El que pincha (XIII)

—Cuéntame cómo era tu vida de disc-jockey —dijo.

—¿Qué quieres saber? Mira, estaba aquel fulano, mi jefe. El dueño de la discoteca. Era un pesado, además de un golfo peligroso. Su mujer era una de esas furcias de vientre plano, mechas y peste a loción. Algo arrugada, pero interesante. Ella me contó una vez, mientras nos tomábamos un ponche en la parte trasera de la discoteca, que su marido la había encadenado por el piercing de la nariz.

—Qué divertido.

—Por lo visto había una chimenea en el salón del chalet, con una reja delante. La tipa me dijo que en aquella época ella llevaba un aro en la nariz, de plata, muy pequeño, y que una noche el marido la ató a la reja.

—¿Cómo lo hizo?

—Con un candado de esos pequeños. Ella estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda y la barbilla a dos palmos del suelo. Ah, y ¿qué crees que hizo?, ¿tenerla así un rato y luego desatarla? Pues no. Va y enciende el fuego de la chimenea, y luego se mete a darse una ducha. Mientras, la reja empezó a calentarse, poco a poco, hasta achicharrar las narices de la pobre mujer. Eso sí, a la hora de pagar la operación no puso pegas.

—Dices que eras bueno. ¿Por qué te despidieron?

—Una noche ese tipo, mi jefe, dijo que yo estaba perdiendo gancho al pinchar. Gancho, dijo, ¿sabes? Que eso de empalmar canciones sin que nadie pare de mover el culo ya no se me daba bien, tal y cual. Aquel sábado me pagó el mes entero, y me dijo que lo sentía mucho, pero que no podía descuidar el negocio.

—Seguro que te hizo gracia.

—Cogí el dinero, cogí mi chupa de cuero y salí de la discoteca. Lo de “descuidar el negocio” me dejó escocido. Como cuando te pica una abeja. Tenía que sacarme el aguijón. Digo: “yo le voy a enseñar a ese chulo de los cojones quién pincha aquí como el mejor”. Así que fui hasta su BMW azul metalizado y le rajé las cuatro ruedas. Me marché a casa mucho más contento.

—Podías haber buscado trabajo en otra discoteca.

—Lo hice. Fui a muchas buscando una oportunidad, pero no tuve suerte.

—Y eso que eras el mejor de la costa.

—Se había corrido la voz de que yo estaba “depre” y nadie me quería dar trabajo. Cuando me cansé de no encontrar faena de lo mío empecé a buscar empleos que no me hacían gracia. Así es como te encontré.

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