El sufridor anónimo

            Hagamos memoria en un momento y recordemos todas esas ocasiones en que el pobre hombre de la calle, del campo o del mar ha servido como material para grandes películas, novelas y óperas de todo tipo, con frecuencia melodramas. En otros tiempos, el hambriento, el sin techo, el loco, el reprimido, constituían una preocupación real para algunos artistas, preocupación que intentaban contagiar al gran público demostrando, de paso, su genialidad en el oficio.

            En los tiempos que nos ha tocado vivir, el sufridor anónimo no importa en absoluto. Es basura que se vende a peso en los telediarios: parados, secuestrados, ahogados, damnificados, y todos ellos utilizados con el único fin de que pasemos el mayor tiempo posible delante de una pantalla para que nos puedan pasar anuncios. No sirven para nada más. Lo que nos conmueve, si acaso, es el sufrimiento de los famosos. Esas penas sí que nos llegan hondo, forman parte de nuestro día a día, despiertan nuestra más honesta solidaridad. Fíjate cómo sufría Elvis; lo mal que lo pasaron Keith Richards o Kurt Cobain, porque deshacerse de un hábito de heroína (autoimpuesto), se puede convertir en todo un calvario; qué mal lo pasó Hemingway, y Salinger. Qué mal lo está pasando Isabel Pantoja, la pobre. Sin embargo, un compañero de trabajo que lo acaban de despedir de la peor manera, que ya no va a poder pedir el crédito para comprarse el piso como tenía planeado, nos resbala por dentro. Y el yonqui de nuestro barrio es un apestado que evitamos a toda costa.

            Elvis no consiguió que la gente mirase hacia el gueto, sólo hacia su incipiente barriga y sus problemas con las pastillas. Salinger no logró que tomásemos en cuenta a todos los Holden Caufield que pululan a nuestro alrededor, “all the madmen”, como diría Bowie, pero sus rarezas eran muy interesantes. La escoria. Los que nos venden la fruta y nos dan qué pensar al verlos en un largometraje de Stephen Frears. Es normal que uno ya tenga bastante con salir adelante tal y como están las cosas, pero no debería serlo. La competitividad sin cuartel, la supervivencia de los más hábiles, deja tras de sí una legión de cadáveres andantes, anulados por completo. Zombis desnortados que no saben hacia dónde caminar. Les da lo mismo. No se puede decir que tengan mucha elección. Decía Bertolt Brecht que cuando el delito se multiplica, nadie quiere verlo. Así es. Y cuanto más inadaptado, inútil, improductivo, poeta o abogado de los Derechos Humanos haya a nuestro alrededor, más nos obstinaremos en mirar hacia otra parte. ¿Nos va a ganar alguien en eso? Siempre habrá algún chisme de famosos que nos distraiga, que nos haga soñar con una vida más coloreada. Lo mismo que hacía Blanche DuBois en “Un Tranvía Llamado Deseo”: colocar un farolillo de papel coloreado sobre la bombilla desnuda del salón para cambiar el color de las cosas. Para endulzar la triste realidad. Blanche era una pobre loca, pero abrió mucho camino a generaciones de locos que vinieron tras ella a perpetuar el síndrome del que no quiere saber nada de temas prosaicos y aburridos.

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7 thoughts on “El sufridor anónimo

  1. Estoy deacuerdo Jose.
    Pienso que el artista preferido de las “discograficas” es un tío que hace grandes canciones y fácil de manejar. Lo de hacer grandes canciones o tocar de puta madre no lo se, lo de fácil de manejar … creo que está más claro.
    abrazote.

  2. Lo que pasa, creo, es que si nos preocupamos, por ejemplo, por la desgracia que le han echo a la Esteban en la cara, nos preocupamos un ratito, nos sentimos buenas personas, super empáticas, y ya podemos dormir tranquilos. Pero si nos preocupamos por ese compañero de trabajo del que hablas, necesitaríamos, ademas de preocuparnos, ACTUAR para sentirnos buenas personas… y eso, ya es mas complicado.

    Las discográficas, fajo de billetes sin marcar no consecutivos de por medio (¡toma topicazo!), hacen que nos guste lo que les da la gana. Lo peor es que la gente ni se plantea si realmente le gusta o no y, por eso, ahora solo uno de cada diez adolescentes sabe quién es Bowie, pero a los karaokistas de OT se los saben de memoria.

    Será la crisis, que como es la culpable de todo, seguro que también nos ha vuelto más idiotas.

    Un saludo.

    • Muy interesante lo que dices de empatizar sin actuar, como los que se solidarizan con el que está en el quinto pino y a los que están cerca ni los saluda. El esfuerzo global sólo será efectivo si nace de un esfuerzo a nivel local. Ese compañero de trabajo somos todos, igual que todo es cosa de todos, y no basta con arreglarse el saquito escondiendo los problemas debajo de la alformbra.

  3. ¿Qué pasó, José? ¿Por qué no continuaste con este tipo de textos? Me ha parecido sumamente reflexivo, sobre todo en el argumento inicial de la labor del artista; no como educador, pero sí como presentador de problemas reales a los que vale la pena mirar. Una pena que ahora esto se pierda por los famosos pero, por otro lado, hay quién aprovecha su fama para ayudar o hacer que la gente mire a distintas causas (lo que se agradece), y por el otro, no es que pudieramos pedir demasiado. Porque en el fondo, creo yo, que pese a que los artistas utilizaban esos temas para mostrar una cruda realidad, la gente siempre se entretuvo con ello. No creo – espero equivocarme -, que su labor haya supuesto una real diferencia a como es el sistema, sobre todo porque creo – y también espero estar en un error -, que el arte ha sobrevivido por dos cosas: porque es indispensable para el ser humano (para la mente, el corazón y como sociedades), y por el otro porque ayuda a que la gente sublime por ahí su consciencia social y sus ganas de “luchar”, lo que mantiene todo igual. Cambiamos de consciencia, pero no de sistema, y todo se mantiene relativamente igual. Una pena, pero nada nos queda salvo intentar cambiar eso cada cual – quizá de forma infructiera y quizá ni valga la pena, pero es nuestro deber, a fin de cuentas , pero es algo que igual haremos siempre que esté en nuestras manos, o esa es la idea.

    Un saludo, José.

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