No tan complicado (III)

Tres días después, Layna, Lex y yo hacíamos cola en la terminal del aeropuerto de Cancún para embarcar de vuelta a casa, nuestros días en el paraíso habían terminado, entonces Layna dio un tirón a mi camiseta.

—Deja paso libre al pez gordo —dijo.

Me aparté para que pasara un tipo cincuentón rodeado de matones, sólo vi su cabeza, pero no había duda, era Ziro Tolex, con sus aires de seductor maduro de elevado poder adquisitivo, y tan elevado, como que es director ejecutivo de KREGG, un sello discográfico que agrupa a montones de sub-sellos de distintos países especializados en todo tipo de música, desde clásica hasta tecno, pasando por el blues, también es presidente del grupo editorial Metz, tiene una constructora, voluminosos paquetes de acciones de dos de las compañías del sector alimentario más importantes de Europa, y participaciones en cadenas de radio y televisión desperdigadas por una docena de países, aquella cabeza, la que había asomado por la puerta de la sauna cuatro días antes, le saludé al llegar a la zona de embarque y me invitó a una margarita en uno de los bares, me dijo que dos encuentros casuales en una semana eran mucha casualidad, que él lo interpretaba como un buen augurio.

—Sabes lo que es un augurio —dijo―, ¿no?

—Por supuesto.

Se puso a hablar de probabilidad, de procesos estocásticos, y yo pensaba: “¿conseguirá su nivel intelectual superar su nivel económico?”, imposible, y luego me dio su tarjeta, y me dijo que fuera a visitarle una vez en París, cosa que prometí hacer, aunque pensaba que era lo que le decía a todo el mundo cuando se tomaba una copa, sí, el tipo era un pez gordo y yo tenía su tarjeta en mi mano.

Al llegar a casa me enteré de que me habían despedido, una reestructuración en la plantilla de comerciales, mis compañeros no jugaron limpio, pero no podía quejarme porque yo tampoco lo hice, de todas formas me quejé, porque si no das voces y pataleas en una situación así, tus enemigos piensan que te vas deprimido, hecho polvo, lo cual era mi caso, así que cinco meses después de lo de Cancún había perdido todo respeto por mí mismo, recorría los bares como un vagabundo en busca del último trago, el que tumba, a veces incluso dormía en los bares, y Layna se las vio y se las deseó para sacarme de aquello, porque gracias a ella encontré algo donde agarrarme para salir a la superficie, pero hubo de pasar mucho tiempo, muchísimo, días y meses interminables, y estúpidas noches enteras en la misma calle, justo la que había a unos cuarenta metros escasos de mi casa, en Montmârtre.

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