El que pincha (V)

—Espera un poco. No me has dicho en qué va a consistir el negocio.

—Publicidad.

—¿Qué hacemos si sale mal?

—Nos vamos al garete, pero como ya tenemos un pie allí… Si saliera mal, cosa que no va a ocurrir, será porque no hemos hecho todo lo posible para que saliera bien. O sea que centrémonos en eso. Haz el brindis.

—Desde luego. Brindo por esta locura.

Bebimos.

—Trato de no perder el tiempo en preocupaciones inútiles —decía—. Y creo que deberías hacer lo mismo, porque así no conseguirás nada bueno. Unas veces se gana y otras se pierde, pero preocuparte no te ayudará en ningún caso.

Solté una carcajada.

—Si mi padre supiera dónde me estoy metiendo…

—Los padres y la creatividad no se llevan bien.

—Con lo poco que se ha arriesgado en su vida… Él prefiere eso que llama “tener la fiesta en paz”. Dice que lo mejor es coger lo que te dan y marcharte.

—Así siempre tendrá unos cuantos euros, pero nada más. A veces hay que arriesgar. ¿Más champán?

Aún notaba los efectos del champán al final de la tarde, mientras atravesaba el hall del hospital, en medio del griterío de los parientes, las risas de unos, los llantos de otros, el canario enjaulado de una mujer… Pasé junto a esa jardinera donde había un cementerio de hormigas: montones de cruces hechas con palillos, cada una con lo que parecía el nombre de su aquí yacente criatura, en letra diminuta, ilegible para mí. Al salir del ascensor, en la décima planta, tropecé con la camilla de un entubado, cuyos brazos desnudos iban perforados por más tubos, colgando de un par de goteros.

—¿Este hombre no es el de la 1114? —pregunté a la enfermera.

El cortejo no se detuvo.

—Lo llevamos abajo —escuché.

Mi tarea, las noches que pasé en el hospital, consistía en colocarle a mi madre un termómetro, en el sobaco derecho, cada dos horas, y cronometrar cuatro minutos. Pasado ese tiempo se lo retiraba, lo miraba a la escasa luz de la lamparilla, anotaba el resultado en una pequeña libreta de gusanillo, me servía un café del termo que traía de casa y me volvía a sentar en la silla. De la pared colgaba un recipiente de plástico en el que había oxígeno líquido burbujeando sin parar. Y luego estaban esos goteros, marcando el ritmo a una velocidad perfecta para la hipnosis. Había varios tubos conectados a los goteros y a la máquina de diálisis que se hundían en el costado izquierdo de mi madre.

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