Día de Permiso (XIII)

Un patilludo sonriente me miraba divertido, a dos metros del banco. Vestía de negro, con camisa desabrochada y camiseta interior, también negra.

—Fuego —dijo.

Le pasé mi mechero. Encendió el cigarrillo, pero no me devolvió el mechero. Se sentó a mi derecha y empezó a juguetear con él, lanzándolo al aire a cada tanto.

—Déjame que te cuente —dijo —cómo me he camelado a un pardillo hace un rato. Un turista de esos de cámara digital y sandalias con calcetines.

Se había cruzado a un alemán en el puente. Después de pedirle fuego como a mí, se ofreció a mostrarle por cincuenta eurotes de nada todo el gótico de la ciudad, incluido el oculto.

—¿Oculto? —dije.

—Sí —dijo él—, hay tesoros en la catedral que no se muestran al público. Pero yo conozco la manera de verlos. Te estás preguntando cómo, ¿a que sí? Igual que el alemán. Hay que ver lo curiosos que sois… Si dijera cómo, perdería mi empleo.

El tipo llevaba un índalo de oro colgando sobre la camiseta negra, a la altura del pecho.

—En esta ciudad —dijo— hay auténticos tesoros medievales que, por alguna razón, no se exhiben en los museos. Yo conozco la forma de que usted los vea. Eso le dije al alemán. Pero arriesgo mucho con ello, y eso cuesta, por ser usted quien es, cincuenta euros. Precio simbólico, si se considera el peligro. Y al mismo tiempo, asequible a cualquier bolsillo de turista. Si le interesa, bien; y si no, pues buenos días.

—Sí, interesa mucho —dijo el turista.

—Muy bien —dijo el tipo—. Pues andando.

Y echaron a andar hacia la catedral.

¿Por qué se marchó Lucía? Con las ganas que tenía de hablar con ella… En eso, pasaron unos niños por delante de nuestro banco. El niño parecía furioso. Le preguntó a la niña:

—¿Qué me has llamado?

Ella le desafiaba:

—Capullito de alhelí.

El tipo de las patillas me dio un codazo.

—No te distraigas, tú, que esto es importante. Total, que me llevo al alemán calle arriba. Esta mañana, al solecito se estaba bien, pero por la sombra hacía un fresquete que no veas. Él apenas hablaba.

El alemán era de Colonia. Bonita catedral, según el de las patillas.

—Nunca he estado allí —dijo—, pero son cosas que se aprenden en un par de años de universidad. La catedral de Colonia es inconfundible.

Se sacudió la ceniza del pantalón.

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