip (1/16)

    Rakidip tensa el cuero del timbal de su inconsciente, comprueba el sonido de la membrana en distintos puntos redoblando con las uñas, aturdido, sentado en mitad de la escalera que conduce al patíbulo, tarde para empezar, pronto para abandonar. “Los cuarenta no son nuevos para mí”, se dice, “los sufro desde hacer veinte años”. Y recuerda las palabras de Iain Finlayson a propósito de Burroughs: “la mayoría de los hombres tienden, en este punto de sus vidas, a revisar y evaluar su trayectoria y, con frecuencia, reaccionan con una cierta sensación de urgencia y un pánico más o menos controlado.”
    Se asemeja a un ser de otro mundo: ridículo, desubicado, supuestamente peligroso. Extraño y extrañado; intrigante e intrigado. Cautivo en una maquinaria ósea sublevada de cuando en cuando ante toda orden coherente desde el incendio que asoló la biblioteca de Memoria Central. Se propone cartografiar su mundo en perspectiva caballera apostando por un resultado nada realista, pero sincero en su ingenuidad, como el dibujo de un niño. Reivindica la estética de lo feo, la subcultura, la serie B, la decadencia como parte de lo humano. El “fácil de preparar” acuñado en los sobres de sopa, como la que toman en las cárceles desde que el mal gusto se empezó a exigir en los colegios. Tiene delante varios folios. La última escena. En su lecho de muerte, Alien I el Apátrida gira sobre sí mismo, retoma la estilográfica y apunta en la pared: “Si algo hice fue sufrir”.
    Rakidip trabaja en su mapa desde siempre y adivina su inconclusión, como el que cuenta estrellas, como Pound y sus “Cantos”. ¿Quién podría terminarlo? ¿quién puede expresar cuanto emana del cosmos en una sóla vida? El mapa, que sobre la mesa muestra cuatro zonas principales, puesto al trasluz sobre el cristal de la ventana muta en radiografía y revela cuatro grupos de traumas relacionados respectivamente con la familia, el sexo, las relaciones con el mundo y la salud psicofísica. Estas zonas se disponen en torno a un pequeño núcleo de personalidad, teóricamente sano y último reducto lúcido. Recorrer el mapa exige prepararse para un desplazamiento en quincunx dimensional formado por las tres coordenadas espaciales, mas el tiempo, mas el viaje sin viaje. Una quinta dimensión compuesta por exploraciones internas: oníricas, místicas, o psicopatológicas.

Día De Permiso (21/21)

    Juanjo fuerza una carcajada y le da unas palmadas en la espalda con su único brazo. Después el camarero trae dos cervezas y él se entretiene en observar al jubilado que introduce monedas en la máquina de premio. No le está yendo mal al jubilado esta mañana, la primera mañana de su sobrina, la primera en libertad para él después de tanto tiempo. El jaleo del bar le aturde. Falta de costumbre. Un hombre de traje y pelo gris sale de los lavabos y rompe a vomitar. Juanjo está convencido de que el Charli acaba de hacer alguna de las suyas. Se dirige a los aseos mientras la gente empieza a preguntarse qué es lo que está ocurriendo. Entra, es un aseo muy pequeño en el que apenas hay sitio para un váter y un lavabo. Allí abajo está el Charli, junto al váter con la tapa levantada, sentado en el suelo, salpicado de sangre, en una postura ridícula con las piernas dobladas hacia dentro. No respira, ni hay rastro de su antigua puntería. Y su mueca parece explicar lo sucedido, como si hiciese falta, con palabras:
    - Tío, me he matado.
    Una expresión tajante.
    - No hagas nada porque me he matado.

    Es de noche y Lucía no está. Hay dos mirándole desde atrás y él y sabe que son de la Policía Local. No es que tengan un tufo especial, simplemente no apagan el walky-talky. Tal vez les avisó aquel vendedor, les iría con el cuento de que había sido atacado con violencia por un loco de un solo brazo. O Lucía, que siempre se ha preocupado por él. Sin girarse puede verlos allí de pie, mirándole en silencio. Desea que se sienten a su lado, pero nadie más lo sabe.
    - Es hora de volver - dice uno de voz ronca.
    - Ni hablar - dice él.
    Y al momento ríe sin ganas. Ellos también ríen. Por seguirle la corriente, por compasión o por ambas cosas, pero ríen y eso a Juanjo le ha gustado. Le espera una reprimenda al llegar al psiquiátrico, pero aún es tiempo de reír. Antes de que le riñan y le humillen queda algo de tiempo para estar tranquilo. Antes de que le expliquen que estaban muy preocupados por él y le digan que es muy tarde para cenar porque el comedor está cerrado hasta mañana; antes de que le vuelvan a explicar que ha firmado su alta voluntaria y que no puede saltarse la ley a la torera, que la ley tiene como misión protegerle a él y, en su caso, proteger a los demás de él; antes de que le comuniquen que se le impondrá una sanción, antes de todo eso, aún queda un momento de paz. Se levanta con dificultad y les acompaña parque abajo.

