Burkina Faso (VIII)

A las once de la mañana aquellos cuatro, que no se habían acostado, caminaban por la calle Tuétanos buscando dónde desayunar, cuando pasaron junto a un sitio que olía a grasa frita: el “Asador de costillas de Sam el Psicópata”. Entraron y ocuparon mesa. Era pronto para la carne, así que pidieron cafés y se los tomaron con calma, con mucha calma. Algo así como tres horas y media delante del mismo café y el mismo bollo mordisqueado. Cuando vieron que ya iba siendo hora de comer pidieron montones de carne y patatas, y salsas de colores.

—Me encanta comer —dijo Carla.

—Con ese tipito, nadie lo diría —dijo Cristina.

—Bueno, hermanas —dijo Fredy—, centrémonos. Quiero explicaros un par de detalles antes de que nos plantemos esta noche en el casino.

Después de comer volvieron al piso, para dormir unas horas. Por el camino, Fredy compró un traje de Gucci que pagó Cristina. A las doce de la noche, los cuatro caminaban por el barrio trash-metal, vestidos para matar, riendo, bebiendo de unas latas de cerveza que Fredy había comprado en un drugstore y les iba dando a las chicas. Cruzaron la calle Requiebros por el famoso paso de cebra, camino de sus sueños.

Morris llevaba ya dos horas en el Continental. Antes de salir de casa había escrito un e-mail al padre de Carla. “Nada de particular, por el momento”, le puso. “Anoche fueron a Tempus, la discoteca de moda. Esta noche irán al casino del hotel Continental. Allí me dirijo”.

Una vez en el casino, Carla se acercó a aquel tipo.

—Perdone, señor. Perdone, ¿tiene… fuego? Fuego, por favor.

Llevaba una minifalda color rojo. El rojo es un buen color.

—Todo al rojo —dijo Carol.

— Nanái — dijo Cristina.

Carol exhibía un creciente brillo de malicia en sus ojos.

—El rojo —decía.

—Que no.

En el casino se respiraba tensión. Y Carla, con aquella minifalda roja, las medias negras, los labios pintados, zapatos de tacón…

—¿Me da fuego, señor?

—¡Hagan juego!

—¿Fuego, señor?

—¿Dónde está Carla?

—¿Fuego?

—Creo que fue a comprar tabaco.

—¿Qué?

—¡A comprar tabaco!

—¿Fuego? ¿Fuego, señor?

—No te oigo. Chilla más.

—¡Tabaco! ¡Ta-ba-co!

—¿Fueg…?

Minutos después, Carla estaba en una habitación, casi a oscuras, con las manos atadas. Su destino más probable era la trata de blancas. Los otros tres regresaron al piso, después de mucho buscarla y preguntar a todo el mundo.

 

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