Día de Permiso (VIII)

—¿Cuál? —preguntó Lucía.

—A la cerveza le gusta pasear. Es normal que os pille de nuevo, porque es un descubrimiento que acabo de hacer. Pero os voy a contar cómo lo descubrí.

Resulta que Mario siempre compraba las mismas cervezas: Kölz en lata de treinta y tres centilitros, en paquetes de seis. Efectuaba sus compras dos días a la semana, en dos supermercados próximos a su casa.

—Los martes —dijo —las compraba en el de la esquina, que llamaré supermercado A; y los viernes, en el que hay a dos manzanas, que llamaré supermercado B.

Mario traía un diente roto por dos sitios, junto al incisivo izquierdo, que asustaba cuando sonreía. Y más aún cuando sonreía sin ganas. En ningún momento dejó de comerse a Lucía con los ojos. Con esos ojos que se habían vuelto platos al percatarse de que la cerveza de los viernes le sabía mejor que la de los martes. Ahí es cuando empezó a experimentar en serio. Comprobó los lotes de los distintos paquetes de latas, tanto del supermercado A como del supermercado B, y desechó el factor lote como causa de la diferencia. De forma similar fue descartando factores hasta quedarse con el único posible: el supermercado A quedaba más cerca de su casa que el supermercado B. La distancia se convirtió en el factor clave.

—A ver —dijo—, ¿qué hubierais hecho vosotros en semejante tesitura?

Lucía y Juanjo no dijeron ni pío.

—Venga, pensad. Imaginad que notáis esa diferencia por sistema. ¿Os gusta la cerveza?

—A mí sí —dijo Lucía.

—Exacto —dijo Mario—: empezar a descartar hipótesis hasta quedarnos con la buena. Por eso llevé a cabo experiencias durante más de un mes, anotando los resultados. Lo que hice fue mantener constantes la hora, la cantidad y el lugar de la toma. La conclusión rotunda fue que la cerveza comprada en el supermercado B sabía mejor que la comprada en el supermercado A. ¿Os aburro?

Juanjo iba a decir que sí.

—No, sigue, sigue —dijo Lucía.

—Además de poseer un sabor ligeramente afrutado, se hacía menos pesada a la hora de la digestión. Experimentos posteriores demostraron que, consumida en grandes cantidades, producía resacas menos molestas. Después, hice las mismas pruebas con botellines de distintos tamaños y marcas, y observé que se comportaban del mismo modo que el modelo escogido. Es decir, lata de Kölz de treinta y tres centilitros.

Cuando decidió ampliar el radio de acción de sus experimentos, a supermercados más distantes de su casa, los resultados fueron muy dispares. La investigación parecía estancarse.

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