Día de Permiso (XVIII)

Aunque le duraba el susto, Juanjo no parecía alterado. Ni con capacidad para alterarse. Recordaba la cara del Charli, esa mirada, esa expresión, y después la huida por las calles, forzando los músculos, tropezando, con miedo a mirar atrás. Lucía le sorprendió por segunda vez. Él no la miraba, pero la sentía. Deseaba como nunca abrazarla. Ella le entregó una napolitana de chocolate y se sentó a su lado, en silencio. Los patos atravesaron el estanque en fila india. “¿Cómo se lo cuento?”, pensaba Juanjo, “¿empiezo por lo de hace un rato o voy directamente a lo de esta mañana? ¿Se lo suelto a bocajarro o la preparo un poco primero?”.

—Quiero volver —dijo Lucía.

—No empieces.

—Buenas tardes —dijo una voz.

Parecía la de otro pelma. Juanjo alzó la vista resignado, pero lo que vio fue un jardinero enjuto, con las gafas sucias y una mascarilla que retiraba para mostrar sus dientes amarillos.

—Buenas tardes —repitió—. Es que vamos a echar aquí sulfato y merece la pena que no estén. ¿Les importaría cambiarse?

Señaló un banco al otro lado del estanque.

—¿Sulfato? —dijo Juanjo—. ¿A estas horas?

—No, aquí —dijo el hombre.

Señalaba unas plantas justo detrás de ellos.

—Cómo no —dijo Lucía.

Se levantan. Él necesita contárselo. Después de hacerlo se sentirá mejor. En cuanto se acomoden en el nuevo banco le contará a Lucía lo que le ha sucedido por la mañana, entre las nueve y las once.

—Intenté contártelo antes —dice—, pero vino ese pelma que paseaba las cervezas.

—No me lo recuerdes.

—Se trata del Charli. Creo que nunca te hablé de él.

—No me suena.

—Hicimos la mili juntos. Él acabó de escolta del general Pozuelo. Conocía su oficio. Sabía disparar.

La puntería se lleva en los genes. No es que puedas coger a cualquiera y hacer de él un tirador de primera. No, hay que ser de cierta clase de personas. El Charli era de esos. Le vendaban los ojos y seguía haciendo blanco. Como si el fusil formara parte de él. Ni el general ni nadie allí recordaba un caso igual.

—Oigan —dice otra voz.

Se giran a la vez y ven un hombre de nariz y boca estrechas.

—Vengo a ofrecerles un…

—Lo siento —dice Juanjo.

—Pero si aún no le he explicado nada.

Juanjo agarra un puñado de tierra y se lo lanza al vendedor.

—¡Largo de aquí!

Aquel se aleja mirándole con asco.

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