Burkina Faso (I)

El Burkina Faso era un tugurio infame de Santa Pétula, en la calle de Las Vértebras. Un sitio muy oscuro donde ponían música de la era psicodélica a todo volumen. Allí es donde Fredy Machine Head solía pasar interminables noches empapado en tequila. Un golfo chulito, no muy alto, de pelo grasiento peinado hacia atrás. Una de esas noches, al llegar a su casa en las afueras de Santa Pétula, se comió un plato de ensaladilla rusa y escribió un poema en los azulejos del cuarto de baño, con un lápiz de labios de su mujer. Un poema largo en el que sólo eran legibles siete palabras: congrio, cimitarra, íncubo, corpúsculo, rémora, canícula y sotavento. Cristina, su mujer, le sorprendió en estas. Él se la quedó mirando y soltó:

—¿Qué pasa?

—Pasa que se acabó —dijo ella.

Era una tipa con decisión. Fue animadora de un equipo de basket, pero lo abandonó porque el entrenador le metía mano.

—Estoy harta —dijo—. Hace cuatro días estabas sentado en el váter, con el pantalón por los talones y dibujando en las paredes con tu propia…

La trifulca no era del todo nueva. Por eso, él no la tomó en serio… Hasta el día siguiente, cuando Cristina se mudó al piso de unas amigas en Perro Quemado, el barrio hippy. En su nuevo destino se aficionó a las discotecas, las pastillas y el cubata de garrafa. Transcurrido un mes, Fredy apareció por el piso, una noche de viernes, a eso de las diez, como si nada, encontrando a Cristina sola en casa y con un pijama que le venía grande.

—Hola —dijo Fredy—, ¿puedo pasar?

—No sé cómo narices has averiguado dónde estaba, pero te advierto…

—Tu madre, que no para de largar.

—Ah, muy bien. Y, ¿quién le manda a mi madre…?

—Venga, déjame entrar.

Y como si aquello lo arreglara todo, susurró:

—Traigo una botella de tequila.

Cristina decidió posponer su enfado.

—Nos tomamos un par y te largas —dijo.

Una vez en el salón y tres tequilas después, la expresión facial de ambos comenzaba a reblandecerse, al tiempo que una risa histérica se apoderaba de sus tripas con más y más frecuencia. La botella se terminó. Cristina sacó una de Martini rojo, hielo y un par de vasos. Ya no podían cruzar la mirada sin retorcerse de risa. En eso, llegaron las compañeras de piso de Cristina, Carla y Carol. Carla era bajita, morena, de ojos verdes, y vestía a lo punk, con chaleco de cuero y botas militares. Carol era más alta, más recia y tenía pecas alrededor de los ojos. Carla y Carol lo hacían todo juntas. Absolutamente todo.

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