Día de Permiso (I)

Para Juan Sánchez, aquella libreta era una bomba; para otros, Juan Sánchez era un idiota con la mano larga. Vestía un tres cuartos de cuero negro sobre una camisa amarilla, holgada, y tenía aspecto de cansado. Demasiado para sus treinta y cinco años. Trabajaba como funcionario de prisiones y tenía en su poder el diario de un pederasta. Una pequeña libreta de gusanillo que no leyó entera, pero sí lo bastante como para saber que era una bomba.

El pederasta usaba la libreta para escribir poemas, pero por lo visto también se dedicaba a contar, con pelos y señales, sus violaciones a niñas de doce años. Juan lo descubrió en un registro rutinario. Se incautó de la libreta, amenazó al pederasta para que cerrase el pico y se llevó el diario a casa, manteniendo el hallazgo en secreto. Los poemas, así como los fragmentos que hacían referencia a las instituciones penitenciarias, fueron eliminados.

Después, Juan contactó con Petra, una periodista de programa radiofónico en auge. Ella se interesó por el diario y quedaron en verse una tarde para tomar café. Una cafetería del centro. Y allí Juan, con su libreta, nervioso, removiendo su café. Hasta que ella se le plantó delante con un whisky.

—¿Cómo llegó a sus manos? —preguntó Petra.

—En uno de los registros habituales —dijo él—. Otro recluso me lo había chivado a cambio de un favorcillo.

—¿Qué tipo de favorcillo?

—Drogas, ya sabe.

—No, no lo sé. ¿Es a eso a lo que se dedica en la cárcel, señor Sánchez?

Juan no estaba acostumbrado a hacer negocios con un Rottweiller. Ni a hacer negocios en general.

—Oiga —dijo—, si no le interesa me largo.

—Déjeme echarle un vistazo.

Él se lo entregó de mala gana y Petra empezó a leer en voz baja.

—Quiero garantías de que no revelará mi nombre —decía Juan—. Ante todo, eso: mi nombre no debe aparecer para nada. Diga que se lo ha encontrado en el buzón o en la basura, me da igual. Usted puede sacarle partido. Pero tranquila, ¿eh? Si no le interesa, alguien lo querrá.

Juan terminó su café. Ella pidió un segundo whisky. Miró a Juan a los ojos:

—¿Cuánto quiere?

Y se lo compró, vaya que sí. Aunque Juan se guardó una fotocopia, por si acaso.

Anuncios

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s