Burkina Faso (XIV)

Morris veía a Fredy como el típico listillo que chulea a tres chorvitas. De Cristina le sorprendió su agilidad, aunque no dijo ni pío. Vivían juntos de nuevo y se dedicaban a la carpintería. Los había vuelto a encontrar, daba igual la forma, y eso era grande. No se le escurrirían de nuevo. Buenas noticias, una vez más. La investigación avanzaba. Pero, ¿dónde estaba Carla? Y ellos, ¿cómo habían pasado de millonarios a carpinteros en una semana? Morris les ofreció una taza de café y les pidió que le contaran el resto, lo ocurrido después de la noche del cine y los kebabs.

—Íbamos en ese carrazo amarillo —dijo Fredy—, cuando se me ocurrió parar en un bar de carretera.

Eso fue al día siguiente, por la tarde, muchos kilómetros al sureste del Burkina Faso. El lugar donde todo ocurría, según Fredy. Si no estabas en el Burkina Faso, nada te ocurría. No existías. Era el lugar adonde había que ir. Aquel bar de carretera estaba atestado de motoristas. Se podía leer su breve código ético en la tinta de sus brazos, en sus caras de cuenta-kilómetros; se podía oler la grasa, la velocidad. Fredy detectó un par de miradas raras, pero nada más. La verdad es que no dejaban de mirar a Carla. No la perdían de vista. Fredy se puso nervioso.

—Una coca-cola —dijo Carol.

—Un momento —dijo Fredy por lo bajo—, ¿es la hora de tomarse una coca-cola, aquí, en medio de todos estos motoristas carcelarios, apuntando con ojos bizcos al culo de Carla?

Todo el mundo estaba en silencio, observándoles. Y ellos, con los bolsillos llenos de billetes de cien, en medio de un puñetero bar de carretera, de vuelta hacia el Burkina Faso. ¿Tenían que esperar a que aquellos camorristas se decidieran a atracarles?, ¿no podían largarse con disimulo? No. Era la hora de tomar una coca-cola. Junto a la diana había un motorista que parecía el capitán, con tres dardos en la mano.

—A mí me gusta la morena —dijo.

Siguió un murmullo de consenso.

—El coche debe ser de las chicas —dijo otro—. Porque hace falta ser moña para llevar un coche amarillo.

—Beberos eso y nos largamos —dijo Fredy.

Alguien puso una pesada mano en su hombro y gruñó:

—¿Llevas fuego, moña?

Fredy se giró esperando un puñetazo como un piano, pero no fue así. El tipo era enorme. Cada uno de sus brazos era como una pierna de Fredy, que notaba cómo se le secaba la boca, convencido de que aquellos tipos iban a darle una paliza. Y lo hicieron, de hecho. Le llevaron fuera y le dieron una reglamentaria paliza de película de motoristas camorristas. Uno de ellos quería arrancarle la nariz. Él nunca les había hecho nada. Lo que fue pura chiripa es que no les robaran. Sólo querían pelea, pelea y nada más.

 

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