Día de Permiso (VI)

Minutos después rodeaba el estanque, indignado aún, y se sentaba a contarle sus hazañas al pobre del chándal, esperando el momento de pillar desprevenido al viejo, momento que se materializó con la aparición de su silueta a lo lejos. Juan no lo pensó dos veces. Dio un salto y fue a por él.

El del chándal se llama Juanjo. El año pasado, Juanjo trabajaba de administrativo en la Universidad. A raíz de un accidente de tráfico hubieron de amputarle el brazo derecho, y el estrés en que vivió los meses posteriores le hizo caer en una profunda depresión nerviosa que precipitó su ingreso voluntario en una institución psiquiátrica, de esas que cuelgan en la recepción un cartel con sus normas:

Norma número UNO: Con el fin de no perturbar el ánimo de los pacientes queda TERMINANTEMENTE PROHIBIDO emplear expresiones coloquiales del tipo “eso es una locura”, “¿está usted loco?”, “esto es una casa de locos” y cualesquiera análogas.

Norma número DOS: La medicación es de uso exclusivamente individual. NO INTERCAMBIE SUS PASTILLAS CON EL RESTO DE LOS PACIENTES.

Norma número TRES: COLABORE con el personal de limpieza. ESFUÉRCESE por atinar al evacuar sus deposiciones.

De aquel lugar se escapó ayer tarde, dejando sobre la cama un letrero escrito a lápiz en el que podía leerse: “Día de permiso”. Se enteró del nacimiento de su sobrina, su primera sobrina. Y su solicitud de permiso para ese día, por precipitada, no había podido tramitarse. Y Juanjo tenía muy claro que quería ver a su sobrina, así que se fugó. En la habitación del hospital se sintió incómodo, rodeado de familiares del marido de su hermana. Ella se tragó la mentira de que estaba de permiso y no vio problema alguno en que pasase allí la noche para atenderla, en lugar de su marido, empresario de los que odian apartarse mucho tiempo del trabajo. Ni siquiera vio problema cuando él, una vez a solas, le confesó que se había escapado.

Juanjo apenas consiguió descansar en aquella butaca de hospital. Poco después de amanecer miraba el cielo, las azoteas de los edificios frente al hospital, con la criatura dormida, al fin, acurrucada en su único brazo, el izquierdo. Después, esa cara regordeta y con el pelo rizado, que era su hermana, empezó a bisbisear desde la cama. Él se acercó con la niña.

—Tienes que marcharte —dijo su hermana—. Aún estás a tiempo de evitar que se enfaden del todo. Si les explicas que viniste porque había nacido tu sobrina lo entenderán. Vete ahora, Juanjo.

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