El que pincha (XI)

Por culpa del viaje, del que acabé harto, dejé de ir al hospital, y esto cayó como una bomba en mi familia. Al volver, creyendo que lo habrían olvidado, me topé con que todo seguía igual de mal y todos igual de cabreados conmigo, o sea, muchísimo. Una tarde llegué por sorpresa, a eso de las siete, y encontré la 1114 ocupada por dos nuevas pacientes. “Dos camas”, pensaba yo, “dos pacientes nuevas. ¿Dónde está mi madre?”. A mi espalda, una enfermera me leyó el pensamiento:

—La han bajado esta mañana —dijo.

A lo mejor también leía el tarot.

—¿Qué significa “la han bajado”? —le pregunté.

—Abajo.

—Sí, ya. Pero ¿a dónde?

—A los velatorios. Los bajamos allí cuando son casos terminales.

Los velatorios estaban en el sótano. La pequeña sala donde habían colocado a mi madre estaba casi a oscuras. Apenas podía distinguir las caras de aquella gente gracias a unos cirios colocados alredor del ataúd, todo parientes del pueblo que no parecían conocerme. La tapa del ataúd estaba levantada y la cara de mi madre se veía muy blanca, como el papel de fumar del mafioso del anuncio. Me acerqué a su lado.

—¿Qué tal? —dije.

—Mucho mejor.

—Me alegro.

Cogí una silla.

—Estoy trabajando —dije—. No es pinchando discos, es… Bueno, ya te lo contaré en detalle. Publicidad, importación… Ya sabes, grandes negocios de esos que ni tú ni el papá os atrevisteis nunca a emprender.

—Pep sui tuutus est.

—¿Puedes repetirlo?

—No creo. Márchate antes de que aparezca tu padre.

—De acuerdo. Cuídate mucho.

A pesar del mal recuerdo que me dejó el viaje a Alemania no fue el único que hicimos. Siguieron muchos más, venga a traer Mercedes a través de las autopistas francesas. No hacíamos otra cosa. Nos pasábamos la vida en la carretera. Nunca íbamos a fiestas, ni a discotecas, ni al bingo. Sólo trabajábamos. No parábamos en los clubs de carretera, ni siquiera a tomar una copa. Éramos dos socios sacando partido de una oportunidad. Cuando se terminase la oportunidad nos repartiríamos la pasta y nos daríamos vacaciones. Me parecía demasiado lo que nos pagaban por paquete y empecé a sospechar que tal vez Quico llenaba los Mercedes con cocaína o algo así. Pero me hacía el loco. Trataba de no pensar en ello. Además, él parecía tenerlo todo bajo control. Tenía contactos en todas partes. Me hacía sentir seguro.

Anuncios

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s