Día De Permiso (21/21)

    Juanjo fuerza una carcajada y le da unas palmadas en la espalda con su único brazo. Después el camarero trae dos cervezas y él se entretiene en observar al jubilado que introduce monedas en la máquina de premio. No le está yendo mal al jubilado esta mañana, la primera mañana de su sobrina, la primera en libertad para él después de tanto tiempo. El jaleo del bar le aturde. Falta de costumbre. Un hombre de traje y pelo gris sale de los lavabos y rompe a vomitar. Juanjo está convencido de que el Charli acaba de hacer alguna de las suyas. Se dirige a los aseos mientras la gente empieza a preguntarse qué es lo que está ocurriendo. Entra, es un aseo muy pequeño en el que apenas hay sitio para un váter y un lavabo. Allí abajo está el Charli, junto al váter con la tapa levantada, sentado en el suelo, salpicado de sangre, en una postura ridícula con las piernas dobladas hacia dentro. No respira, ni hay rastro de su antigua puntería. Y su mueca parece explicar lo sucedido, como si hiciese falta, con palabras:
    - Tío, me he matado.
    Una expresión tajante.
    - No hagas nada porque me he matado.

    Es de noche y Lucía no está. Hay dos mirándole desde atrás y él y sabe que son de la Policía Local. No es que tengan un tufo especial, simplemente no apagan el walky-talky. Tal vez les avisó aquel vendedor, les iría con el cuento de que había sido atacado con violencia por un loco de un solo brazo. O Lucía, que siempre se ha preocupado por él. Sin girarse puede verlos allí de pie, mirándole en silencio. Desea que se sienten a su lado, pero nadie más lo sabe.
    - Es hora de volver - dice uno de voz ronca.
    - Ni hablar - dice él.
    Y al momento ríe sin ganas. Ellos también ríen. Por seguirle la corriente, por compasión o por ambas cosas, pero ríen y eso a Juanjo le ha gustado. Le espera una reprimenda al llegar al psiquiátrico, pero aún es tiempo de reír. Antes de que le riñan y le humillen queda algo de tiempo para estar tranquilo. Antes de que le expliquen que estaban muy preocupados por él y le digan que es muy tarde para cenar porque el comedor está cerrado hasta mañana; antes de que le vuelvan a explicar que ha firmado su alta voluntaria y que no puede saltarse la ley a la torera, que la ley tiene como misión protegerle a él y, en su caso, proteger a los demás de él; antes de que le comuniquen que se le impondrá una sanción, antes de todo eso, aún queda un momento de paz. Se levanta con dificultad y les acompaña parque abajo.

FIN de “Día De Permiso”

Día De Permiso (20/21)

    Poco después de terminar la mili, supe que el Charli se había ido a Angola de mercenario junto con Froilán, un pirado de mi barrio que había estado en la Legión. Uno que se pasaba el día con los ojos medio abiertos liando canutos, canutos que siempre se acababa fumando él solo entre risas de sus propios chistes. Llevaba una barba rala que se trajo de Melilla junto con una cicatriz en el cuello, de una pelea. De una vez que metieron su cabeza en una taquilla y casi se la cortan. Se fueron a Angola en busca de lo que no les dejaban hacer aquí. Buscaban acción como locos y el Froilán se quedó sin disfrutar su última paga. No vi al Charli en diez años.
    Volvió a su pueblo, en Albacete, a su ambiente, dispuesto a trabajar. Pero a veces las buenas intenciones no bastan. Su padre no lo quería ni ver, sus amigos le evitaban y aquellos que podían darle trabajo no se fiaban de él. El caso es que se hartó, se marchó y vino a instalarse precisamente al barrio. No sé lo qué le contaría Froilán que era el barrio. Al poco tiempo ya se sabía quién era y dónde había estado, y la gente empezó a evitarle como en su pueblo. Se vio envuelto en un par de follones.
    A mí me daba lástima, cuando le conocí era buena persona. Antes de mi ingreso lo veía de vez en cuando. Se pasaba los días rascando la pelota de hachís, dejando a deber sus compras, viviendo en casa de una prostituta que le mantenía…
    Me encontré al Charli esta mañana, una mañana soleada, la primera de mi sobrina. Después de llamarte fui al centro, desayuné en un bar con diez euros que me había dado mi hermana y al salir eché a andar. Llegué hasta el barrio, crucé la plaza y apareció él, con la cabeza rapada, una perilla, su complexión atlética, su tatuaje en el cuello y unas gafas de sol.
    - Se las compré a un africano que vive en mi escalera - dijo.
    Luego señaló las casas viejas y sucias de la plaza.
    - Cercados por la miseria - decía -. Menudo lugar para vivir.
    Yo estaba incómodo, pero sentí lástima y me empeñé en que tomáramos una cerveza juntos. Él aceptó, echamos a andar buscando una barra y me resigné a hacer de muro en el que el Charli descargara sus lamentaciones. Me vi sin argumentos para convencerle de que lo suyo tenía arreglo. Entramos en un bar.
    - Voy al váter - dice el Charli.
    - ¿Qué te pido? – pregunta Juanjo.
    - Una cerveza.
    Lo piensa un instante.
    - O mejor nada - dice -, porque voy a pegarme un tiro.

