Burkina Faso (XII)

El viejo estaba muy mal. Tenía negocios en medio mundo y de todas partes acudía gente, porque sabían que se estaba muriendo. Daba de comer a muchas familias y también a su mayordomo, que iba a visitarle todos los días con una cara hasta los pies.

—No seas cenizo, Jaime —le decía Carla—. Lo que tenga que ser, será. Hemos de estar preparados.

Jaime asentía, lacónico.

—Lo sé, señora. Lo sé.

—Hala, vete a casa y acuéstate.

En eso, Carla reconoció a Fredy al fondo del pasillo.

—¡Fredy!

Él se acercó.

—Sácame de este sitio, da muy mal rollo.

Una vez en la calle, Carla dijo:

—Al viejo le queda muy poco.

—Bien —dijo Fredy.

—Trata de no ser tan frío, ¿quieres? Las cosas nunca salen como las planeas. ¿Y si te dijera que estoy enamorada del viejo?

—No te creería —dijo Fredy.

—Bueno, es una exageración —dijo Carla—. Pero le he cogido cariño. En la vida, no todo es dinero.

—Hablando de dinero, ¿puedes prestarnos algo?

—No os lo habéis podido gastar todo.

—Quedar dinero, queda —decía Fredy—; pero le prometí a Cristina un Porsche.

—Ya estamos. ¿No puedes esperar? Qué borde eres, desde luego…

—Cálmate. Tienes toda la semana para pensarlo.

—Dejadme respirar y todo se hará a su tiempo, y se hará bien. Necesito calma. Mientras el viejo esté así, yo soy quien firma los cheques.

Esto pilló a Fredy por sorpresa.

—¿Ah, sí? —dijo.

—Pues claro.

En eso sacó una libreta de cheques, rellenó uno por importe de cien mil, lo firmó y le dijo:

—Toma. De momento no hay Porsche.

Al día siguiente, a eso de las cinco, tuvo lugar un hecho que cambió de forma sensible las circunstancias: el viejo era historia. Carla lloraba en el funeral.

—Verlo para creerlo —decía Fredy.

Para Morris la noticia no podía ser mejor. Esto ya se le podía contar a Beltorino: que su hija volvía a ser libre y además era rica. No podía no gustarle. Al mediodía siguiente, Carol y Cristina llegaron a la habitación del hotel, después de un baño, y se tumbaron sobre las camas. Cuando no llevaban así ni cinco minutos, alguien llamó a su puerta. Cristina se colocó un pareo y fue a abrir. Era el botones, con un paquete para ella, una caja cuadrada no muy grande. Ella la sacudió. Algo tintineaba en el interior. Rasgó el envoltorio.

—No puedo creerlo —dijo—. Las llaves de un Porsche.

 

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