Día de Permiso (XII)

—No, en Internet. Te he visto en Internet.

—¿En Internet?

—Sí, en una página web. Estabas desnuda.

—Pero ¡serás hijoputa!

—Vale, vale, compruébalo tú misma en “ultra-cerdas.com”.

—Tú sí que eres un cerdo. ¡Mamonazo!

Empezó a darle bolsazos con increíble mala leche. Mario gritaba, tratando de parar los golpes:

—¡Loca!, ¡histérica!

—¡Que te jodan! —decía ella.

El culo de pato de Mario cayó al suelo. En cuanto pudo reaccionar, se levantó y se alejó corriendo como una niña cursi, sacudiéndose la ropa a manotazos.

Una vez más tranquila, Lucía suelta:

—No me digas que te has puesto celoso.

Juanjo tarda en reaccionar:

—Sentía envidia, no celos. A él le escuchabas.

—Siempre con tus complejos. Me cayó simpático al principio, nada más.

—Necesito alguien con quién hablar. Mi hermana no me entiende, y estoy harto de psicólogos y psiquiatras. Necesito un amigo.

—Y yo necesito un hombre. Y tu hija un padre. Eso también cuenta.

Una pareja de trotadores pasó por detrás de ellos. Lucía giró el cuerpo hacia él:

—Quiero que vuelvas —dice.

—No.

—Queremos que vuelvas.

—No.

Ella resopla.

—Venga, Juanjo. Échale un par de cojones y ayúdame a criar a nuestra hija de una vez. Mi madre está muy mayor, no puede ayudarme siempre.

Él intenta levantar la mirada.

—Hazlo al menos por la niña —dice Lucía—. Ella también es hija tuya y quiere que vuelvas.

—¿Qué?

—Que la niña, tu hija, quiere que vuelvas.

Lucía se levanta y se marcha sin que él diga nada. En ese momento, la química mental de Juanjo se descompone. No para de pensar “mi hija quiere que vuelva”. Se lo repite una y otra vez, para saborearlo, para creérselo. Hay esperanza mientras hay vida, pero para él la vida es una pesadilla que ni siquiera siente que le pertenece. Se nota pegajoso y extraño, soñando el sueño de otro.

Se arrebuja en el chándal y cruza las piernas. El banco está húmedo. A él le da igual. Y también estar mareado y con el campo visual reducido. Empieza a hacer frío, como en el barrio a primeras horas de la mañana, en esas calles que no les da el sol de plano más que dos horas al día. Él iba bostezando, mirando las muecas de sorpresa de las niñas uniformadas que corrían a recibir tórridas clases de Historia, de Latín, de Matemáticas. Allí se ha topado con el Charli, con su cara de bruto, sus gafas de sol.

—Con permiso.

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