Día De Permiso (19/21)

    Aunque le duraba el susto, Juanjo no parecía alterado. Ni con capacidad para alterarse. Recordaba la cara del Charli, esa mirada, esa expresión y después la huida por las calles, forzando los músculos, tropezando, con miedo a mirar atrás. Lucía le sorprendió por segunda vez. Él no la miraba, pero la sentía, y deseaba como nunca abrazarla. Ella le entregó una napolitana de chocolate y se sentó a su derecha en silencio. Los patos atravesaron en fila india el estanque. “¿Cómo se lo cuento?”, pensaba Juanjo, “¿empiezo por lo de hace un rato o voy directamente a lo de esta mañana? ¿se lo suelto a bocajarro o se lo explico por partes?”.
    - Quiero volver – dijo Lucía.
    - No empieces.
    - Buenas tardes - dijo una voz.
    Parecía la de otro pelma. Juanjo alzó la vista resignado, pero lo que vio fue un jardinero enjuto, con las gafas sucias y una mascarilla que retiraba para mostrar sus dientes amarillos.
    - Buenas tardes. Es que vamos a echar aquí sulfato y merece la pena que no estén. ¿Les importaría cambiarse?
    Señaló un banco al otro lado del estanque.
    - ¿Sulfato? – dijo Juanjo -. ¿a estas horas?
    - No, aquí - dijo el hombre.
    Señalaba unas plantas justo detrás de ellos.
    - Cómo no – dijo Lucía.
    Se levantan. Él necesita contárselo. Después de hacerlo se sentirá mejor. En cuanto se acomoden en el nuevo banco le dirá que tiene que escuchar lo que le ha sucedido entre las nueve y las once de la mañana.
    - Intenté contártelo antes – dice -, pero vino ese pelma que paseaba las cervezas.
    - No me lo recuerdes.
    - Se trata del Charli, creo que nunca te he hablado de él.
    - No.
    - Hicimos la mili juntos. Él acabó de escolta del general Pozuelo. Y conocía su oficio. Sabía disparar.
    La puntería se lleva en los genes. No es que puedas coger a cualquiera y hacer de él un tirador de primera. No. Hay que ser de cierta clase de personas. El Charli era de esos. Le vendaban los ojos y seguía haciendo blanco, como si el fusil formara parte de él. Ni el general ni nadie allí recordaba un caso igual.
    - Oiga - dice otra voz.
    Se giran y ven un hombre con bigotito en línea y una muela de oro.
    - ¿Les importa si…?
    - Lo siento, no me interesa – dice Juanjo.
    - Pero si aún no le he explicado nada – dice el otro.
    Juanjo agarra un puñado de tierra y se lo lanza con fuerza al vendedor.
    - ¡Largo de aquí!
    Aquel se aleja mirándole con asco.
    - ¿Y tú - pregunta Lucía -, tenías tanta puntería como el Charli?
    - Qué va, no hacía blanco ni a la de tres. Me las arreglaba como podía.