FIN de “Día De Permiso”

Día De Permiso (20/21)

    Poco después de terminar la mili, supe que el Charli se había ido a Angola de mercenario junto con Froilán, un pirado de mi barrio que había estado en la Legión. Uno que se pasaba el día con los ojos medio abiertos liando canutos, canutos que siempre se acababa fumando él solo entre risas de sus propios chistes. Llevaba una barba rala que se trajo de Melilla junto con una cicatriz en el cuello, de una pelea. De una vez que metieron su cabeza en una taquilla y casi se la cortan. Se fueron a Angola en busca de lo que no les dejaban hacer aquí. Buscaban acción como locos y el Froilán se quedó sin disfrutar su última paga. No vi al Charli en diez años.
    Volvió a su pueblo, en Albacete, a su ambiente, dispuesto a trabajar. Pero a veces las buenas intenciones no bastan. Su padre no lo quería ni ver, sus amigos le evitaban y aquellos que podían darle trabajo no se fiaban de él. El caso es que se hartó, se marchó y vino a instalarse precisamente al barrio. No sé lo qué le contaría Froilán que era el barrio. Al poco tiempo ya se sabía quién era y dónde había estado, y la gente empezó a evitarle como en su pueblo. Se vio envuelto en un par de follones.
    A mí me daba lástima, cuando le conocí era buena persona. Antes de mi ingreso lo veía de vez en cuando. Se pasaba los días rascando la pelota de hachís, dejando a deber sus compras, viviendo en casa de una prostituta que le mantenía…
    Me encontré al Charli esta mañana, una mañana soleada, la primera de mi sobrina. Después de llamarte fui al centro, desayuné en un bar con diez euros que me había dado mi hermana y al salir eché a andar. Llegué hasta el barrio, crucé la plaza y apareció él, con la cabeza rapada, una perilla, su complexión atlética, su tatuaje en el cuello y unas gafas de sol.
    - Se las compré a un africano que vive en mi escalera - dijo.
    Luego señaló las casas viejas y sucias de la plaza.
    - Cercados por la miseria - decía -. Menudo lugar para vivir.
    Yo estaba incómodo, pero sentí lástima y me empeñé en que tomáramos una cerveza juntos. Él aceptó, echamos a andar buscando una barra y me resigné a hacer de muro en el que el Charli descargara sus lamentaciones. Me vi sin argumentos para convencerle de que lo suyo tenía arreglo. Entramos en un bar.
    - Voy al váter - dice el Charli.
    - ¿Qué te pido? – pregunta Juanjo.
    - Una cerveza.
    Lo piensa un instante.
    - O mejor nada - dice -, porque voy a pegarme un tiro.

Día De Permiso (19/21)

