Burkina Faso (II)

—¿Quién es este? —dijo Carol.

—Es Fredy —dijo Cristina—, mi ex marido.

Y soltó una risita.

—Hola —dijo Carla.

La carcajada que soltaron Fredy y Cristina fue tal que aquellas corrieron a encerrarse en su cuarto, sin decir ni “buenas noches”.

—Parecen buena gente —decía Fredy.

—Están locas, pero lo pasamos genial.

—A la morena la he visto en algún sitio. ¿De qué las conoces?

—De una tarde que estaba en Shaggy’s probándome unos vaqueros. Carla, la morena, descorrió de golpe la cortina de mi probador. Me dijo: “Huy, perdona, creí que estaba aquí mi hermana”. Y yo le dije: “No tiene importancia”. Y luego ella: “¿Qué tal me queda esta minifalda?”. Y yo: “Fantástica, se te ve todo”. Se echó a reír, nos caímos bien y nos dimos los teléfonos.

Carla trabajaba en una perfumería y Carol en una ferretería. Venían de Sarmientos, tenían la misma edad y habían crecido como vecinas, puerta con puerta, hasta los doce años. Para entonces eran inseparables. Después, el padre de Carla fue a liarse con la vecina de enfrente, demostrando mucha vista para el asunto de la mudanza, y pasó a convertirse en el padrastro de Carol. A este tipo, un tal Johnny Beltorino, no le hacía gracia que las hermanastras fueran, además, amantes. Y tampoco que hubieran escapado de su tiranía con apenas dieciocho años, en busca de aventuras. Dos meses antes hubiera jurado que las tenía encarriladas. Las llevó a comer a un sitio bien caro para charlar de su futuro.

—¿Qué marcha lleváis, majas? —les dijo.

A lo que Carol respondió:

—Todo claro, papi. Voy a estudiar aeronáutica.

—Y yo aerobic —dijo Carla.

Le habían traicionado, así que telefoneó a un detective de tres al cuarto y le ofreció un pastón por vigilar a su hija e informar de sus movimientos. Un detective que, harto de su incompetencia, había decidido cambiar de oficio.

—¿Por qué yo? —dijo el detective.

—No se haga el tonto conmigo —dijo Johnny—. Es el mejor detective de Carrizos y lo sabe. Patterson me lo ha contado todo.

Un detective llamado Morris que no sabía quién era Patterson, pero decidió seguirle la corriente a aquel tipo.

—Ah, Patterson —dijo—. Haber empezado por ahí.

—Dice que si alguien puede encontrarla en Carrizos es usted.

—Está hablando en singular. Creí que se trataba de dos chicas.

—Mi hijastra se puede ir al cuerno. Esa maleducada de Carol ha pervertido a mi hija, pero la voy a recuperar.

 

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