El que pincha (VI)

A los pocos días estaba en el lío de montar la agencia de publicidad con Quico, que ahora era mi socio y también el ganador de un concurso provinciano de cortometrajes. Nos gastamos un dinero en papeleo y trámites para darnos de alta como empresa. Decidimos domiciliarla, provisionalmente, en mi piso. Cuando entregamos los papeles, a Quico le hizo mucha gracia descubrir que me sacaba diez años, no sé por qué. Algo después consiguió un cliente, unos que fabricaban recambios de coche, y les hicimos el guión de un spot. Bueno, lo hizo Quico y lo firmamos los dos. Una semana después, nos dejamos caer por su oficina para hacerles una presentación. La oficina estaba en un anexo de la fábrica y había que entrar por una escalera metálica exterior de color azul, de esas que van pegadas a la pared. No nos recibieron muy bien, pero nosotros íbamos a lo nuestro. El consejo de administración en pleno estaba sentado alrededor de una mesa ovalada que parecía muy cara, mientras Quico, una vez conectado el ordenador portátil al proyector, trataba de abrir el fichero que contenía la presentación del spot, pero no había manera. Quince minutos después abandonó. Lo dejó por imposible y empezó a contarles el anuncio de viva voz, exagerando los gestos.

—Es más o menos así —decía—: abrimos plano; aparece un tipo vestido como mafioso en su despacho particular; tiene ante sí a uno de sus secuaces, al cual dice: “Vincenzo, tráeme los libros”. El secuaz se marcha y regresa con varios librillos de papel de fumar en una bandeja, de los cuales el prota elige uno tras sopesar varios. Acto seguido, procede a liarse un cigarrillo mientras suena una voz en off que dice: “Al buen fumador… le cuesta. Recambios Cuesta, a la primera ocasión”.

El director del consejo de administración se quedó un minuto entero en silencio, pensativo, mirando la mesa que tenía delante, mientras los otros cuchicheaban entre sí. Después dijo:

—Lo del mafioso está un poco visto, pero serviría… si tuviéramos que anunciar papel de fumar.

Aquí, un consejero soltó una risita de esas que acaban en tos profunda.

—Pero aquí fabricamos recambios de automóvil, ¿recuerda?

—Podemos —dijo Quico —cambiar el nombre de la marca. Reconozca que Cuesta no es un nombre muy comercial. A nadie le gusta algo que “cuesta”, ya me entiende.

El director le miró a los ojos.

—Cuesta —dijo—, no sólo ha sido el apellido de mi familia durante siglos, sino que es una marca consolidada en el mercado desde mil novecientos setenta y ocho. ¿Quién se cree que es para despreciar mi apellido y cambiar, de golpe y porrazo, el nombre de la marca?

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