Día de Permiso (IV)

Leyó despacio y con regodeo durante cinco largos minutos. Al levantar la vista, sus compañeros de control le hacían gestos, gestos amplios con los brazos, pero ella siguió leyendo.

—Yo creía que iba a escribir un libro —decía Juan Sánchez—. Pero la muy cretina se dedicó a leer la libreta en la radio.

Otros seis o siete minutos después, Petra volvió a levantar la vista. Ahora los gestos iban en serio. Tenía que contestar alguna de las numerosas llamadas que entraban a la centralita. Dio paso a la primera llamada. Un padre de familia, que pedía la pena de muerte para los pederastas, le acusó de hacer apología de la violencia. La mujer que efectuó la segunda llamada, una madre que reconocía en el autor del diario al violador de su hija, amenazó con denunciar a Petra y a la emisora. Petra no se achantó. Y tampoco permitió más llamadas, sino que continuó leyendo.

De cuando en cuando, miraba la pecera de control y veía los nervios en las caras de sus compañeros, el miedo a perder el trabajo. El técnico de sonido mostraba un cartel manuscrito que decía: “Para o nos hundes”.

—Ni hablar —dijo ella, olvidando que estaba en antena—. El que quiera, que se largue.

Y siguió leyendo, con más coraje incluso:

—Venga, que esto se pone calentito…

El del chándal y Juan llevan un rato callados, mirando a los patos zambullirse, caprichudos y engrasados. El del chándal está mareado. Por la falta de medicación, por sus recuerdos o por las historias de Juan Sánchez. El mareo es un síntoma demasiado general. Aparte de eso, no parece sentir ninguna emoción, buena o mala. Está esperando a una tal Lucía.

—Ya no soy funcionario de prisiones —dice Juan—, pero sigo siendo Juan Sánchez. Eso me digo todas las mañanas. Me inhabilitaron. Y además me pusieron una multa. Lo que me extraña es que no te hayas enterado tú. Petra me prometió discreción, pero acabó largando y salí hasta en los periódicos.

“No leo los periódicos”, piensa el del chándal. “Pero a veces veo la tele en la sala de recreo”.

—Esto empieza a ser una pesadilla —dice Juan—. Todos me dan la espalda.

“Una tele que no dice más que estupideces”.

Vuelve el silencio. El del chándal desea de todo corazón que Lucía llegue de una vez. Juan es un pelmazo integral. Pero Lucía siempre se retrasa, y esta vez es una de tantas.

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