Día de Permiso (XVII)

Nadie sabía qué hacer.

—¡Abre la boca, buey!

Y en esto, una niña cayó al estanque, la misma que un rato antes no quería ir a casa. La niña se llamaba Adela. Lo sé porque escuché su nombre gritado un segundo antes del chapuzón. Su madre y sus amiguitas reían con ganas. “Suerte que ahora no hay patos”, pensé. ¿Qué hubieran hecho, asustarse?, ¿picotear a la niña?, ¿graznar atolondrados?, ¿volar en círculo? ¿Graznan los patos? Soy un paleto. Adela gritaba desde el estanque con los pies en remojo:

—¡Pécora la que se ría!

Y las dejó mudas a todas. El tipo de las patillas estaba casi encima de mí:

—Te voy a contar la última, manco. La de despedida.

En eso noté la punta de su navaja en mi costado derecho, el vulnerable. Me acordé del Charli.

—La cuestión —decía el patillas— es que, después de la historia del alemán, cojo y entro en un estanco, ¿vale? Estaban el dueño y un cliente, un abuelo. Se me quedan mirando y el dueño le dice al otro, con guasa: “Usted ya sabe a lo que me refiero”. Y le digo: “Pues yo no sé a qué se refiere, pero me pongo violento”. Es que me cabrea que se anden con secretitos delante de mí. Y el del estanco, no veas… Hace un gesto como de haberse hecho encima… Igual que el médico cara de buey. El viejo ni se movía. Era una escena… que me he tenido que partir el pecho de risa. Parecía una película de vaqueros, de esas malas con avaricia, sólo que sin pistolas, ni sombreros de vaquero, ni nada. Mi voz los ha acojonado. Entonces, he pensado: “Tengo que aprender a utilizar este poder”. Total, que me acerco al mostrador, señalo detrás del dueño, se gira, me da un paquete de mentolado, lo agarro y digo: “Hasta otra, guasones”. Y me marcho. Y ahora te toca a ti.

—¿A mí? ¿Quieres que te cuente una historia?

—Déjate de historias y cotiza, o te rajo. Y no preguntes si me da vergüenza atracar a un manco.

Le di todo lo que llevaba encima, una colección de monedas que sumaba como cinco euros. Se levantó. Antes de irse me preguntó:

—¿Cuál es tu apellido?

—Ridruejo —contesté.

Dio media vuelta y se alejó. Pensé que había tenido suerte, después de todo, y al rato me empecé a sentir un poco mejor. De nuevo escuché al pelma del menos alto de mis dos amigos:

—Di por qué, al menos.

El otro habló para que le dejase en paz:

—Volveré, pero déjame solo.

El pelma hizo caso y se marchó. Y poco después lo hizo el alto cabezón.

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