Burkina Faso (XIII)

Corrieron a la ventana. En efecto, aparcado en doble fila, casi frente a su ventana, había un precioso Porsche 911 Carrera, descapotable, de color amarillo, con una resplandeciente palanca de cambio de marchas. Carla estaba sentada en el capó, a modo de chica de calendario, con gafas oscuras, mascando chicle, saludándoles con la mano. Ellas bajaron, recogieron a Fredy en el bar y se montaron en aquel cacharro. Tomaron hacia el sur, en dirección a Pesares. Aquel trasto funcionaba de maravilla. Pararon en una gasolinera a comprar CDs, algo con que alimentar los altavoces de gama alta. Carla estaba en trámites para heredar la fortuna del viejo. Y eso eran muchos millones.

—¿Empiezas a entender lo que es el negocio? —dijo Fredy.

—Más o menos —decía Carol.

—Podemos influir en la realidad para cambiarla —decía Cristina.

—Y también podemos dejarnos de optimismo metafísico y hacer una gran estafa —decía Fredy.

—¿Para qué necesitas eso? —dijo Carol—. Vamos en un Porsche. Estamos a punto de ser millonarios gracias a Carla.

—Gracias a mi plan, chata —dijo Fredy—. De otro modo, tu Carla estaba ahora entre rejas.

Regresaron al centro de la ciudad, ya de noche. Entraron en un bar turco, pidieron kebabs acompañados de té y después fueron al cine. Cuando salieron, Morris les perdió la pista. Desaparecieron. Él no se lo quería creer. Ahora que tenía el caso resuelto, listo para cobrar, se le escapaba la presa; ahora que el padre de Carla estaba, por fin, a punto de volar para encontrarse con su hija, recién viuda y millonaria; ahora, ese detective acabado aunque con pelo, que había perdido mucha agilidad de la que nunca le había sobrado, lo echaba todo a perder. Pasó una semana haciendo pesquisas. Vuelta a empezar. “¿Ha visto a esta joven rondando por aquí?”. “No, señor, no me suena su cara”. Fumando sin parar, sorbiendo café. Dando largas a Johnny, que allá en Sarmientos, con las maletas hechas, empezaba a impacientarse y amenazaba con ir de todos modos. Hasta que una noche se presentaron Fredy y Cristina en el apartamento de Morris, al noroeste del Burkina Faso.

—¿Cómo me habéis encontrado? —dijo Morris.

—Patterson —dijo Fredy—. Contó que nos andabas siguiendo. Conoces a Patterson, ¿eh?

—Pues no, de cara no. Pero me va gustando su estilo.

 

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