Burkina Faso (XI)

Morris conoció la noticia de labios de una camarera del hotel y empezó a entender el negocio que se traían entre manos. No le gustó. Aquello no era el tipo de noticia que se le puede servir a un tipo como Johnny Beltorino a la hora del desayuno. “Acaba de casarse en secreto con un viejo podrido de pasta. Fin del mensaje”. No. La prima estaba en juego y había que ser suave, por lo que decidió ocultar a Johnny, durante un tiempo, el detalle de la boda. Hasta que se le ocurriese cómo decírselo. Aprovechó para dormir unas horas.

Al día siguiente, en la piscina del hotel Continental, Fredy se untaba crema solar de factor no muy alto.

—Parece que Carla se emplea a fondo con el viejo —soltó.

—Parece —dijo Carol.

—Ha sido una suerte increíble —dijo Cristina—. Qué intuición, la de Carla, para enrollarse justo con un proxeneta que trabaja para ese viejo.

—Una suerte merecida —dijo Fredy—. Ten, úntate.

Carol, que no pensaba untarse porque tenía aversión a los potingues, dijo:

—Y más suerte, aún, que el viejo decidiera quedársela para él. Si no, ya estaba en Malasia.

Al otro lado de la piscina, el viejo y su nueva esposa se besuqueaban. Él parecía un cantante de country con aquella barba blanca, mecida por el viento de Carrizos. Blanca como los pantalones, en contraste con el bronceado del torso. Unos días después, a eso de media tarde, a solas con Carla en la suite, el viejo notó un dolor que le oprimía el pecho. Dejó caer la copa de Martini.

—¿Qué… tienes…, mi amor? —dijo Carla.

—Me duele.

Carla se tambaleaba.

—¿Te… duele? —dijo.

—Sí…, no puedo… respirar.

A Carla se le había ido la mano aquella tarde tomando tranquilizantes. Cayó redonda. El viejo apenas tenía fuerzas.

—Ayuda —decía—, por… favor…, ayuda.

Pero Carla seguía tendida en el suelo, con la minifalda un poco subida, derrotada por los tranquilizantes y el alcohol. El viejo ingresó esa noche en la unidad de cuidados intensivos del hospital Temple, en Santa Pétula, lugar al que se dirigía Morris en un taxi a la mañana siguiente.

—¿Cómo evoluciona?

—¿Quién?

—¿Cómo quién? —dijo Cristina—. Tu marido.

—Ah —dijo Carla—. Me teníais preocupada. Todas ahí tan pendientes, mirándome. No sé. Bien, sí. Creo que está mejor.

—Carla, esto es una rueda de prensa. Me refiero a que es algo serio, a que tal vez no… no deberías estar ahí despanzurrada leyendo una revista y pasando de lo demás por completo. Todos estos periodistas quieren saber cómo se encuentra tu marido.

 

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