Burkina Faso (III)

—¿Qué le hace pensar que está aquí?

—Las oyeron hablar del viaje. Sé que está ahí.

—Necesitaré fotos, información personal. Por e-mail.

—Lo tendrá.

—Estese tranquilo, conozco esto como la palma de mi mano.

—Encuéntrela y no la pierda de vista. En el momento oportuno tomaré el primer avión y me reuniré con usted.

Morris no entendía muy bien los motivos de aquel pirado, pero era una pasta a la semana, más una prima si todo salía bien, así que aceptó. Sería su último trabajo, y al mismo tiempo, el que le permitiría cambiar de oficio. En cuanto pudo imprimir una foto de Carla se puso manos a la obra. De noche recorría garitos de lesbianas, garitos en general y discotecas, mostrando la foto de Carla a las camareras. Durante el día visitaba tiendas de ropa, o locales de tatuaje y piercing. Tuvo suerte. El cuarto día, la dependienta de un estudio de tatuaje dijo haberla visto en el Burkina Faso.

Esa misma noche, Morris se plantó en el Burkina Faso. La encontró junto a Carol y las siguió hasta el piso que compartían con Cristina, en el barrio hippy. Un primer piso con todas las ventanas abiertas, por el calor de aquella noche, la que apareció Fredy con la botella de tequila bajo el brazo. En el piso, al rato de desaparecer Carla y Carol en dirección a su cuarto común, empezaron a escucharse exigentes gemidos. Cristina le explicó a su ex lo que estaba ocurriendo tras el tabique —aunque era obvio hasta para el más memo—, pero Fredy no prestaba atención a la escena erótica.

—Hoy me botaron del curro —decía—. Estaba harto de ventas por teléfono. Esta mañana me presenté con sandalias y calcetines rojos. El gerente, nada más verme, empieza a echarme el puro, y yo voy y le digo: “¡Anda al carajo!”. Y le hago un corte de mangas de esos que dan gloria.

—Al gerente me lo presentaste una vez.

—Ya sé que te hace tilín.

—No es cierto.

—Y lo mejor de todo es que los calcetines me venían grandes, muy grandes. Me hacían mismo bolsas en los pies.

Se pusieron serios. Comenzaron a reír. Aquellas seguían jadeando y vociferando, y estos dos, venga la risa escandalosa. Los vecinos debían estar acostumbrados. O sordos.

—Fredy —dijo Cristina—, ¿qué vas a hacer ahora?

—Tomarme otro Martini.

—No, digo de pasta. ¿De qué vas a vivir?

 

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