El que pincha (X)

Había llovido cuando me desperté. A las cinco de la tarde y dos minutos llegaba al monolito que hay antes de entrar a la biblioteca. Allí estaba Quico, todo él una sonrisa, pero parecía que no había conseguido el bebé.

—Así me gusta —dijo—: puntual y sin agujeros en la ropa.

—Y dale con eso.

—Antes de empezar necesito agua.

—Yo estoy en ayunas.

Sacó un vasito de plástico, como los de la máquina de café del hospital, se acercó al charco que había en la acera y lo llenó. Unas viejas que pasaban se le quedaron mirando, pero él ni caso. Se giró hacia mí, se puso firmes y se echó el agua sobre la cabeza. Luego, con el pelo empapado, además del cuello del Fred Perry, volvió a llenar el vaso y vino con él hasta mí, como si fuera un tesoro. No me dio tiempo a reaccionar. Se lo bebió de un trago.

—Y ahora —dijo—, vamos a recoger el bebé de mi amiga Sara.

Su amiga Sara tenía que estar loca para prestar su bebé de esa manera. A la ida, me tocó a mí llevar el carrito y a Quico el bebé, siempre de espaldas, mirando lo justo por encima del hombro.

Cuando habíamos andado un par de manzanas empezamos a oír un repiqueteo de bombo y timbales, y algún golpe de platillo de cuando en cuando, que venía de una torre de ladrillo rojo. Empezó con un ritmo simple, pero constante. Después empezó a complicarse, subiendo de intensidad, luego dobló la velocidad, convirtiéndose en un aparatoso solo de batería.

—Estos del Corpus… —dijo Quico—. Mira que tocan bien.

—¿Corpus? Para el Corpus faltan casi tres meses.

—No, hombre. Ese monje que toca la batería pertenece a la congregación Corpus Et Anima. No me digas que no es bueno.

Tuve que darle la razón. Aquel tipo convertía sus dos bombos en una ametralladora. Aquella tarde, después de que lleváramos al pobre crío con su madre, Quico descubrió que yo tenía el carnet de camión.

—Eh, eso es fantástico —dijo.

—No sé qué tiene de fantástico, me lo saqué en la mili.

—Vamos a traer Mercedes de Alemania y a venderlos aquí.

—Un momento, ¿no somos una agencia de publicidad?

—Eso es la tapadera, paleto.

Empezamos a viajar a Alemania en un camión alquilado, venga kilómetros y kilómetros. Quico, el muy jeta, venga a dormir y dormir, ya que tenía que conducir yo por narices, que para eso tenía el carnet. Al principio fue entretenido; después, me empecé a sentir extraño con respecto a Quico. Yo pensaba que nos íbamos a dedicar a lanzar campañas publicitarias la mar de creativas y dos meses después estábamos en la cabina de un camión, atravesando Francia de noche, lloviendo y con un hambre de morirse.

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