Día de Permiso (VII)

A Juanjo aquello le dio mucha pena, como casi todo lo inevitable. Se despidió de ellas y se marchó. Pero en lugar de regresar a la residencia psiquiátrica buscó una cabina y llamó a Lucía, con la que estuvo saliendo hasta el año pasado. No consiguió que la cita fuese antes de las cuatro, así que se fue a deambular. Se le ocurrió acercarse al barrio y ahí es donde metió la pata.

Lucía le ha dado un buen susto. Cavilando como estaba, no la ha visto llegar. Ni sentarse en el vacío dejado por Juan, a su izquierda. Tan alta como la recordaba, tan divorciada, tan con una niña preciosa de dos años. Con esa voz dulce sin llegar a melindrosa. Ella le besa en la mejilla y capta sus ganas de verla. Algo que nadie más allí hubiera notado.

—Me he escapado de esa casa de locos —dice Juanjo.

—Lo sé. Esta mañana.

—Ayer tarde. Nació mi sobrina y no me lo podía perder. Pesa tres kilos y ochocientos gramos.

—Qué linda. Como la mía.

—Luego vine aquí y al rato llegó ese pelma de la libretita.

—Creía que era amigo tuyo. Llevo un rato ahí detrás haciendo tiempo. Os veía tan bien que no quería interrumpir.

—Lástima que no lo hicieras.

Ella le aparta un mechón de pelo de la cara. Se miran unos instantes.

—¿Qué va a pasar contigo, manco de Lepanto?

—¿Cuando regrese? Bah, la bronca de siempre. Eso si vuelvo, que aún está por ver.

—Te encontrarán antes de que te decidas. Un tío con un solo brazo llama la atención.

—Lucía, tengo que contarte algo.

—Tú dirás.

—Con permiso —dice un tipo.

Y se sentó en su banco un tal Mario, bastante alto, cuarentón y periforme. Lucía quedó en medio.

—Hace dos meses —dijo —hubo una reducción de plantilla en la empresa, Cervezas Kölz, y me quedé sin el puesto de comercial que tenía.

Apenas unos brotes de pelo en la cima de su cabezota, tez color manteca y gafas de pasta.

—Pero no creáis que eso me preocupa. Soy de los que piensan que todo en esta vida sucede por una buena causa.

Derrochaba tanta simpatía como complejo de superioridad. Lucía se arrimó a Juanjo.

—Soy separado —seguía Mario—. Tengo una hija de seis meses, y me propuse encontrar un trabajo mejor en tiempo récord. Bien, eso no fue posible, así que decidí poner en práctica el negocio que vengo rumiando desde hace mucho, porque… Bueno, he encontrado una curiosa teoría.

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