Día de Permiso (XI)

—Porque eran viejos, pero no eran mis abuelos. Vivían en una residencia y sus hijos no iban a visitarles, ni sus nietos, pero yo sí lo hice. Cada domingo de cada semana, durante cuatro años. Era muy fácil, me pillaba de paso cuando me iba de… Bueno, cuando iba a cierto sitio.

Lucía descruzó las piernas y se puso a jugar con su reloj.

—Pues eso —seguía Mario—, que me cogieron cariño y decidieron premiarme. Muchos me incluyeron en su testamento. En cosa de unos años me tocaron varias casas de pueblo. ¡Y las que persiguen las constructoras, así que hice buenas ventas. Ya lo creo. Dinero de sobra para montar las primeras expendedurías especializadas en cerveza a domicilio. El personal de reparto tendrá que ir andando a entregar los pedidos. Así, el cliente recibe la cerveza en su casa ya paseada y lista para tomar.

—Entonces, ¿están muertos? —preguntó Lucía.

—¿Quién, los viejos? Ah, sí, hace tiempo. Estaban ya en las últimas.

Pero Mario aún tenía sus dudas. La inversión inicial le parecía demasiado costosa; pensaba que, en cuanto la gente descubriera que a la cerveza le gusta pasear, la compraría en cualquier parte, la pasearía y adiós negocio.

—Por eso —dijo —acabé diseñando y patentando un artefacto que bauticé “paseador de cerveza”. Es como una pequeña nevera de playa en la que se alojan los envases. En el momento se completa la distancia máxima de paseo recomendada, el mismo aparato nos avisa a través de una luz roja y un pitido intermitente. Hay que esperar a que la luz cambie a verde para continuar, o buscar un medio de transporte para completar el recorrido. Así nos aseguramos de que la distancia sea la óptima para mejorar las propiedades de la lata o botella de cerveza. Ya lo estoy viendo: un par de naves en un polígono industrial fabricando unidades de paseador de cerveza día y noche. Y vosotros también lo vais a ver, aunque no hayáis querido invertir.

Hizo una pausa. Juanjo miraba de reojo los zapatos de Mario, color piel de mandarina. Deseaba que se marchase, pero era locuaz hasta la demencia. Un charlatán con cuerda para todo el día.

—Oye —dijo Mario—, ya sé de qué me suena la cara de esta pilingui. Yo te he visto hoy.

—Hoy —dijo Lucía— me ha visto mucha gente desde que me he levantado, empezando por…

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