Un asunto de bragas (II)

—Espera —dije—, sería mejor si…

—No puedo esperar.

—Tengo la boca seca. ¿Tú no? Una botella de champán hará las cosas más fluidas.

—Después.

—No, no, antes. Tiene que ser antes, confía en mí.

—Confío en ti, pero no puedo esperar.

—No esperarás. Lo que me cueste bajar y subir con la botella.

—Llama al servicio de habitaciones y vamos haciendo camino.

—Es buena idea, pero no me fío del champán de los hoteles. Además, lo cobran carísimo. Prefiero bajar al bar de la esquina.

—Está todo cerrado, ya lo has visto.

—No, ese bar de la esquina tiene que estar abriendo en este momento. Hay gente que va a trabajar y necesita tomarse un café con leche.

Yo no pretendía que me vendieran champán en ese bar, ni que estuviera abierto. Tan sólo necesitaba salir de allí y hacer desaparecer las bragas. Lo hubiera hecho en el cuarto de baño de la habitación si la puerta hubiera cerrado por dentro. Ella se quedó sobre la cama a medio convencer. Cinco minutos serían suficientes. ¿Dónde iba a cambiarme?, ¿en las escaleras, ¿en el ascensor? No, mejor en los aseos de la planta baja. Llegué a recepción para preguntar por los aseos. Allí estaba, frente a aquel tipo que aún no había cambiado de cara, adivinando la respuesta que me iba a dar: “¿los aseos, señor?, ¿es que no funciona el de su habitación?”.

—¿A qué hora pasa el setenta? —pregunté.

—El setenta no pasa por aquí.

—¿En serio? Debo haberme confundido de hotel.

Me fui corriendo a las escaleras. Era el sitio más seguro, nadie utiliza las escaleras de un hotel. Subí hasta el rellano que separaba el primer piso del segundo y me quité los zapatos, me bajé los pantalones y escuché unos pasos que se acercaban un escalón tras otro.

Eché a correr escaleras arriba, tropecé al llegar a la segunda planta y rodé por el suelo enmoquetado. Solté un juramento. Ella salió de la habitación al oírlo. Iba en ropa interior y me estaba gustando cada vez más.

—¿Qué te ha pasado? —dijo.

Yo me terminé de subir los pantalones y comprobé que llevaba un roto importante debajo de la bragueta.

—Nada —dije―. El bar de la esquina está cerrado, así que he decidido hacerte caso y pasar del champán. Venía corriendo para no hacerte esperar. ¿Sigues caliente?

—Claro. Aunque un poco menos. El camarero que subió el champán tenía una pinta formidable, un uniforme tan nuevo, tan limpio, tan planchado, tan apestando a suavizante, que no me he podido contener y hemos echado uno rápido en el baño.

—¿Qué champán? Pero si yo no he pedido nada.

—Ya, pero yo sí. Sabía que el bar estaría cerrado. Bueno, olvidemos eso. Ahora empieza nuestra sesión privada.

Me dirigió una mirada felina que fue bajando hasta posarse en el roto del pantalón.

—A ver de qué color llevas los calzoncillos —dijo.

—Aquí no, hay alguien subiendo las escaleras.

Ella miró por encima de mi hombro.

—No veo a nadie —dijo.

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