Burkina Faso (IX)

Carol estaba histérica. La tomó con Fredy.

—Por tu culpa —decía—, la mafia ha secuestrado a mi Carla y la van a enviar a un puticlub de Malasia.

—Venga, no exageres —decía Fredy—. Se habrá liado con algún macarra.

—Mi Carla no es ninguna golfa.

—Tu hermana va a volver.

Carol estaba casi llorando.

—Hermanastra —dijo—. Hermanastra y vecina.

Se sirvió un Martini doble. Fredy y Cristina se fueron a dormir. Fredy sabía que ahora, más que nunca, era necesario acercarse al viejo, porque era la única forma de recuperar a Carla. A falta de algo mejor, Carol tendría que ser el cebo.

El olfato de Morris decía que Carla no había salido del hotel. Pensó que formaba parte de algún plan de la pandilla y decidió no alejarse mucho, haciendo pesquisas aquí y allá, recopilando información para sí y para Johnny Beltorino, que no se explicaba qué narices estaba esperando para tomar un avión y reunirse con su hija recién encontrada. Desde luego, su nombre no figuraba en el registro de recepción, pero era el viejo truco de las identidades falsas. Su olfato seguía diciendo que no andaba lejos. Y su olfato, fallara o no, era lo único que tenía.

Al día siguiente, después de comer, el mayordomo entró en la suite del viejo.

—Aquí la tiene, señor —dijo.

—Gracias, Jaime —dijo el viejo—. Señorita, ha habido un error. Le ruego que disculpe a esos bárbaros, si es que lo merecen. En cualquier caso, considérese mi invitada, a partir de ahora.

Carla soltó una risita que cautivó al viejo. Morris se había zampado una hamburguesa dos calles más arriba, en un chiringuito para turistas, y ahora se frotaba las manos con un kleenex, mientras regresaba al hotel. No paraba de repetirse que aquel trabajo no se le iba a estropear. No, no, no. Necesitaba encontrar a Carla Beltorino, llegar hasta el final. Necesitaba el dinero. Se deshizo del kleenex y entró en el hotel.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el viejo.

—Carla.

—¿Te gusta Santa Pétula, Carla?

En la suite del hotel Continental hacía calor. El viejo hizo una seña y el mayordomo sirvió Martini blanco. Una oliva y una rodaja de limón, en el fondo de la copa. Carla cogió el limón y empezó a mordisquearlo. El viejo sonreía. El mayordomo apretó un botón y la luz disminuyó en intensidad, cambiando de blanco a rojo fresa muy suave. Una atmósfera erotizante. El viejo se recostó en el sofá.

 

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