No tan complicado (IV)

En esa calle había dos cafés, uno casi enfrente del otro, que pertenecían al mismo dueño, el más grande estaba pintado en tonos azules y el pequeño de color rojo, el azul siempre estaba atiborrado de gente, de griterío, de empujones, de vasos que caían al suelo, de gente que resbalaba y después te pedía perdón por haberse apoyado en ti de la peor manera, en cambio en el café rojo nunca había más de siete personas. El dueño se llamaba Wiry Teska y era un gran aficionado al tequila, era el que atendía la barra del pequeño café rojo, del azul se encargaba su mujer, o su lo que fuera, y por casualidad hicimos amistad una noche pasada por alcohol, gracias a un disco de Elmore James, cuando un cliente le preguntó el nombre de la canción que estaba sonando y Wiry, tras consultar la funda del CD, le dijo:

—Se llama “Standing at the crossroads”.

Al empezar la siguiente canción, el cliente dijo:

—¿Por qué la pones otra vez?

Y yo, que iba bastante cargado, dije:

—Esta es otra que se llama “Blues before sunrise”.

Lo cierto es que tienen un comienzo casi idéntico, y después de mi declaración me caí del taburete, los cuatro que había en la barra se me quedaron mirando, pero ninguno me ayudó a levantarme, aunque Wiry me preguntó si me encontraba bien, y después terminamos charlando. Yo no había vivido mucho ni muy deprisa, pero era capaz de distinguir ambas canciones gracias a que un par de amigos de adolescencia me contagiaron su locura por el blues.

A Wiry también le gustaba el blues, pese a no tener ni remota idea, y desde ese día me dejó echar la siesta en su garito, cosa fundamental por dos motivos, el primero porque sin siesta no soy persona; y el segundo porque en mi piso había un par de elementos que no me dejaban dormir, y eran el escaso grosor de los tabiques y el volumen insoportable del televisor de la vecina. Me venía de perlas dormir en el café, mientras Wiry barría y ponía de fondo a Lightnin’ Hopkins, antes de abrir, sí, era fácil descansar en el café de color rojo fuego, nunca se abría hasta pasadas las ocho de la tarde, por lo que disponía de un precioso montón de horas para dormir, me tumbaba en aquellos sofás de skay enormes, casi siempre en el del recodo que había al fondo, a mano izquierda, mientras la vida, el mamotreto socio-económico, se me venía encima todos los días, porque yo no encajaba, o eso creía, al menos, y tampoco quería encajar ni que los demás adoptaran mi punto de vista, sólo quería que me dejasen en paz, aunque echaba de menos una conversación interesante, de tipo económico, de tipo erótico o del tipo que fuera.

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