El que pincha (III)

Mamá seguía en el hospital y la cosa no pintaba nada bien. Aparqué en un descampado que había a dos manzanas, desde donde podía ver la ventana de su habitación. Siempre había algún que otro gorrilla esperando juntar en propinas lo justo para irse corriendo a pillar caballo. Ese día no estaban. Por la noche, el descampado servía de picadero a los travestis de la zona. Una vez en el recinto del hospital, rodeé el edificio de Maternidad, dejé atrás un extenso cementerio de cabras y enfilé las escaleras del pabellón C. Mi novia acababa de largarse del piso que compartíamos. Todo me recordaba a ella, hasta el marco del cartel de prohibido fumar, junto al ascensor. Ella solía llevar anillos de madera cuadrados, brillantes, a tope de barniz. Me harté de esperar el ascensor y tomé las escaleras. Eran once plantas. Mientras subía aquellos peldaños no podía ni imaginar lo que me iba a cansar de verlos. No sólo los peldaños, también los ascensores, los platillos en la puerta de las habitaciones, la gente que los golpeaba chillando, los parientes que llegaban de visita con panderos y cascabeles por Navidad, con pitos y sirenas los días de fútbol, los perros orinando en los pasillos, aquel intenso olor a rancio…

Al día siguiente volví al hotel Emperador con el traje azul marino de las bodas y una corbata demasiado discreta, una que me prestó mi padre. Al llegar al hall salió Quico a saludarme.

—¿Que tal —dijo—, todo bien? La reunión será en la cafetería. Me alegro de que sea puntual. Y no lleva agujeros en la ropa.

—Tampoco los llevaba ayer.

—Yo siempre digo que “en tanto que…”. No, que “en tanto en cuanto…”. Bueno, da igual.

Bajó el tono de voz.

—Recuerde —dijo —que el calcetín ha de ser siempre de color más oscuro que el traje, y el traje más oscuro que la camisa.

Me guiñó un ojo. Le seguí hasta la cafetería del hotel pensando en comprar camisas de colores claros. Nos sentamos en una mesa.

—¿Dónde están los demás comerciales? —pregunté.

—No hay más comerciales.

—¿No?

—Pues no, ¿para qué? Y si no te importa vamos a tutearnos de una puta vez.

—Por mí…

—Deja que te explique mi plan. Si de todos los aspirantes que examiné ayer me he quedado con uno, y ese uno eres tú, es porque te adaptas como un guante al perfil que busco. Yo tampoco terminé la carrera, pero tengo un proyecto y quiero que te asocies conmigo.

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