Día de Permiso (y XX)

Entramos en el bar.

—Voy al váter —dice el Charli.

—¿Qué te pido?

—Una cerveza.

Lo piensa un instante.

—O mejor nada —dice—, porque total…

Juanjo fuerza una sonrisa y le da una palmada en la espalda con su único brazo. Mientras espera su café y la cerveza del Charli se entretiene observando al jubilado que introduce monedas en la máquina de premio. No le va nada mal. Tintinean las monedas en la bandeja de premios, alegrando la mañana del jubilado, la primera mañana de su sobrina, la primera en libertad para Juanjo, después de tanto tiempo. El camarero sirve el café y la cerveza. El jaleo del bar es aturdidor. Un hombre de traje gris y aspecto de comercial, que salía de los lavabos con expresión desencajada, vomita en medio del bar. Juanjo se dirige a los lavabos. Empieza a montarse escándalo. El hombre que ha vomitado está blanco y no puede hablar. Sólo señala los lavabos, a su espalda. Juanjo entra en el aseo de caballeros. Es un cuarto muy pequeño, donde apenas hay sitio para un váter y un lavabo. El Charli está sentado en el suelo, encajado entre la pared y el váter con la tapa levantada, manchado de sangre, en una postura ridícula con las piernas dobladas, las rodillas tocándose, las manos sobre la herida del vientre. Con las pocas fuerzas que le quedan balbucea una explicación, como si fuera necesaria:

—Tío…, me he… matado.

Los curiosos del bar entran en el aseo.

—No… matado.

Es de noche en el parque. Lucía no está. Hay dos mirando a Juanjo desde atrás, y él sabe que son de la Policía. No hace falta ser muy listo, no han apagado el walky-talky. Quizá les avisó el último vendedor, ofendido por la rabieta de Juanjo. Les iría con el cuento de un loco con un solo brazo que le atacó con violencia. O Lucía, que siempre se ha preocupado por él. Sin girarse puede verlos allí de pie, mirándole en silencio. Desea que se sienten a su lado, pero nadie más lo sabe.

—Es hora de volver —dice uno de voz ronca.

—Ni hablar —dice él.

Y al momento ríe sin ganas. Ellos también ríen, por seguirle la corriente, por compasión o por ambas cosas, pero ríen, y eso a Juanjo le ha gustado. Le espera una reprimenda al llegar al psiquiátrico, pero aún es tiempo de reír. Todavía le queda un instante para estar tranquilo y a gusto antes de que le riñan y le humillen; antes de que le restrieguen que estaban muy preocupados por él; antes de que le expliquen que es muy tarde para cenar, porque el comedor ya cerró; antes de que le vuelvan a explicar que ha firmado un alta voluntaria y no puede saltarse la ley a la torera; que la ley tiene como misión protegerle a él y, en su caso, proteger a los demás de él; antes de que le comuniquen que se le impondrá una sanción, antes de todo eso, aún queda un momento de paz. Se levanta, con dificultad, y les acompaña parque abajo.

 

FIN  de “Día de Permiso”

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