Día De Permiso (18/21)

    Nadie sabía qué decir.
    - ¡Abre la boca, buey!
    Y en esto una niña cayó al estanque, la misma que no quería ir a casa. La niña se llamaba Adela. Lo sé porque escuché su nombre gritado un segundo antes del chapuzón. Su madre y sus amiguitas reían con ganas. Suerte que ahora no hay patos, pensé. ¿Qué hubieran hecho? ¿asustarse, picotear a la niña, graznar atolondrados, volar en círculo? ¿graznan los patos? Soy un paleto. Adela gritaba desde el estanque con los pies en remojo:
    - ¡Pécora la que se ría!
    Y las dejó mudas a todas. El tipo de las patillas estaba casi encima de mí:
    - Te voy a contar la última, manco. La de despedida.
    En eso noté la punta de su navaja en mi costado derecho, el vulnerable. Me acordé del Charli.
    - La cuestión – decía el tipo – es que después de la historia del alemán, cojo y entro en un estanco, ¿vale? Estaban el dueño y un cliente, un abuelo. Se me quedan mirando y el dueño le dice al otro, con guasa: “Usted ya sabe a lo que me refiero”. Y le digo: “Pues yo no sé a qué se refiere, pero me pongo violento”. Es que me cabrea que se anden con secretitos delante de mí. Y el del estanco, no veas, hace un gesto como de haberse hecho encima, igual que el médico tocólogo cara de buey. El viejo ni se movía. Era tal la escena que me he tenido que partir el pecho de risa. Parecía un western de esos malos, sólo que yo no llevaba revólver ni nada. Mi voz los ha acojonado. Entonces pienso: “Tengo que aprender a utilizar este poder”. Total, que me acerco al mostrador, señalo detrás del dueño, se gira, me da un paquete de mentolado, lo agarro y digo: “Hasta otra, guasones”. Y me marcho. Y ahora te toca a ti.
    - ¿A mí? ¿quieres que te cuente una historia?
    - Déjate de historias y cotiza o te rajo. Y no preguntes si me da vergüenza atracar a un manco.
    Le di todo lo que llevaba encima, cinco euros. Se levantó para irse y preguntó:
    - ¿Cuál es tu apellido?
    - Ridruejo – contesté.
    Dio media vuelta y se alejó. Pensé que había tenido suerte después de todo y al rato me empecé a tranquilizar un poco. De nuevo escuché al pelma del menos alto de mis dos amigos.
    - Di por qué al menos – dijo.
    El otro habló para que le dejase en paz:
    - Volveré, pero ahora déjame solo.
    El pelma hizo caso y se marchó. Y poco después lo hizo el alto cabezón.

Día De Permiso (17/21)

    - Y, ¿no te da vergüenza – dije - robar a un extranjero de esa forma?
    - ¡Venga ya! En absoluto. De algo hay que vivir, ¿no?
    - Quiero decir con tan poco arte.
    - ¿Arte? Mira, ni soy artista ni acabé la carrera de Historia.
    - Eso ya me lo olía.
    - Aunque las catedrales góticas tienen su punto.
    Reñía una mujer con su hija, que no quería ir a casa y berrincheaba por todo lo alto. Me hice pequeño, esas cosas que uno no se explica, y sentí ganas, si no de llorar, sí al menos de echar a correr, largarme, gritar. Qué frustración. Me hubiera gustado tener acceso al esquema químico que gobierna mi cerebro para alterarlo, para diseñar una dieta que me mantuviera siempre tranquilo y de buen humor. Necesito paz.
    - ¡Ja! – decía el tipo -. Que si me da vergüenza. Eres un cachondo tú, ¿eh, manco? No me conoces…
    Se me arrimó.
    - Me estoy acordando – dijo - de una amiga extranjera que tengo, muy guapa ella, preciosa. Bueno, qué te voy a contar. La cuestión es que sin querer se había quedado embarazada de un chulo y de un hortera y los dos venían a ser la misma persona. Y como sentía vergüenza de ir sola al tocólogo buscó alguien que la acompañara y ese fui yo.
    La enfermera vieja, huesuda, rubia de bote y seria hasta el rictus tenía la piel tan blanca como la bata, los zuecos agujereados o la pasta de sus gafas. Les hizo pasar. En cuanto el tipo vio la cara de buey del médico, su escuadrón de pelos a mitad de calva, su ancha papada colgante, sus ojos de besugo al horno, su boca de pantano y sus manos salchicheras, empezó a recelar. Y a pensar que trataba con desdén a su amiga por su calidad de extranjera, cosa que podía hacer él, pero no cualquiera. El caso es que se enojó, se levantó y empezó a lanzar por el aire los papeles que el médico tenía sobre la mesa. La consulta entera llena de papeles. La receta, sin completar, revoloteó hasta posarse en el pecho de la enfermera sargento, ahora convertida en caniche al borde del pánico más traidor. El patillas agarró la receta de un manotazo, hizo una pelota y le gritó al doctor:
    - Abre la boca.

