El que pincha (y XV)

Giré a la derecha en la esquina. Más lápidas: en brillo, en mate, con las letras en relieve, en bajorrelieve, en dorado, en plata… Fotos y más fotos de los muertos. De repente una voz, un susurro, un “¡eh!” a mis espaldas. Me volví. Me la quedé mirando. La tenía justo frente a los ojos, a unos veinte metros. Corrí hacia ella. Era de mármol negro. Cuando llegué jadeando vi que era la lápida de mi madre.

—Mamá —grité.

Escuché cómo me reñía desde el otro lado.

—No chilles —decía.

La lápida empezó a moverse hacia la derecha, muy despacio, dejando ver la cabeza de mi madre, medio calva y despeinada.

—¿No te da vergüenza? —dijo.

—He estado ocupado, mamá. He tenido negocios que atender.

—Mira qué bien. Negocios… ¿Has traído flores? ¡Tú qué vas a traer, sino disgustos! Coge al menos esas de ahí enfrente.

—Pero eso es robar.

—Aquí no importa.

—Están un poco mustias.

—Mejor para limpiar.

—¿Limpiar?, ¿el qué?

—El nicho. No sabes la de polvo que hay aquí dentro. Polvo y bichos.

—¿Lo limpias con flores?

—Pues claro, es para lo único que sirven aquí. ¿Qué tal tus negocios ruinosos?

—No me ha ido mal. He ganado doscientos cuarenta mil euros en cuatro meses.

Mi madre se giró y sacó una mano.

—¿En serio?

—Sí, mamá, pero tranquilízate.

Me acarició la barbilla, toda sonriente.

—Mi hijo, mi triunfador.

—No es para tanto. Espero ganar más.

—¿Más?

—Sí, porque ya me lo he gastado.

—¿Cómo dices?, ¿te has gastado doscientos cuarenta mil…?

—Sí, en una noche. Estoy un poco deprimido al respecto.

Me soltó un bofetón.

—Piltrafa —dijo.

—No hace falta que me insultes, ya me siento bastante frustrado.

—Indeseable.

—Para colmo, ni siquiera recuerdo si me divertí.

—Vagabundo. Chorizo. Escroto.

—Aún me quedan doscientos euros.

—¡Pestuza!

—Mamá, tengo que irme. Van a cerrar el cementerio.

—Eso, márchate.

—Te prometo que volveré.

Todavía gritaba cuando giré la esquina.

—¡Hijastro! —decía.

Eché a correr a oscuras por aquel laberinto de lápidas. Ya no escuchaba gritar a mi madre, pero sus palabras seguían sonando en mi cabeza. No había forma de encontrar la salida. La tapia era imposible de saltar. Seguí corriendo, derrapando en la gravilla, cubriéndome de polvo y más polvo. Caí, sangré por las manos, continué, doblé otra esquina, lápidas y más lápidas, de las que ya no distinguía el color, sólo el brillo. Empecé a cansarme, a desfallecer. Tropecé con un bordillo. Caí en tierra otra vez. El polvo se coló por mi nariz, por mis ojos. Me quedé quieto. Mi cabeza quería seguir, mi cuerpo se había rendido. Respiré hondo y me resigné. Qué mal sabor tenía aquella tierra. Me dejé cubrir por la silenciosa oscuridad del cementerio. Una noche más velando a mi madre.

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