Un asunto de bragas (y III)

—Así te vas a enfriar. Dame la llave y métete en la cama. Y no se te ocurra abrir a nadie, diga lo que diga.

—¿Adónde vas ahora?

—A por condones.

—Yo llevo.

—Pero seguro que llevas de los normales. Necesito que sean de los colores de mi equipo.

—Interesante.

—Haz lo que te he dicho, por favor, sólo tardaré cinco minutos. Te lo prometo.

Volví a bajar en el ascensor. Me las arreglé para dar la espalda al tipo de recepción y salí del hotel. Crucé la rotonda, llegué hasta una gasolinera, entré en la tienda, que servía también como bar. Detrás del mostrador estaba la única chica a la que le podía sentar bien aquel uniforme. Se quedó mirando mi agujero en el pantalón.

—¿Los aseos? —pregunté.

—Al salir, a mano derecha.

Sonrió. Otra mirada felina. Llevaba dos en un rato. Cuando me dirigía a la puerta vi mi salvación al lado de las revistas. Paquetes con calzoncillos nuevos, de diversas tallas y colores. Me acerqué, cogí un paquete al azar y volví al mostrador. La chica seguía sonriendo. Le pagué. Podía notar su mirada en mi espalda según salía de la tienda. Me cambié en los lavabos, me lavé la cara, me mojé el pelo y abandoné la gasolinera.

Esta vez el recepcionista del hotel no estaba. Mejor, se hubiera puesto a mirar el azul claro de mis calzoncillos a través del roto. Subí en el ascensor hasta la segunda planta y entré en la habitación.

—Ahora sí, nena —dije.

—Por fin.

—¿Estás caliente?

—Algo menos. Es que vino…

—¿Qué?, ¿otra vez ese camarero?

—No, fue otro. Dijo que la botella de champán no era para esta habitación.

—El colmo. ¿Uno rápido en el baño, no?

—Bueno, algo más largo.

—Y encima se ha llevado el champán.

—Le convencí para que lo dejara.

—Menos mal.

Me senté en la cama, a su lado, a quitarme los zapatos.

—Que no te sepa mal —dijo—, pero…

—Pero ¿qué?

—Que ya no tengo ganas.

—Mierda.

—De veras que lo siento, pero este último ha sido la bomba. Figúrate, el camarero no llevaba calzoncillos, sino bragas. ¡Bragas! ¿Te das cuenta? Le quedaban la mar de sexy. Me encantan los hombres con bragas.

Pensé en las de mi hermana, descansando en la papelera del aseo de caballeros de la gasolinera.

—Tengo que irme —dijo ella.

—Cómo no.

—Si paso por esta ciudad te llamaré. Espero que ese día seas más rápido.

Nos despedimos con un beso en los labios. Pagué la habitación y salí a la calle. El roto seguía allí abajo. Ahora todos los que iban camino del trabajo podían verlo. No iba a ser fácil conseguir taxi. Pero ¡qué narices!, todavía no estaba todo perdido. Crucé de nuevo la rotonda y entré en la tienda de la gasolinera. Si aquella otra mirada significaba algo, yo no podía ser el último en enterarme. Avancé hasta el mostrador. Había unas cuantas personas agarradas a su taza de café mañanera.

La chica salió de la trastienda y vino hacia mí con una sonrisa mejor que la de antes. Yo también sonreí, dicen que es contagioso.

—Hola, feo —dijo.

El tipo que estaba detrás de mí se acercó al mostrador y le dio un beso de esos que duran y duran. Después, ella se puso seria y me miró.

—Un cortado —dije—, por favor.

Le pagué. Me lo bebí mientras ellos se besuqueaban cada dos por tres a mi lado. Salí de la gasolinera. Un día más. Todo el mundo corría como si fuera el último. Necesitaba un taxi.

Anuncios

One thought on “Un asunto de bragas (y III)

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s