Burkina Faso (VII)

—Es Jenny —dijo Carla.

Jenny era mitad masajista, mitad vedette. Una buena combinación. Y se las había arreglado para retener lo mejor de ambos mundos.

—Yo también conozco a esa chica —dijo Cristina—, era animadora de los…

—¿Conoces a Jenny? —preguntaron Carla y Carol al mismo tiempo.

—Sí, trabaja en…

—Trabaja para nuestro padre —dijo Carol.

—Así que no puede vernos —dijo Carla.

—Pues yo me muero de ganas de saludarla —dijo Cristina—. Hace una eternidad que no nos vemos. Ahora vuelvo.

—Me siento expuesta —dijo Carla.

—Tengo una idea —dijo Carol—. Espérame aquí.

Al rato volvió con dos antifaces, uno negro y el otro dorado. Le ofreció a su hermanastra el dorado.

—He convencido a aquellas dos mustias para que me los prestaran —dijo.

En eso volvió Cristina con Jenny.

—Te presento a dos amigas que van disfrazadas —le dijo.

—Yo soy Jenny. Encantada.

—Yo, Palas Atenea —dijo Carol.

Jenny trabajaba en un centro de relax para ricos que abría de diez de la mañana a diez de la noche. Se alegró mucho de ver a Cristina. Fredy intentó que les dejara pasar la noche en el centro de relax, con la excusa de probar el hidromasaje y con la condición de marcharse antes de las diez. Pero Jenny descartó su propuesta con una sonrisa ancha y espesa. Con la más profesional de las sonrisas anchas y espesas.

Mientras, en la suite del hotel Continental…

—Me gusta el Continental —decía el viejo—. Es como volver a casa.

—Estoy de acuerdo con usted, señor. Y dicen que está haciendo buen tiempo.

—A propósito, ¿qué hay del asunto de Patterson?

—Oh, pues… Verá, señor, hace dos días recibí una llamada de…

—Chssst. Nada de nombres mientras los botones revolotean por ahí.

—Entiendo, señor. Discúlpeme. No tiene por qué preocuparse, nos estamos ocupando de ese asunto. Verá como pronto se soluciona.

—¿Preocuparme? ¿Acaso me ves preocupado?

Morris aguantaba mal el tunda-tunda de las discotecas. Se retiró a su coche, aparcado al otro lado de la calle, no sin antes soltarle algo de pasta al portero para que le informase sobre Jenny. Dentro del coche hacía calor. Abrió un dedo la ventanilla y se repantigó en el asiento. El asunto estaba para darle carpetazo. Johnny Beltorino tenía que haberle escuchado cuando le propuso coger el primer avión de la mañana siguiente y acudir con él por la noche al casino del Continental. Él recuperaba a su hija y Morris recibía su dinero. Estaba harto de seguir a la gente. Puso en marcha la radio, después el coche y se alejó camino de su casa. En el fondo, Morris admiraba una cosa en aquellos cuatro: su desparpajo. La de cosas que él hubiera hecho en su vida con la mitad de ese desparpajo.

 

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