Día de Permiso (XV)

El tipo de las patillas seguía dándome codazos.

—Tú, no te pierdas, que ahora viene lo mejor. Antes de llegar a la catedral, agarro así del brazo al alemán y le digo: “¿Sigues queriendo ver los tesoros?”. Y dice: “Sí, sí quiero”. Y le digo: “Recuerda que me arriesgo mucho”. Y aquel, venga a decir que sí, hasta que se cosca y saca la cartera. Debía llevar en ella todo lo que traía para las vacaciones. ¿Ves? Ha tenido suerte de tropezar conmigo, que no soy ambicioso, porque si llego a serlo lo hubiera pelado allí mismo, como a un pollo. En eso, saca un billete de cincuenta euros y me lo da. Una vieja que pasaba se nos ha quedado mirando.

El patillas hizo desaparecer el billete y reanudaron la marcha. Estaban ya casi en la puerta principal de la catedral. De estilo neoclásico, según él.

—A ver —le dice al alemán—: primero entro yo. Tú, calcula unos diez minutos y entras. A mano derecha verás un pasillo. Tómalo y llegarás a la capilla del Santo Cáliz. En el muro derecho de la capilla hay una puerta. Después, a un nivel más alto, un púlpito pequeño, y a continuación otra puerta. ¿Me sigues?

—Sí.

—Ahora bien, esta puerta es la que nos interesa. Conduce al púlpito, y al mismo tiempo a una escalera que va a dar a un sótano, justo debajo de la capilla. El sótano se utiliza como almacén del museo catedralicio. Allí están los tesoros. La capilla está vacía la mayor parte del tiempo. Sólo tienes que esperar el momento. Entonces, te levantas con toda naturalidad y te diriges a la puerta. ¿Lo captas?

—Sí, sí.

—Abres la puerta. Yo estaré dentro. A partir de aquí, pan comido, porque nunca hay nadie. Hay un pasadizo que lleva a la sacristía, que también estará desierta con toda seguridad, puesto que la misa de once acaba de empezar. Una vez allí hay que esperar el momento de la eucaristía. Entonces salimos, bordeamos el altar mayor y nos mezclaremos con la gente. ¿Te ha quedado claro?

—Sí.

—Ah, y una vez dentro recuerda que no me conoces de nada. No se tiene que notar que me conoces. ¿Entendido?

—Sí. Okey.

Y dicho esto, el patilludo se despidió del turista, entró en la catedral, la atravesó a toda leche y salió por la puerta de los Apóstoles, de estilo gótico según él, con los cincuenta pavos del turista.

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