No tan complicado (II)

Luego conocí a la dueña de las sandalias, la enigmática Jenaine La Voltreure, en una cancha de tenis, jugando contra Lex, una joven pintora francesa afincada en el Distrito Federal que trabajaba como guía en el museo Frida Kahlo y, como buena francesa, tenía un encanto de esos que van más allá de lo físico, y se traía algo entre manos con Ziro, se movía con una elegancia extraña, siempre despacio, menos cuando le tocaba jugar, era fascinante, ganaba por un set a Lex y me quedé a verles jugar sólo por observarla, jamás se me ha hecho tan corto un partido de tenis, y eso que no los soporto, y qué bueno que Lex me la presentó cuando terminaron, orgulloso de su conquista, así que yo también acabé conquistando algo: una cita en su casa la tarde siguiente.

Jenaine vivía en un bungalow pequeño, pero cómodo, y si no le dije nada de la visita a Lex es porque esperaba encontrarle allí, pero no había ni rastro de él, y poco después ella me confesó que no lo aguantaba, mientras conversábamos sobre pintura, me contó que había trabajado en el Louvre, también como guía, era toda una experta en arte, me enseñó sus libros de pintores: Rubens, Tiziano, Delacroix, vivía el arte, y por momentos parecía incapaz de tener sentimientos innobles, así que propuse salir a dar una vuelta.

—Antes tengo que ducharme —dijo.

Acepté la espera y me entretuve curioseando uno de aquellos libros de pintura, hasta que veinte minutos después salió de la ducha envuelta en un albornoz blanco, con el pelo a medio secar, y me dio un fugaz beso en los labios, me puse de pie, ella me desabrochó en un tris el cinturón y me bajó los pantalones hasta la rodilla, mientras yo trataba de reaccionar, cuando alguien empezó a abrir la puerta del bungalow.

No hubo tiempo de nada, y todavía me sorprende que no me viera, ¿por qué ella no me advirtió de que alguien podía entrar?, allí estaba yo, detrás del sofá, en la situación más absurda y embarazosa de mi vida, y el que entró era Ziro Tolex, que si no me vio es porque nada más entrar fue directo al mueble-bar a preparar un par de cócteles, de otra forma no se explica, no tuve tiempo ni de subirme los pantalones.

—¿Cansada? —preguntó Ziro.

Jenaine resopló dejándose caer despacio en el sofá.

—Es ese japonés de la camisa roja —dijo.

—¿Qué?

—No para de hablar. Consume un guía por minuto.

—Ah, un visitante del museo.

—No es que haga preguntas, más bien parece querer contarnos todo lo que sabe acerca del museo y sus cuadros. Lo sabe todo. Como si los hubiera pintado él.

—Tranquila, no es tan complicado. Pronto le perderás de vista.

Le dio uno de los vasos y se le sentó a la izquierda, sin hablar, estuvieron un buen rato callados, bebiendo, y luego él dijo:

—Jenaine, tenemos que vernos esta noche en mi hotel, a las tres como muy tarde.

—Me estás pidiendo que me pierda lo mejor de la noche.

—Eso es, piérdete lo mejor de la noche, yo te lo pido —bajó la voz—. Por favor, Jenaine.

Ella se resistía, pero al final dijo:

—Está bien.

Ziro la besó, apuró su copa y salió por donde había entrado, y ahí es cuando respiré, porque me había librado de una buena.

Anuncios

Puedes comentar lo que acabas de leer

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s