Día de Permiso (III)

—Petra —dijo el editor—, no sigas. Me hago una idea del contenido de tu novela y es algo que no puedo publicar. Si lo modificas y le quitas hierro, tal vez podamos llegar a un acuerdo.

Ella prometió suavizar la novela y escribir otro borrador. Pero lo único que hizo fue dejar pasar un mes y volver a presentar el mismo. El editor no era tan idiota como Petra pensaba y volvió a rechazarlo. Ella se enfureció hasta el punto de lanzar esa misma noche una ofensiva desde su programa de radio, acusando a los “editores cobardes” de coartar la libertad de expresión y ejercer una censura encubierta. Y la cosa no quedó ahí.

Tres noches después, se llevó el diario al programa, invitó a una serie de políticos y psiquiatras, y los sentó alrededor de la mesa negra ovalada frente a sendos micrófonos. Mientras sonaba una canción de Cristopher Cross, que servía de pausa previa al debate, sacó el diario. Estaba nerviosa. Empezó a pasar las páginas de aquella libreta en busca de un trozo lo bastante jugoso como para ser radiado, llegando a rasgar un par de ellas.

—¿Te encuentras bien, Petra?

Era la voz del técnico de sonido, directo a sus auriculares. Nadie más lo escuchó. Ella le localizó, al otro lado del cristal de la pecera, y le mostró el pulgar levantado. La canción terminó. Petra empezó a presentar a los invitados, mientras reclamaba por señas un vaso de agua. Sólo había encontrado estupideces íntimas del pederasta sin el menor interés.

Petra le pegaba al whisky de lo lindo, cosa que desconocía su público pero no sus superiores. De todas formas, ¿qué le iban a decir? Era una vaca sagrada de las ondas nocturnas. Sin embargo, por muy sagrada y por mucho whisky que bebiera, aquella no parecía ser una buena noche para Petra, busca que te busca en aquel diario, sintiendo cómo su carrera se le iba de las manos. Al fin encontró algo apetecible, mientras un invitado se alargaba citando sus títulos académicos. Comenzó el debate. Los invitados empezaron a intervenir por turno hasta que Petra interrumpió:

—Tenemos aquí —dijo— un documento de excepción: el diario de un pederasta. Un texto que nos invita a una profunda reflexión en torno a la pregunta: “¿qué es lo que genera un ser tan abyecto y retorcido, tanto que hasta sus congéneres sienten repulsión por él?”. La historia que van a escuchar a continuación, además de verídica, es sobrecogedora. Presten atención.

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