Día de Permiso (XIV)

—No me puedo creer —dije —que ese alemán te tomara por un experto en gótico, con esa pinta.

—Eh —dijo—, con ayuda de estas.

Sacó unas gafas de pasta y se las puso. Seguía pareciendo un patilludo sonriente, sólo que con gafas.

—Entonces, me dice el turista: “¿Cómo sabes tanto de gótico?”. Y le digo: “Porque estudié en la universidad”. Estos se van a pensar que aquí la gente no tenemos cultura, o algo así.

Cruzó las piernas mostrando sus mocasines con puntera de escoplo y seis centímetros de tacón, también negros, sobre calcetín blanco.

—Cuatro de los que iban conmigo a clase son ahora profesores en la facultad. Imagínate: les he soplado los exámenes, les he resuelto las dudas, les he pagado los cafés… Los he formado yo, ¡qué leches! Me lo deben todo, absolutamente todo. Ellos investigan, mantienen correspondencia con sabios de todo el mundo, están suscritos a las revistas científicas más prestigiosas, acuden a congresos… De vez en cuando charlamos. Ellos saben que yo era el mejor de la clase, y que estoy donde estoy porque no quise hacer la pelota. Ellos saben que sé más que ellos.

Iban llegando a la catedral cuando el alemán le preguntó:

—¿Tienes pruebas de lo que dices?

—Joder, qué pesado —dijo el patillas—. No, no tengo pruebas.  ¿Contento? ¿Tienes tú alguna, y no te ofendas, de que tu padre es tu padre? Pues yo tampoco tengo pruebas. No me importa, no me interesan las pruebas. Aquí, lo único que cuenta es que tienes, ante tus morros, la oportunidad de ver tesoros góticos que no se muestran al público. Y yo me estoy jugando el cuello por enseñártelos, a cambio de cincuenta euros de mierda. ¿Encima me vas a vacilar?

Mientras el tipo se explayaba reconocí, sentados en otro banco a unos veinte metros, un par de antiguos amigos míos, de esos que haces en el colegio y ya no los vuelves a ver. Uno era alto, flaco y cabezón; y el otro, rubio, con gran flequillo, también delgado y muy nervioso. El alto no recuerdo cómo se llamaba; y el menos alto… Da igual.

—Lo que queremos es que vuelvas —decía el alto.

—No —decía el otro.

—¿Por qué?

Los patos habían desaparecido. ¿Estarían durmiendo la siesta?  ¿Duermen los patos? No soy más que un paleto de tantos, un ignorante orgulloso. El alto de mis dos amigos insistía.

—¿Por qué, di?

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