El que pincha (XIV)

En seis meses conseguimos juntar cuatrocientos ochenta mil euros, terminar hasta el gorro el uno del otro y conservar algo de juicio para darnos cuenta de que era el momento de la pausa. Un par de semanas después quedamos para vernos en el hall del hotel Victoria. Quico me entregó mi parte en una bolsa de supermercado: billetes de cincuenta en fajos de a diez, como le había dicho. Después, alquilamos una suite de lujo para dar la gran fiesta de celebración de nuestro exitoso negocio. Llenamos la suite con montones de comida, bebida, montones de chicas y gente borracha. Yo no recordaba lo que era salir por la noche y agarré la cogorza del año.

Al día siguiente me desperté helado de frío y con el peor dolor de cabeza de mi vida. Estaba en la bañera de la suite, con el agua por la barbilla y con una rubia durmiendo encima, desnuda. Me quería morir. En eso apareció Quico, en batín y chanclas, con una botella de champán en la mano.

—Quítamela de encima —dije—, por lo que más quieras.

Entre los dos conseguimos llevarla hasta la cama. No se despertó.

—¿Qué hora es? —dije.

—Las ocho de la tarde. Una fiesta tremenda, ¿eh?

—Desde luego. Oye, espera momento. ¿Eso de ahí es la bolsa de mi dinero?

—Sí. Y está vacía.

—¿Qué dices?

—Anoche lo repartías a puñados. No parabas de pedir cosas a las chicas y, por cada cosa que hacían, les dabas un par de fajos.

—Un momento, ¿qué clase de cosas les pedía?

—Ah, y luego te cansaste de darles un par y empezaste a darles tres, luego cinco, después diez…

—Quedan como doscientos euros.

—Menos da una piedra. Patearse doscientos cuarenta mil euros en una noche es un buen récord. Hasta pareces de mi generación. Oye, puedo hacerte un préstamo.

—Puedes irte al cuerno.

Salí a la calle y caminé un buen rato hasta la parada de metro de Quincuágine. Tomé la línea tres en dirección sur. Mi ropa estaba manchada y olía a vino, a cerveza, a whisky, a tabaco. Dos asientos más adelante, una colegiala de uniforme azul marino me observaba de hito en hito. Yo quería saludarla, pero al final no lo hice. Bajé en la parada de Extra Mura y caminé dando pequeños tumbos, tropezando de vez en cuando, sin llegar a perder el equilibrio. Estaba aterrado. Atravesé un descampado donde unos niños jugaban a fútbol dando voces. Tuve que apretar el paso para escapar de aquel jaleo tan incómodo, tan estridente.

Llegué ante una espesa tapia de piedra, la del cementerio. Decidí bordearla y entrar. Tenía diez minutos para encontrar el nicho de mi madre. Me puse a correr por en medio de las tumbas más antiguas, los monumentos, las criptas, las lápidas blancas, las negras, las de granito, las cruces, los cipreses, las viejas beatas. De pronto una reja, una puerta, la parte nueva. Aquí ha de estar, por fuerza. Un laberinto de lápidas apiladas en cinco alturas, relucientes, con flores a medio marchitar. Más beatas, más lápidas con nombres. Yo corriendo como un bobo, sin fijarme en ninguno de ellos. Así iba a encontrar lo que buscaba en ocho minutos.

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