Día de Permiso (X)

Al terminar su exposición, en la mente de los diez miembros del silencioso consejo de administración flotaba una idea, seguida de una pregunta. La idea era: “Este tipo está convencido de que a la cerveza le gusta dar un paseo antes de ser consumida”. Y la pregunta era: “¿Qué nos importa eso a nosotros, como empresa?”.

—Yo esperaba esta reacción —dijo Mario—, así que me adelanté, dejando caer sobre la mesa todo un estudio de centros de distribución en grandes ciudades, situados de forma estratégica, para que los consumidores tuvieran uno a distancia de paseo de su casa.

—Es buena idea —dijo Lucía.

La primera objeción que se le hizo tenía que ver con los costes que eso planteaba. Argumentó que un aumento del diez por ciento en el precio del producto no sería mal recibido, teniendo en cuenta los beneficios del paseo. Le argumentaron que dejar eso claro precisaría de una feroz campaña publicitaria previa. Un consejero le dijo: “Nuestros consumidores nunca han necesitado pasear la cerveza”.

—El consejo acabó desestimando mi proyecto —dijo Mario—, pero yo no me rindo así de fácil. Estoy buscando financiación, porque voy a llevar a cabo la idea yo mismo, voy a convertirme en empresario, tendré mis propias expendedurías de cerveza… Por cierto, permitidme que os diga, en confianza, que es una oportunidad única para invertir. Todavía estáis a tiempo de suscribir acciones de este maravilloso y lucrativo proyecto.

Lucía dejó de jugar con el pelo.

—No llevamos dinero —dijo.

—Ah, eso no importa —dijo Mario.

Rebuscó en su maletín.

—Mira —dijo—, si me firmáis aquí abajo… ¿Dónde he puesto la pluma? Con una firmita que me echéis y el código de cuenta es suficiente. Venga, que no tengo toda la tarde.

El del chándal hizo acopio de fuerzas para balbucear:

—No me interesa.

Mario le miró fijamente. Dejó de mover las manos.

—Vale —dijo—, allá vosotros.

Guardó los papeles.

—No os preocupéis —dijo—, no voy a morirme de hambre sólo porque os neguéis a ayudarme. Por suerte mis abuelitos no eran como vosotros, ellos creían en mí, sabían que yo era grande, un líder, sabían que estaba llamado a protagonizar grandes momentos en esta vida… y ahora se han marchado para siempre.

—Los míos decían que yo sería bailarina —dijo Lucía.

Mario hizo una mueca de disgusto.

—No hablo de mis abuelos —dijo.

—Has dicho “abuelitos” —dijo Lucía.

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