El que pincha (IX)

—Como locura no está mal —dije—. Pero, ¿por qué con un niño?

—Porque un niño es como un espejo en el que puedes verte en el pasado. Si es niña da igual, te ves en el pasado y además en femenino. Y al mismo tiempo, puedes verte en el presente, ya que aprende de ti cosas a diario, expresiones y usos actuales. Un niño es un mosaico dadá.

—¿Tienes hijos?

—No.

—Quico, todo eso está muy bien, pero creo que deberíamos implicarnos más en nuestra empresa. O sea, trabajar.

—Ahora te gusta trabajar.

—Necesito pasta.

—Qué vulgar. Aunque, como dijo Andy Warhol, hacerse rico es lo más artístico hoy en día. Warhol siempre se me hizo un poco vulgar… En fin, haremos un trato: yo consigo clientes y tú me ayudas con la acción creativa. Tenemos que hacerlo.

—Pero, ¿para qué?

—Por la poesía. Por el arte. Para enseñar al mundo a reírse de sí mismo, en lugar de verlo todo negro.

—Pero si no tienes niños.

—Conseguiré uno. El sábado, a las cinco, en el pedrusco que hay junto a la biblioteca. Y sin agujeros en la ropa.

Seguíamos consiguiendo clientes. Bueno, Quico conseguía clientes. Llovían llamadas de teléfono. La noche del dieciocho de marzo mi madre entró en coma. No hablaba, no veía, no sabíamos si comprendía lo que le decíamos. Todo lo que hacía era dar manotazos y patadas. Se llevaba las manos a la cabeza todo el rato, la apretaba. Algo allí dentro le molestaba de forma terrible, provocándole convulsiones. Esto era el resultado de la primera sesión de quimioterapia. Normal, mi madre estaba muy débil y el tratamiento era duro. Yo había visto enfermos hechos y derechos reducidos al puro esqueleto. Pasó dos días convulsionándose, pero sobrevivió al tratamiento. Volvió a hablar, volvió a ver, pero no a reír.

Un par de noches después, a las seis y cuarto de la madrugada, yo estaba agotado, harto de café y deseando que llegase mi padre para irme a dormir de una vez. Pero mi padre no llegaba. Pasó un buen rato hasta que pude subir al coche y enfilar hacia casa. Conduje deprisa, loco por pillar la cama. Disc-jockeys incompetentes conseguían trabajo. De esos que acaban haciendo polvo el ritmo de la sesión, corte tras corte. Ya ni salía por las noches. Las pasaba en el hospital. Los fines de semana, cuando volvía a casa me cruzaba con grupos de juerguistas doblados rematando la noche, que me saludaban creyéndome tan borracho como ellos. Al torcer la esquina vi un bulto negro parado en mitad de la calzada y lo embestí sin remedio. Pisé el freno con todas mis fuerzas y conseguí detener el coche unos metros más adelante. Bajé y fui corriendo hasta el lugar del impacto. Había una monja despanzurrada en medio de la calle, con los ojos cerrados, el hábito negro sucio de polvo. Empezó a formarse un corrillo de madrugadores. Los miré y dije:

—Lo siento.

—Eh —dijo un tipo—, que aquí ninguno somos familiares de esta señora. Ni hemos visto nada, así que… Ahórrate el esfuerzo y lárgate.

—Pero, ha sido sin querer.

—Da igual —dijo un viejo—. Váyase o le meterán en la cárcel.

—Eso, márchese —dijo una señora.

La monja no se movía. Era todo pellejo envuelto en tela negra.

—¿Quiere que le metan entre rejas y le violen todos esos criminales? —dijo el viejo.

—No —dije—, pero…

—Pues márchese.

Empezaron a empujarme. Me metí en el coche y me fui a dormir.

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