Un asunto de bragas (I)

Caminaba a toda prisa y ella me seguía a duras penas. Llevábamos tres hoteles y no había forma de conseguir habitación. Todos llenos. La feria del mueble es todo un acontecimiento en esta ciudad, y por lo visto ningún comercial del país quería perdérselo. Los recepcionistas se reían: este infeliz acaba de ligar, lleva un calentón de miedo y no va encontrar habitación. Podía leerlo en sus miradas. Parecían disfrutar. Seguramente pensaban que yo estaba idiota por no pedirle a algún colega las llaves de su piso, o intentarlo en el mío, o en el de ella, o en el coche.

Estas alternativas ya se me habían ocurrido, pero tenían menos posibilidades que encontrar habitación.

—Tranquila, tú —decía yo—, en esta ciudad se han construido montones de hoteles en los últimos años. No te preocupes.

—No me preocupo, pero me duelen las piernas.

Ella conservaba el buen humor. Aún no me explico cómo no se había cansado de patear aceras con un desconocido chiflado en busca de un hotel. Por eso tenía que aprovechar el momento. Si no encontraba una habitación y una botella de algo en media hora, todo desaparecería. Pero no podía arriesgarme a que desapareciera. No solían sucederme cosas así. Arrastraba una sequía sexual de las que se ponen como ejemplo. Y seguía sin entender cómo la tipa más sexy de toda la discoteca había ido a fijarse en mí, que llevaba toda la noche coleccionando fracasos. Agarré su mano bien fuerte y entramos en aquel hotel de las afueras.

El hall estaba vacío. Eran las seis de la madrugada. Me adelanté y enfilé solo hacia el mostrador de recepción, hacia la chaqueta inmaculada de aquel tipo que no parecía sorprendido por mi prisa.

—Te doy cincuenta euros si me consigues una habitación —dije.

El tipo cogió el billete sin inmutarse y después me dio una llave. Acababa de ganarse cincuenta pavos por nada, porque en aquel hotel sí quedaban habitaciones. En eso llegó mi rezagada acompañante y desde entonces el tipo sólo tuvo ojos para ella. Minutos después, subíamos en el ascensor. Yo ya me había tranquilizado. Por fin una habitación. La maldita feria del mueble había estado a punto de arruinarme la noche. Volvieron las ganas de reír y de toquetearse.

Llegamos al segundo piso. Íbamos sudados, después de toda la noche bailando y la caminata en busca de hotel. Ella iba salidísima, según reconoció. No paraba de reconocerlo.

—Date prisa —decía—, llevo un calentón de la muerte.

Me bajé los pantalones como respuesta y de un tirón me los volví a subir. Menos mal que ella se entretuvo en desabrocharse el vestido y no me vio. Yo llevaba puestas unas bragas de mi hermana que le había chorado años atrás, un día que me quedé sin calzoncillos limpios. Y desde entonces las guardaba para las emergencias. Aquello era una emergencia, pero de otro tipo, y las bragas estorbaban. No quería causarle mala impresión.

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