Día de Permiso (V)

—Gané una buena pasta —seguía Juan— y perdí un buen trabajo. Un año de inhabilitación. A Petra la despidieron. Pero tranquilo, no se morirá de hambre. Ni yo. Aún tengo las fotocopias del diario. Y tengo ofertas. Una de… Bueno, ni te lo imaginas. Porque es material de primera, ¿eh? Vale una pasta. En cuanto al viejo ese… Espera que lo cace. Es peligroso. Es para romperle las narices. No merece otra cosa.

Se levantó, metió un faldón de su camisa dentro del pantalón y volvió a sentarse.

—Date cuenta: hace un rato, estoy en aquel banco, aquel de allá; se acerca el viejo; me pide un cigarro, se lo doy, y el tío lo coge alargando el brazo, ¿sabes?, como si le diera miedo acercarse. Luego, se va. Me quedo allí sentado y, entre las noches que estoy pasando y lo poco que como, me he quedado dormido como un ceporro, con todo el sol en la cara. Hasta que noto un estirón en la cintura. Abro los ojos y me veo al viejo intentando bajarme los pantalones.

El del chándal miró a Juan de reojo.

—Y encima, el tío como si nada. ¿Qué te parece? Pues no te creas que ha echado a correr. Qué va. Y yo jurando que lo mataba. ¿Es que hay que llegar a enfadarse y liarse a tortas con un viejo?, ¿no se da cuenta de que me está faltando al respeto? Pues no.

El viejo pegó otro tirón, ¡zas!, y sus pantalones descendieron un palmo. Notó el fresco de enero en la carne. Cabreado hasta el límite de lo posible, le sacudió una patada al viejo y se lo quitó de encima. Pero no era el mismo viejo que le había pedido el cigarro.

—Era aún más repugnante —dijo Juan.

Con sólo pensar que aquel tipo le había estado manoseando se cabreó más aún, se ajustó los pantalones en lo que el viejo se erguía y, no bien hubo recuperado la vertical, le asestó un puñetazo en pleno estómago que lo volvió a doblar. Una ecuatoriana que cuidaba de otro anciano se puso a chillar.

—Me decía que dejase en paz a aquel caballero. No te lo pierdas. “Caballero”, le ha llamado. Que iba a avisar a la policía.

Así es como Juan Sánchez abandonó su propósito de zurrar al viejo sobón: de mala gana. Pero no se alejó demasiado. Su enfado le retenía en el parque.

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