    Aunque le duraba el susto, Juanjo no parecía alterado. Ni con capacidad para alterarse. Recordaba la cara del Charli, esa mirada, esa expresión y después la huida por las calles, forzando los músculos, tropezando, con miedo a mirar atrás. Lucía le sorprendió por segunda vez. Él no la miraba, pero la sentía, y deseaba como nunca abrazarla. Ella le entregó una napolitana de chocolate y se sentó a su derecha en silencio. Los patos atravesaron en fila india el estanque. “¿Cómo se lo cuento?”, pensaba Juanjo, “¿empiezo por lo de hace un rato o voy directamente a lo de esta mañana? ¿se lo suelto a bocajarro o se lo explico por partes?”.
    - Quiero volver – dijo Lucía.
    - No empieces.
    - Buenas tardes - dijo una voz.
    Parecía la de otro pelma. Juanjo alzó la vista resignado, pero lo que vio fue un jardinero enjuto, con las gafas sucias y una mascarilla que retiraba para mostrar sus dientes amarillos.
    - Buenas tardes. Es que vamos a echar aquí sulfato y merece la pena que no estén. ¿Les importaría cambiarse?
    Señaló un banco al otro lado del estanque.
    - ¿Sulfato? – dijo Juanjo -. ¿a estas horas?
    - No, aquí - dijo el hombre.
    Señalaba unas plantas justo detrás de ellos.
    - Cómo no – dijo Lucía.
    Se levantan. Él necesita contárselo. Después de hacerlo se sentirá mejor. En cuanto se acomoden en el nuevo banco le dirá que tiene que escuchar lo que le ha sucedido entre las nueve y las once de la mañana.
    - Intenté contártelo antes – dice -, pero vino ese pelma que paseaba las cervezas.
    - No me lo recuerdes.
    - Se trata del Charli, creo que nunca te he hablado de él.
    - No.
    - Hicimos la mili juntos. Él acabó de escolta del general Pozuelo. Y conocía su oficio. Sabía disparar.
    La puntería se lleva en los genes. No es que puedas coger a cualquiera y hacer de él un tirador de primera. No. Hay que ser de cierta clase de personas. El Charli era de esos. Le vendaban los ojos y seguía haciendo blanco, como si el fusil formara parte de él. Ni el general ni nadie allí recordaba un caso igual.
    - Oiga - dice otra voz.
    Se giran y ven un hombre con bigotito en línea y una muela de oro.
    - ¿Les importa si…?
    - Lo siento, no me interesa – dice Juanjo.
    - Pero si aún no le he explicado nada – dice el otro.
    Juanjo agarra un puñado de tierra y se lo lanza con fuerza al vendedor.
    - ¡Largo de aquí!
    Aquel se aleja mirándole con asco.
    - ¿Y tú - pregunta Lucía -, tenías tanta puntería como el Charli?
    - Qué va, no hacía blanco ni a la de tres. Me las arreglaba como podía.

Día De Permiso (18/21)

    Nadie sabía qué decir.
    - ¡Abre la boca, buey!
    Y en esto una niña cayó al estanque, la misma que no quería ir a casa. La niña se llamaba Adela. Lo sé porque escuché su nombre gritado un segundo antes del chapuzón. Su madre y sus amiguitas reían con ganas. Suerte que ahora no hay patos, pensé. ¿Qué hubieran hecho? ¿asustarse, picotear a la niña, graznar atolondrados, volar en círculo? ¿graznan los patos? Soy un paleto. Adela gritaba desde el estanque con los pies en remojo:
    - ¡Pécora la que se ría!
    Y las dejó mudas a todas. El tipo de las patillas estaba casi encima de mí:
    - Te voy a contar la última, manco. La de despedida.
    En eso noté la punta de su navaja en mi costado derecho, el vulnerable. Me acordé del Charli.
    - La cuestión – decía el tipo – es que después de la historia del alemán, cojo y entro en un estanco, ¿vale? Estaban el dueño y un cliente, un abuelo. Se me quedan mirando y el dueño le dice al otro, con guasa: “Usted ya sabe a lo que me refiero”. Y le digo: “Pues yo no sé a qué se refiere, pero me pongo violento”. Es que me cabrea que se anden con secretitos delante de mí. Y el del estanco, no veas, hace un gesto como de haberse hecho encima, igual que el médico tocólogo cara de buey. El viejo ni se movía. Era tal la escena que me he tenido que partir el pecho de risa. Parecía un western de esos malos, sólo que yo no llevaba revólver ni nada. Mi voz los ha acojonado. Entonces pienso: “Tengo que aprender a utilizar este poder”. Total, que me acerco al mostrador, señalo detrás del dueño, se gira, me da un paquete de mentolado, lo agarro y digo: “Hasta otra, guasones”. Y me marcho. Y ahora te toca a ti.
    - ¿A mí? ¿quieres que te cuente una historia?
    - Déjate de historias y cotiza o te rajo. Y no preguntes si me da vergüenza atracar a un manco.
    Le di todo lo que llevaba encima, cinco euros. Se levantó para irse y preguntó:
    - ¿Cuál es tu apellido?
    - Ridruejo – contesté.
    Dio media vuelta y se alejó. Pensé que había tenido suerte después de todo y al rato me empecé a tranquilizar un poco. De nuevo escuché al pelma del menos alto de mis dos amigos.
    - Di por qué al menos – dijo.
    El otro habló para que le dejase en paz:
    - Volveré, pero ahora déjame solo.
    El pelma hizo caso y se marchó. Y poco después lo hizo el alto cabezón.