Día De Permiso (16/21)

    - Debía llevar en ella todo lo que traía para gastar. Y ha tenido suerte de tropezar conmigo, que no soy ambicioso, o lo hubiera pelado allí mismo como a un pollo. En eso saca un flamante billete de cincuenta euros y me lo da. Y una vieja que pasaba se queda mirando el billete.
    El patillas lo hizo desaparecer y reanudaron la marcha. Estaban ya casi en la puerta principal de la catedral, de estilo neoclásico según él.
    - A ver – le dice al alemán -: primero entro yo. Tú calcula unos diez minutos y a continuación entras. A mano derecha verás un pasillo. Tómalo y llegarás a la capilla del Santo Cáliz. En el muro derecho de la capilla hay una puerta. Después, a un nivel más alto, un púlpito pequeño y a continuación otra puerta. ¿Me sigues?
    - Sí - dice el turista.
    - Ahora: esta última es la que nos interesa. Conduce al púlpito y al mismo tiempo a una escalera que va a dar a un sótano, justo debajo de la capilla. El sótano se utiliza como almacén del museo catedralicio y allí están los tesoros. La capilla queda a solas la mayor parte del tiempo. Sólo tienes que esperar ese momento. Entonces te levantas con toda naturalidad y te diriges a la puerta. ¿Lo captas?
    - Sí, sí - dice el alemán.
    - Abres la puerta, yo estaré dentro, y a partir de aquí es pan comido porque nunca hay nadie. Existe un pasadizo que lleva a la sacristía, desierta con toda seguridad puesto que la misa de once acaba de empezar. Una vez allí y durante la eucaristía bordearemos el altar mayor y nos mezclaremos con la gente. ¿Te ha quedado claro?
    - Sí – repitió el alemán.
    - Ah, y una vez dentro recuerda que no me conoces de nada. No se tiene que notar, ¿entendido?
    - Sí. Okey – dijo el alemán.
    Y dicho esto, el patillero entró en la catedral, la atravesó a toda leche y salió por la puerta de los Apóstoles, de estilo gótico según él, que da a la plaza de la Virgen. Ahora sonreía mientras acariciaba la pulsera de cuero de su muñeca.
    - Aquel primo no sé lo que habrá hecho – dijo -. Lo mismo está allí esperando todavía.

Día De Permiso (15/21)

    - Cuatro de los que iban conmigo a clase son hoy profesores en la facultad. Imagínate: les he soplado los exámenes, he resuelto sus dudas, he pagado sus cafés… Los he formado yo, me lo deben todo. Ellos investigan, mantienen correspondencia con sabios de todo el mundo, están suscritos a las revistas científicas más prestigiosas, acuden a congresos… Y de vez en cuando charlamos. Ellos saben que yo era el mejor de la clase y que estoy donde estoy porque no quise hacer la pelota. Saben que sé más que ellos.
    Estaban llegando a la catedral cuando el alemán le preguntó:
    - ¿Tienes pruebas de lo que dices?
    - Joder, qué pesado - respondió el patillero -. No, no tengo pruebas. ¿Tienes tú alguna, y no te ofendas, de que tu padre lo es? Pues yo tampoco porque no me importa. No me interesan las pruebas. Aquí lo único que cuenta es que tienes ante tus morros la oportunidad de ver tesoros góticos que no se muestran al público. Y yo me estoy jugando el cuello por enseñártelos a cambio de cincuenta euros de mierda. ¿Encima me vas a vacilar?.
    Mientras el tipo se explayaba yo reconocí, sentados en otro banco a unos veinte metros, un par de antiguos amigos míos, de esos que haces en el colegio y luego ya no los vuelves a ver. Uno era alto, flaco y cabezón y el otro rubio con gran flequillo, también delgado y muy nervioso. El alto no recuerdo cómo se llamaba y el menos alto… Da igual.
    - Lo que queremos es que vuelvas - decía el alto.
    - No – decía el otro.
    - ¿Por qué?
    Los patos habían desaparecido. ¿Estarían durmiendo una especie de siesta? ¿duermen los patos? No soy más que un paleto de tantos, un ignorante orgulloso. El alto de mis dos amigos insistía.
    - ¿Por qué, di?
    El tipo de las patillas seguía dándome codazos.
    - Tú, no te pierdas, que ahora viene lo mejor. Antes de llegar a la catedral le cojo así del brazo y le digo: “¿Sigues queriendo ver los tesoros?”. Y dice: “Sí, sí, por supuesto”. Y le digo: “Recuerda que me arriesgo mucho”. Y el alemán venga a decir que sí hasta que se cosca y saca la cartera.

