Día de Permiso (XVI)

Ahora sonreía, jugueteando con la pulsera de cuero.

—Aquel primo… no sé lo que habrá hecho. Lo mismo está allí todavía, esperando.

—Y, ¿no te da vergüenza robar a un extranjero de esa forma?

—¡Venga ya! En absoluto. De algo hay que vivir, ¿no?

—Quiero decir… con tan poco arte.

—¿Arte? Mira, ni soy artista ni acabé la carrera de Historia.

—Ya me lo olía.

—Aunque las catedrales góticas tienen su punto.

Una mujer reñía con su hija, que no quería ir a casa y berrincheaba por todo lo alto. Me hice pequeño… esas cosas que uno no se explica. Y sentí ganas, si no de llorar, sí al menos de echar a correr, largarme, gritar. Qué frustración. Me hubiera gustado tener acceso a la composición química de mi cerebro para alterarla; para conseguir una dieta que me mantuviera siempre tranquilo y de buen humor. Necesito paz.

—¡Ja! —decía el patillas—. Que si me da vergüenza. Eres un cachondo tú. ¿Eh, manco? No me conoces…

Se me arrimó.

—Me estoy acordando —dijo —de una amiga extranjera que tengo, muy guapa ella, preciosa. Bueno, qué te voy a contar. La cuestión es que, sin querer, se quedó embarazada de un chulo y de un hortera, y los dos venían a ser la misma persona. Y como sentía vergüenza de ir sola al tocólogo, buscó alguien que la acompañara, y ese fui yo.

La enfermera, madura, huesuda, rubia de bote y seria hasta el rictus, tenía la piel tan blanca como la bata, como los zuecos agujereados o como la pasta de sus gafas. Les hizo pasar. En cuanto el patillas vio la cara de buey del médico, su escuadrón de pelos a mitad de calva, su ancha papada colgante, sus ojos de besugo al horno, su boca de pantano y sus manos salchicheras, empezó a recelar; a pensar que trataba con desdén a su amiga, por su calidad de extranjera, cosa que podía hacer él, pero no cualquiera. El caso es que se enojó, y mientras el médico escribía la receta se levantó, y empezó a lanzar por el aire los papeles que había sobre la mesa. La consulta entera llena de papeles. La receta, sin completar, revoloteó hasta posarse sobre el pecho de la enfermera-sargento, ahora convertida en enfermera-caniche al borde del pánico más traidor. El patillas atrapó la receta de un manotazo, la hizo una pelota y gritó al doctor:

—Abre la boca.

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