Día de Permiso (XIX)

—¿Y tú —pregunta Lucía—, tenías tanta puntería como el Charli?

—Qué va, él era un fenómeno. Yo me las arreglaba como podía.

Poco después de terminar la mili, supe que el Charli se había ido a Angola, de mercenario. Lo supe por Froilán, un pirado del barrio que había estado en la Legión, que se pasaba el día con los ojos medio cerrados, liando canutos que siempre se acababa fumando él solo, entre risas de sus propios chistes. Llevaba una barba rala que se trajo de Melilla, junto con la cicatriz del cuello por una pelea. Metieron su cabeza en una taquilla y casi se la cortan. Froilán conoció al Charli en Angola. Los dos se fueron allá buscando lo mismo, lo que no podían hacer aquí. Buscaban acción como locos. Froilán me lo contó una vez que vino de permiso. Después se marchó otra vez. No pudo disfrutar su última paga.

El Charli, después de lo de Angola, volvió a su pueblo, en Albacete, dispuesto a ganarse la vida en un empleo menos peligroso. Pensarás que se lo rifaban en las empresas de seguridad privada, pero tanto porro le había empeorado la conducta y la puntería. Su padre no lo quería ni ver; sus amigos le evitaban; aquellos que podían darle trabajo no se fiaban de él. El caso es que se hartó del pueblo y vino a instalarse aquí, precisamente, al barrio. No sé qué le contaría Froilán del barrio… Al poco tiempo ya le habían hecho la ficha, y la gente empezó a evitarle, como en su pueblo. Se vio envuelto en un par de follones de bar. Estas cosas dan lástima, porque cuando lo conocí era buena persona. Me lo encontraba de vez en cuando, antes de ingresar en la casa de los locos, claro. Se pasaba los días rascando la pelota de hachís. Debía dinero a medio barrio. Luego se fue a vivir a casa de una prostituta que le mantenía…

Me he encontrado al Charli esta mañana, una mañana soleada, la primera de mi sobrina recién nacida. Después de llamarte he ido al centro. He desayunado en un bar, con algo de dinero que me ha dado mi hermana, y al salir me he puesto a caminar sin rumbo fijo. He llegado hasta el barrio, he cruzado la plaza y me lo he encontrado de sopetón, con la cabeza rapada, la perilla, su complexión atlética, su tatuaje en el cuello y sus gafas de sol.

—Se las he comprado a un africano que vive en mi escalera —me ha dicho.

Luego ha señalado las casas de la plaza, viejas y sucias.

—Cercados por la miseria —decía—. Menudo lugar para vivir.

Yo estaba incómodo, pero sentía lástima y me he empeñado en que tomáramos un café juntos. Él ha aceptado y hemos echado a andar, buscando un bar. Me he conformado con hacer de pañuelo para sus lágrimas. Es que no se me ocurría otra cosa, no sabía cómo convencerle para que se animase un poco. No sabía qué decirle. Incluso me ha besado el muñón.

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