Día De Permiso (14/21)

    - Sí, hay tesoros en la catedral que no se muestran al público. Pero yo conozco la manera de verlos.
    Sonrió.
    - Te estás preguntando cómo - dijo -, igual que el alemán. Hay que ver lo curiosos que sois… Si lo dijera perdería mi empleo.
    El tipo llevaba un índalo de oro colgando sobre la camiseta negra a la altura del pecho.
    - Hay en esta ciudad – dijo - auténticos tesoros medievales que por alguna razón no se exhiben en los museos. “Yo conozco la forma de que usted los vea”, eso le dije al alemán, “pero arriesgo mucho con ello y eso cuesta, por ser usted quien es, cincuenta euros. Precio simbólico si se considera el peligro y al mismo tiempo asequible a cualquier bolsillo de turista. Si le interesa, bien, y si no, pues buenos días.”
    - Sí, interesa mucho – dijo el turista.
    - Muy bien - dijo el tipo -, pues andando.
    Y echaron a andar hacia la catedral.
    ¿Por qué hubo de marcharse Lucía? Con las ganas que tenía de hablar con ella. En eso pasaron unos niños por delante de nuestro banco. El niño parecía furioso. Le preguntó a la niña:
    - ¿Qué me has llamado?
    Ella le desafiaba.
    - Capullito de alhelí.
    El tipo de las patillas me daba codazos.
    - No te distraigas, que esto es importante. Total, que me lo llevo calle arriba. Esta mañana al solecito se estaba bien, pero por la sombra hacía un fresquete que no veas. Él apenas hablaba.
    El alemán era de Colonia. Bonita catedral, según el de las patillas.
    - Nunca he estado allí – dijo -, pero son cosas que se aprenden en un par de años de universidad. La catedral de Colonia es inconfundible.
    Se sacudió los pantalones negros.
    - No me puedo creer – dije - que ese alemán te tomara por un experto en gótico con esa pinta que me llevas.
    - Eh – dijo -, con ayuda de estas.
    Sacó unas gafas y se las puso. Seguía pareciendo un patillero sonriente, sólo que con gafas.
    - Entonces - dijo - me dice el turista: “¿Cómo sabes tanto de gótico?”. Y le digo: “Porque estudié en la universidad”. Estos se van a pensar que aquí la gente no tenemos cultura o algo así.
    Cruzó las piernas mostrando sus mocasines con puntera de escoplo y cuatro dedos de tacón, también negro, sobre calcetín blanco.r

Día De Permiso (13/21)

    - Necesito alguien con quién hablar. Mi hermana no me entiende y estoy harto de psicólogos y de psiquiatras. Necesito un amigo.
    - Y yo necesito un hombre. Y tu hija un padre. Eso también cuenta.
    Una pareja que hacía footing pasó por detrás de ellos. Lucía giró el cuerpo hacia él:
    - Quiero que vuelvas.
    - No – dice él.
    - Queremos que vuelvas.
    - No.
    Ella resopla.
    - Venga, Juanjo. Échale un par de cojones y ayúdame a criar a nuestra hija de una vez. Mi madre está muy mayor, no puede ayudarme siempre.
    Él intenta levantar la mirada.
    - Hazlo al menos por la niña - dice Lucía -. Ella también es hija tuya y quiere que vuelvas.
    - ¿Qué?
    - Que la niña, tu hija, quiere que vuelvas.
    Se levanta y se va sin que él diga nada. En ese momento la química mental de Juanjo se descompone. No para de pensar “mi hija quiere que vuelva”. Se lo repite una y otra vez para saborearlo y creérselo. Hay esperanza mientras hay vida, pero para él la vida es una pesadilla que ni siquiera parece pertenecerle. Se siente pegajoso y extraño y soñando el sueño de otro.
    Se arrebuja en el chándal y cruza las piernas. El banco está húmedo. A él le da igual. Y también estar mareado y con el campo visual reducido. Empieza a hacer frío, como en el barrio esta mañana, por esas calles que no les da el sol de plano más que dos horas al día. Cuando bostezaba y miraba las muecas de sorpresa de las adolescentes que corrían uniformadas a recibir tórridas clases de Historia, de Latín, de Matemáticas. Allí se ha topado con el Charli, su cara de bruto, sus gafas de sol.
    - Con permiso.
    Un patillero sonriente me miraba divertido a dos metros del banco. Vestía de negro, con camisa desabrochada y camiseta interior.
    - Fuego - dijo.
    Le pasé mi mechero. Encendió el cigarrillo, pero no me lo devolvió. Se sentó a mi derecha y empezó a juguetear con él lanzándolo al aire a cada tanto.
    - Déjame que te cuente - dijo - cómo me he camelado a un pardillo hace un rato, un turista de esos de cámara digital y sandalias con calcetines.
    Se había cruzado a un alemán en el puente. Después de pedirle fuego como a mí se ofreció a mostrarle, por cincuenta eurotes de nada, todo el gótico de la ciudad, incluido el oculto.
    - ¿Oculto? – dije.

Día De Permiso (12/21)

    Juanjo recuerda haber visto la noticia de aquel accidente. En el televisor de la institución psiquiátrica, una noche. A la mañana siguiente Mario había disipado sus dudas de meses atrás, cuando se le hacía demasiado cara la inversión inicial, cuando pensaba que en cuanto la gente descubriera que a la cerveza le gusta pasear, la compraría en cualquier parte, la pasearía y adiós negocio.
    - Por eso – dijo - acabé diseñando y patentando un artefacto que bauticé “paseador de cerveza”. Es como una pequeña nevera de playa en el que se alojan los envases. En el momento se completa la distancia máxima de paseo recomendada, el mismo aparato nos avisa a través de una luz roja y un pitido intermitente. Hay que esperar a que la luz cambie a verde para continuar, o buscar un medio de transporte para completar la distancia. Así nos aseguramos de que sea la óptima para mejorar las propiedades de la lata o botella de cerveza. Ya lo estoy viendo, un par de naves en las afueras de la ciudad fabricando unidades de paseador de cerveza día y noche. Y vosotros también lo vais a ver aunque no hayáis querido invertir.
    Hizo una pausa. Juanjo miraba de reojo sus zapatos color piel de mandarina. Deseaba que se marchase, pero era locuaz hasta la demencia. Un charlatán con cuerda para todo el día.
    - Oye - dijo Mario -, ya sé de qué me suena la cara de esta pilingui. Yo te he visto hoy.
    - Hoy – dijo Lucía - me ha visto mucha gente desde que me he levantado, empezando por…
    - No, en Internet. Te he visto en Internet.
    - ¿En Internet?
    - Sí, en una página web. Estabas desnuda.
    - Pero, ¡serás hijoputa!
    - Vale, vale, compruébalo tú misma en “ultra-cerdas.com”.
    - Tú sí que eres un cerdo. ¡Mamonazo!
    Y empezó a darle bolsazos con increíble mala leche. Él gritaba tratando de parar los golpes:
    - ¡Loca! ¡histérica!
    - ¡Que te jodan! – decía ella.
    Su culo de pato cayó al suelo. En cuanto pudo reaccionar se levantó y se alejó corriendo como una niña cursi, sacudiéndose la ropa a manotazos.

    Una vez más tranquila Lucía dice:
    - No me digas que te has puesto celoso.
    - Sentía envidia – dice Juanjo -, no celos. A él le escuchabas.
    - Siempre con tus complejos. Me cayó simpático al principio, nada más.